Francisco Rosell-El Debate
- En su vasto piélago de abyecciones, ninguna tan diabólica como emplazar a una inspectora de la Policía Nacional, tras su denuncia de la supuesta agresión sexual del más alto uniformado de la corporación y mandamás de la entera confianza del ministro, a que sea ella —¡Anda a ver si osas!— quien solicite su dimisión
Mientras Pedro Sánchez huye despavorido de sí mismo yendo de la Ceca a La Meca, como los turistas de la disparatada película «Si hoy es martes, esto es Bélgica» que no sabían en que país ponían pie, a fin de eludir catástrofes ferroviarias como la de Adamuz y los porompomperos de sus corrupciones cuasidiarias, su ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, perpetra las fechorías que combatía como magistrado persiguiendo «faisanes» etarras hasta cocinárselas a Sánchez para ser el ministro más recusado de la democracia. En ello le va la vida y halla su seguro de Gobierno.
Sin embargo, en su vasto piélago de abyecciones, ninguna tan diabólica como emplazar a una inspectora de la Policía Nacional, tras su denuncia de la supuesta agresión sexual del más alto uniformado de la corporación y mandamás de la entera confianza del ministro que dilató su jubilación retorciendo un decreto sobre la Dana de Valencia, a que sea ella —¡Anda a ver si osas!— quien solicite su dimisión y, en ese caso, prometer tomar las de Villadiego. Una proposición tan indecente como desalmada de quien vendió su alma a Sánchez y está dispuesto a las felonías que le reclame el «Puto amo».
Visto lo visto, ¿cómo puede intimidar así, poniendo cuerpo de jota y la bancada socialista aplaudiendo a rabiar, a una mujer que ha debido presentar su querella fuera de los canales de la Policía Nacional al avizorar la longa mano de la superioridad ministerial y, señaladamente, la del demandado José Ángel González, Director Adjunto Operativo (DAO)? ¿Acaso hizo tal ofrecimiento a las familias de las mártires de ETA, a cuyos carniceros abre las prisiones sin cumplir sus condenas, o a las de los guardias civiles asesinados en Barbate por narcotraficantes, a los que, como ministro, no ha dado mejor trato que a sus homicidas?
En este sentido, Marlaska se hace el machito con la chulería impostada de Sánchez con los damnificados por la gota fría y su burlón «si necesitan ayuda, que la pidan», a la par que éste demoraba su regreso a España gozando en pareja del «Bollywood» hindú. Más cuando es inverosímil que estuviera pez sobre las sinvergonzonerías del apodado Jota cuando desde julio del año pasado debe conocer los pormenores por boca de su director general de la Policía Nacional, Francisco Pardo Piqueras, un hombre de la absoluta intimidad del exministro José Bono, según ha revelado El Debate, a quien se lo comunicó un colaborador de grado. Empero, Marlaska debió encomendarse a que su cúpula, tomada por comisarios policiales que operan como comisarios políticos, sofocaran el fuego persuadiendo -en realidad, acosándola- a la víctima siguiendo el patrón de La Moncloa y Ferraz con Francisco Salazar.
Si en «El hombre que fue jueves», de Chesterton, el Supremo Consejo Anarquista no era tal, sino que lo constituía la pasma, aquí otro tanto, encaminando a la denunciante al juzgado y a instar a su letrado a que llegaría hasta la estación termino. De esta guisa, ¿qué seguridad puede tener un ciudadano si quienes engrosan el cuerpo desconfían de ese modo cuando dominan el percal? Dadas las conexiones de esta cloaca sanchista con la del expresidente Zapatero, a través de Pardo Piqueras y de Segundo Martínez, jefe de la seguridad de La Moncloa entre 2004 y 2011 y autor de que la multinacional china Huawei se haya adueñado de las escuchas policiales españolas, se corroboraría que Marlaska ha sido un bypass entre aquel PSOE de Zapatero y el refundado por Sánchez en los prostíbulos de su suegro, Sabiniano Gómez.
Acorde con el lampedusismo de que «todo cambie para que todo siga exactamente igual», valiéndose de la fama de antaño de Marlaska, el sanchismo nunca quiso sanear los albañales del PP en el Ministerio del Interior —como tampoco la moción de censura contra Rajoy buscaba finiquitar putrefacción alguna—, sino reponer los de Zapatero con una puesta al día. El punto de inflexión para Marlaska debió registrarse cuando Sánchez lo puso en el disparadero de mandar ejecutar un delito a un subordinado. Fue cuando, actuando como policía judicial y supeditado a las instrucciones de la magistrada Rodríguez Medel, el ministro-juez maniobró para que el coronel Pérez de los Cobos le filtrara el informe sobre el 8-M en cuya marcha feminista participó medio Gabinete y en la que no pasó desapercibido el titular de Interior.
Más allá de las responsabilidades penales del entonces delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco Pardo, por la autorización imprudente de la manifestación central feminista del 8-M cuando había certeza de que podría propagar el Covid-19, Sánchez se percató de que, detrás de su poderhabiente madrileño, pudiera verse comprometido todo el Ejecutivo. A este propósito, anduvo raudo para que la bola de nieve no lo arrollara, teniendo en cuenta que, en Italia, ya había sido llamado a declarar el primer ministro Conte.
Por eso, Moncloa apremió al ministro Marlaska para que le infligiera a la instructora del 8-M la misma trastada que a él le infirió Rubalcaba para no perturbar la negociación de Zapatero con ETA cuando él instruía el «caso Faisán» contra su red de extorsión. Un chivatazo policial que al hoy ministro le dejó como el gallo de Morón: sin plumas y cacareando. En aquel 2006, los jefes policiales, más atentos a Rubalcaba que a él, no se dieron cuenta de la filtración hasta discurridas 72 horas, cuando «disponían del teléfono profesional de este instructor y su móvil», según hizo figurar explícitamente en las diligencias.
Al destituir a Pérez de los Cobos, cuya cabeza de Juan Bautista entregó de paso como tributo a los socios separatistas del Gobierno tras haber desempeñado el mando único durante la vigencia del artículo 155 tras el golpe de Estado en Cataluña, Marlaska le demostró a Sánchez que él también podría guisarle los «faisanes» que le apetecieran. Si el desbraguetado cofrade de la hermandad socialista de las cremalleras a media asta espetó a su subalterna: «Soy el DAO, a mí no se me dice que no», no iba a ser un bienmandado ministro quien desairara a su Sumo Hacedor.
No se sabe si a Marlaska le acaeció como al monarca del Reino al que una bruja envenenó el pozo del que se surtía. Excepción hecha de Su Majestad, todos los súbditos contrajeron la locura con el fatal hechizo. Enajenados, aquellos siervos se lanzaron a destronar a quien parecía un ido a los ojos de aquella trastornada turba. Vislumbrando que el destino le reservaba una hórrida muerte, el soberano aprovechó la noche para beber del aljibe enloqueciendo con sus vasallos. Al advertir estos que Su Señor había recobrado el oremus, el contento fue universal allí donde la demencia se había apoderado, del rey abajo, todos.
Esta fábula es la que le relata la mujer del protagonista de «Serpico», obra maestra de Sídney Lumet, a la que Al Pacino aportó su talento interpretando al detective que es testigo de cargo en un sumario contra la corrupción policial en Nueva York. En medio de un clima putrefacto en el que sus compañeros se reparten sobresueldos con las mordidas de los delincuentes, este desaliñado madero de origen italiano y arraigadas convicciones se granjea la enemistad corporativa al repudiar los enjuagues. Ello aísla a este llanero solitario hasta desestabilizado anímicamente.
Por mor de su empecinamiento en navegar a contracorriente como el salmón, su pareja apelará —casi como último intento para no abandonarlo— a esta alegoría. Oída la cual, más la subsiguiente admonición de su cónyuge para que cejara en su quijotesca batalla, el rebelde con causa Frank Serpico declina, empero, de ingerir aquella pócima emponzoñada para que sus colegas no le contemplen como un paranoico. Este héroe sin recompensa probaba el desistimiento ante una lacra que carcome la democracia, pero que algunos parásitos asimilan como basura natural del sistema tras digerir pesadamente aquello que deglute.
No es la deriva de un Marlaska que evoca a aquel secretario del gobernador de Irlanda que, al ser designado, le expresó sus dudas a Samuel Johnson acerca de si estaría a la altura de la encomienda: «No tenga miedo ninguno, señor. Pronto será usted un magnífico bribón». De hecho, es lo que sostiene en el tiovivo a quien es pálida sombra de lo que fue y que, por muchos «faisanes» que le condimente a Sánchez, no dejará de ser pena de juez para no ser gloria de político. En esas lesivas condiciones, como en una célebre letrilla de unas de «Las murgas de Emilio el Moro», popularizada por el cantautor granadino Carlos Cano, hay que proclamar, como quizá hagan la mayoría de policías: Marlaska, ¡ay, por tu madre, vete ya si te queda algo de lo que quisiste ser! Quien tituló su pronta autobiografía «Ni pena ni miedo» cuando parecía grande y era bienquisto, salvo para sus hoy cuates, hoy apena cómo malogra su cartel y cómo aterra la iniquidad con la que se guía con otros cárteles como aquellos a los que les despejó el flanco marroquí desmantelando el órgano de Coordinación de Operaciones contra el Narcotráfico (OCON-Sur).