Gabriel Albiac-El Debate
  • Y, esta vez sí, no es que nos sepamos mortales, como se sabía a sí misma aquella trágica generación europea de Paul Valéry o de Sigmund Freud. Nosotros hoy, los europeos, si no somos imbéciles, nos sabemos muertos

«Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales». Paul Valéry da su diagnosis, en el vértigo que sigue a la tragedia de la Gran Guerra. Primavera de 1919. Pero esas dos «Cartas», que publica primero en inglés la revista Athenaeum, llevan por título «La crisis del espíritu». Y dan por ello voz a la estupefacción de saberse mortal y, por tanto, y en ese saber mismo, constatarse vivo. «Crisis» no es un azar de la retórica. Ceder a la retórica para dar la diagnosis de un continente que acaba de masacrar a veinte millones de sus varones en edad fértil no es pensable. No en un poeta, no en un pensador de la talla de Paul Valéry. Krisis, en sus orígenes griegos, da la forma sustantiva de la acción del verbo krinein. Y, si krinein es el acto de separar o distinguir, cuando un ateniense dice krisis, habla de discernimiento. Así, los usos médicos aplicaron, desde Hipócrates hasta nosotros, la designación de «crítico» al vértice en el cual la trayectoria –sanativa o letal– de una enfermedad se precipita.

1914-19 fue una experiencia sin precedentes. Ni siquiera la Segunda Guerra Mundial alcanza el grado de estupor que la Gran Guerra –dejemos de enumerar las matanzas como si fueran piezas de cubertería–. En 1939 todos sabían que era factible matar por millones. No había sorpresa. La prueba estaba a dos decenios solo de distancia. En 1914, los incautos que marchan festivos hacia el frente, en las novelas de Louis-Ferdinand Céline, de Ernst Jünger, de Ernst Toller, no podrían, ni en sus más febriles delirios, fantasear con que los cinco años de combate que iniciaban fueran a producir un total de entre 15 y 22 millones de muertos en las trincheras del continente.

¿Va a sobrevivir Europa a esa inflexión? ¿O bien perecerá en ella? Paul Valéry apostaba por la supervivencia, pese a todo. No se engañaba sobre las dimensiones de lo aniquilado, por primera vez, en el corazón de la civilización más exquisita. «Sabíamos, es verdad, que toda la tierra que vemos está hecha de cenizas, que la ceniza tiene su significado. Apercibíamos, a través del espesor de la historia, los fantasmas de los inmensos navíos que estuvieron cargados de riqueza y de espíritu. No podíamos contarlos. Pero esos naufragios, a fin de cuentas, no eran cosa nuestra». Ahora ha sido Europa. No ya el esplendor material europeo; es su espíritu el que ha sido aniquilado.

Su balance de lo pagado dista de ser benevolente. «Los hechos son, sin embargo, claros e implacables. Hay millares de jóvenes escritores y de jóvenes artistas que murieron. Hay la ilusión perdida de una cultura europea y la demostración de la impotencia del conocimiento para salvar nada; hay la ciencia, mortalmente herida en sus ambiciones morales, y como deshonrada por la crueldad de sus aplicaciones; hay el idealismo, difícilmente vencedor, profundamente malherido, responsable de sus sueños; el realismo decepcionado, vencido, agobiado por los crímenes y los errores; la voracidad y la renuncia, por igual pisoteadas; las creencias confundidas en ambos campos, cruz contra cruz, medialuna contra medialuna; hay hasta los escépticos desconcertados por acontecimientos tan súbitos, tan violentos, tan conmovedores y que juegan con nuestros pensamientos como el gato con el ratón. Los escépticos pierden sus dudas, las encuentran, las vuelven a perder, y no saben ya qué hacer con los movimientos de su espíritu. La oscilación del navío ha sido tan fuerte que las lámparas mejor sujetas, al fin, se han venido abajo».

Y, sin embargo, veinte años antes de que el segundo acto empiece y Europa añada un segundo lote de entre 70 y 85 millones de cadáveres, Valéry se empeña en aferrarse a una última certeza: lo intemporal en espíritu, aquello en lo que, desde la Grecia de hace dos milenios y medio, cifrara Europa una realidad a la que ni aun el más devastador gusano horada: la eternidad del concepto. «La geometría griega ha sido ese modelo incorruptible, no sólo modelo propuesto a todo conocimiento que aspire a su estado perfecto, sino también modelo incomparable de las cualidades más típicas del intelecto europeo. Jamás pienso en el arte clásico sin que me venga invenciblemente como ejemplo el monumento de la geometría griega».

Pero la geometría, pero el arte, pero la literatura exigen de su devoto ese tiempo muerto que, con esfuerzo, se arranca a la inmediatez de la vida: el tiempo de los libros, el tiempo del conocimiento sin más compensación que el placer inaudito del conocimiento. Todo lo cual se resume en un mandato solo: la lectura. Eso que Platón viera como el don más antiguo, el que, aún más atrás de Homero, regalara a sus fieles fragmentos de una divinidad imposible. Y, sin embargo, íntima, más íntima que cualquiera de las efímeras cosas con las que está forzada a cruzarse una vida de hombre.

La lectura se ha extinguido de esta Europa donde los libros quedan solo ya como objeto de museo o, peor, de coleccionista. «Allá donde el orden del conocimiento preciso» esté, allá estará Europa, vaticinaba Valéry en 1919. Aun cuando el continente sea tragado por lo más borrascoso de sus pulsiones suicidas. Es una bella esperanza. Europa, en siglos de inepcia, fue salvada por abadías perdidas que atesoraban bibliotecas portentosas. Y alguien, siglos después, leyó esos libros. Nosotros, animales exhaustos de este gris primer tercio del siglo XXI, instauramos el culto universal del analfabetismo. Europa perece ahora. Prever que los libros retornen es fantasía. Y, esta vez sí, no es que nos sepamos mortales, como se sabía a sí misma aquella trágica generación europea de Paul Valéry o de Sigmund Freud. Nosotros hoy, los europeos, si no somos imbéciles, nos sabemos muertos.