Ignacio Camacho-ABC

  • Sánchez ha verbalizado sin tapujos su estrategia. Los escombros del partido le servirán para construirse su propia trinchera

Los candidatos autonómicos socialistas son carne de cañón y lo saben; van al abismo sin remedio. Uno detrás de otro: Gallardo, Alegría, Martínez, hasta María Jesús Montero, a quien tal vez le vaya a cobrar su jefe la factura de los escarceos sucesorios encubiertos durante aquellos famosos cinco días de excedencia con sueldo. Luego habrá un año de tregua antes de que le toque al resto –barones regionales, alcaldes, presidentes de diputaciones–colocarse en primera fila de la línea de fuego. Hasta la mayoría del contestatario Page está en riesgo; sus críticas obedecen al temor fundado de recibir en sus carnes un castigo de destinatario ajeno. En su caso, además, si cae no habrá en Moncloa un solo lamento, más bien jolgorio: un disidente menos.

Desde el último fin de semana no tienen margen de duda porque el presidente ha verbalizado la estrategia. Lo dijo sin tapujos, sin morderse la lengua: quiere ofrecer a los adversarios sus cabezas para que desahoguen el cabreo con ellas. Espera que los escombros de las siglas le sirvan para construir su trinchera. Después de la escabechina, cuando del ya escaso poder territorial no quede piedra sobre piedra, se presentará como la última coca-cola del desierto, la única opción de evitar la derrota completa, el caballero blanco decidido a impedir el apocalíptico advenimiento de las derechas. Le salió bien en 2023 y confía en repetir la faena a costa de una nomenclatura que le debe obediencia. Si lo logra, repartirá entre sus maltrechas huestes algunas migajas de recompensa.

Y si palma tiene un plan B, que consiste en aferrarse al liderazgo de una organización arrasada donde no quede nadie en condiciones de plantarle cara. Sus alfiles habrán caído primero y la vieja guardia no es más que un puñado de reliquias amortizadas. La decepción de la militancia la compensará con un proyecto de pronta revancha basado en la promesa de una legislatura corta por las dificultades que el PP y Vox sufrirán para articular su alianza. Eso también le funcionó otra vez, cuando dobló el pulso al aparato oficialista en las primarias. Por supuesto también entonces hizo trampas –cuándo no– que Koldo dejó anotadas en sus mensajes de whatsapp, pero ni Susana Díaz ni Patxi tuvieron el coraje de denunciarlas.

Cuando dice «hasta el 2027 y más allá» está pensando en sucederse a sí mismo. En resistir en el Gobierno o en la oposición, en rellenar su propio vacío. Cualquier cosa antes que ceder el sitio a algún delfín que acabe desentendiéndose de él o arrumbándolo como un jarrón chino. La suya es una aventura personal labrada a base de instinto de supervivencia y de dejar gente de confianza por el camino, incluso a la de su círculo más íntimo; ha ido demasiado lejos para abandonar sin ponerse en peligro de terminar en un banquillo. Se llevará por delante a quien sea y lo que sea: amigos, instituciones, si es preciso hasta el partido cuyos cuadros dirigentes va a mandar al sacrificio en el intento desesperado de salvar su futuro político.