Tonia Etxarri-El Correo
Un despliegue policial sin precedentes impidió ayer que el acto de Vox, en Vitoria, sufriera los ataques de varios contramanifestantes que se habían dado cita para reventar la concentración del grupo de Santiago Abascal. Si la presión del foco no hubiera alcanzado tal magnitud sobre la polémica decisión del rector, Joxerramon Bengoetxea, de cerrar el campus universitario a cal y canto, seguramente el cordón policial no habría sido tan considerable y a estas alturas estaríamos lamentando un balance de enfrentamientos entre un partido legal que se quería manifestar y un grupo de intolerantes de GKS y otros sindicatos radicales que pretendían cerrarles la boca. Afortunadamente no hubo batalla campal. Salvados por la campana; mejor dicho, por la Policía.
Pero conviene ir al germen del odio que se está creando en nuestra sociedad entre quienes aplican la doble vara de medir. Quienes se escandalizan ante la paja de las ideologías «autoritarias» y no ven la viga del peligro en su propia casa: la Universidad vasca, en este caso, donde grupos ultranacionalistas campan a sus anchas. El dedo en la llaga lo pusieron los cuatro exvicerrectores, seguidos de una cuarentena de profesores, que criticaron el cierre del campus. Los problemas de convivencia democrática a los que aludía el rector para justificar el cierre del campus nada tenían que ver con el acto de Vox. Los generan a diario «grupúsculos radicales que se benefician de la inacción o peor, de la tolerancia de quienes en teoría deben proteger y fomentar esa convivencia».
Pasado el trago, el rector sacó pecho y se colgó una medalla. Su decisión de cerrar el campus había sido la acertada, dijo, porque no se había producido ningún incidente. A nadie se le escapa, sin embargo, que si los concentrados de Vox, partido legal y con representación en el Parlamento vasco, no hubieran estado debidamente escoltados por la Ertzaintza, los contramanifestantes la habrían liado parda. Conocemos nuestra propia historia, que ha estado trufada de episodios de contramanifestaciones. En los años de plomo, los manifestantes del lazo azul sufrieron el hostigamiento constante de ‘contras’ de la izquierda abertzale. Y ahora, a Vox le intentan callar, con coacciones y ataques violentos, en multitud de ocasiones. Basta navegar por los archivos para recordar que la diputada Rocío de Meer fue agredida con una pedrada en la cara en un mitin de Sestao en la campaña electoral de 2020. O agresiones continuas contra las mesas informativas en plena calle. Son ataques a la libertad de expresión y a la democracia que anidan en nuestra sociedad en sectores que practican el fascismo para combatirlo ¿Quién decide boicotear la expresión de un partido legal? ¿Quien alienta la violencia?
El presidente Macron, después de la pelea entre simpatizantes de extrema derecha e izquierda de la que resultó linchado Quentin Deranque en Lyon, quiere revisar a todos los grupos activistas violentos que tengan vínculos con partidos políticos. «Ninguna violencia es legítima». Aquí el clímax va en dirección opuesta. El campus ayer no se cerró por Vox. Se cerró por miedo a la violencia que practican los grupos radicales de la ultraizquierda abertzale. Queda dicho.