Miquel Escudero-El Correo

No hay que dejar de tener entre ceja y ceja la idea de educarnos continuamente, con la voluntad de afinar tanto lo que decimos como lo que interpretamos. Hemos de entender y hacernos entender jugando con los registros lingüísticos y sus matices, para penetrar en la realidad. Desde hace poco, se ha puesto de moda hablar de edadismo, término que la RAE recoge como «discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas». Con él se da nombre a una injusticia, a una actitud prepotente, a menudo un error. Descalificar las opiniones de alguien por ser viejo busca callar lo que no conviene a un grupo interesado, es una amenaza a quienes discrepen del coro de los grillos y un castigo por opinar con franqueza y en voz alta.

Cuando Felipe González, con casi 84 años de edad, ha expresado su hondo malestar por la deriva del partido que él aupó como nadie en su historia centenaria, hasta decir que votará en blanco y no al PSOE, mientras lo dirija Sánchez, ha destapado de nuevo la falta de democracia interna en su partido. No han tardado en lanzarle encima una jauría.

Dos octogenarios han aprovechado para ajustar cuentas con él: han dicho que oírle da mucha pena y un poquito de asco, «por qué no te retiras y nos dejas en paz» (lo querrían calladito y ‘muerto’, pero no se lo aplican a ellos mismos). Otros cargos y ministros lo han despreciado por ser un militante menor y alguien que hace tiempo dejó de ser una referencia para los socialistas. Restarle importancia por ser ‘uno más’ indica dos cosas: que mienten y no lo ven así y que los socialistas de a pie son para ellos un cero a la izquierda. Verde y con asas.