Ignacia De Pano-Vozpópuli

  • Ni contempla ni soportaría su vuelta al mundo agobiante del independentismo radical que se lo ha dado todo

Juan Gabriel Rufián Romero se nos ha hecho mayor en el Congreso. Diez años han pasado ya desde que el autodenominado charnego de Esquerra Republicana llegara a las Cortes a tomar posesión de su escaño. No es poco triunfo para un chaval del barrio del Fondo de Santa Coloma, retoño del emigración andaluza, hijo de familias procedentes de Turón, en la provincia de Granada, y de la pedanía de la Bobadilla en Jaén, e hispanohablante a tiempo completo, el haber conseguido que la dirección de ERC, el partido que lideró Heribert Barrera, confiara en él para un puesto de semejante relumbrón. Ayudó que la visión esencialmente aldeana de la dirección liderada por Oriol Junqueras considerara algo humillante para un catalán de verdad tener que pisar la odiada Madrit, culpable de todos los males de Cataluña. Nada peor en los años convulsos del Procés para un independentista de verdad que tener que bajarse del tren en Atocha, tan lejos de la soñada Dinamarca del Sur, y ganarse el sustento rodeado de enemigos en el capital del estado opresor. Esa función solo podía desempeñarla alguien como Rufián, el “andalús” proveniente de la plataforma “Súmate”, que no hacía, según barruntaron las brillantes cabezas del liderazgo de Esquerra, otra cosa que volver a su sitio.

Madrid ‘la nit’

Rufián fue plenamente consciente, desde el primer momento, de cómo se le eligió para representar a Esquerra en Madrid. Lejos de molestarle, supo manipular con singular maestría a los obtusos aldeanos indepes que, desde sus aburridos pueblos del interior de Cataluña, creyeron haberle ganado la partida. Se marcó como objetivo hacerse fuerte en la capital y a ello ha dedicado, si no su trabajo, porque sus continuos revoloteos poco tienen de ello, sí sus infinitas estrategias y maniobras. A base de numeritos como el de llevar al Hemiciclo una impresora para quejarse de que el Estado estuviera persiguiendo impresoras por el referendum del 1 de octubre, o de aquella famosa declaración de que solo duraría en la Carrera de San Jerónimo dieciocho meses, se posicionaba como el máximo defensor de la independencia catalana de día mientras disfrutaba de su vida en Madrid de noche. La idea era prolongar infinitamente el proceso de separación sin llegar a separarse nunca porque, de culminarse la independencia, él iba a perder un modo de vida inimaginable fuera de la política para un chaval despedido de su trabajo por absentismo reiterado.

Peligro de perder el momio

Rufián es un personaje casi literario. Muchos no pueden evitar sentir cierta simpatía por el desclasado sin principios que solo es independentista de sí mismo. A diferencia de la tónica política de los últimos años, en los que la debilidad del sanchismo le ha hecho depender para conseguir las mayorías necesarias del deseado voto de los partidos independentistas, la historia personal de Rufián representa todo lo contrario: el único caso de españolazo que vacila a la aldea indepe y, aupado sobre ella, consigue a su costa hacer la vida que se ha propuesto en Madrid.

Ahora que Junqueras se va dando cuenta, con notable lentitud eso sí, de que el presunto desprecio infligido a España a base de mandar al charnego del partido a Madrid fue, en realidad, poner en sus manos el mayor triunfo político del partido, Rufián percibe cierto peligro en su canonjía y se vuelve a mover para asegurarse el escaño. Lo de menos son las siglas ni las ideas. En su cabeza es perfectamente compatible su tuit de las 155 monedas de plata que llevaron a Puigdemont a la declaración de la república de los ocho segundos con la creación de un partido de ultraizquierda de ámbito español. Necesitado de votos, no le hace ascos a hacer campaña en Algeciras o en Zamora, ni le parece menos un votante de Murcia que otro de Vic. Como su independentismo era una pose interna que le salió bien, se ha olvidado ya de que, desde fuera, representa a un partido golpista con discurso genético que mira por encima del hombro al resto de los españoles, a los que dedica los más ofensivos insultos.

Hijo de andaluces, nacido en Santa Coloma, casado con una vasca y residente en Madrid, Rufián es un tipo perfecto de español. Simpático, buscavidas, liante, su prioridad es él mismo. Ni contempla ni soportaría su vuelta al mundo agobiante del independentismo radical que se lo ha dado todo. Presenciar cómo el personaje da vueltas sobre su propio eje tratando de evitarlo es fascinante. Sabemos que tendá éxito, pero será interesante ver hasta donde es capaz de llegar para conseguirlo.