Elías Cohen-El Español
  • El supuesto poderío militar ruso ha sido puesto en entredicho desde el mismo día de la invasión, cuando una hilera de camiones se quedó atascada y sin gasolina de camino a Kiev.

Se cumplen ahora cuatro años de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia.

Cuatro años que han confirmado algo que la historia ya nos había enseñado: la guerra rara vez es un buen negocio, y casi nunca lo es para quien la inicia bajo premisas erróneas.

El análisis razonable de los conflictos bélicos (con miles de ellos acumulados en los libros de historia) indica que la guerra sólo resulta rentable para unos pocos. Si los beneficios fueran generalizados, la guerra sería permanente.

Por eso, tras la Segunda Guerra Mundial, y sus sesenta millones de muertos, se diseñó un orden internacional cuyo objetivo central era evitar que semejante devastación se repitiera.

Por ello, también, las armas nucleares (y su lógica coste-beneficio de la destrucción mutua asegurada) han traído la época más pacífica de la historia de la humanidad.

La Guerra Fría no derivó en una guerra directa entre Estados Unidos y la URSS. No obstante, Moscú ha intentado instrumentalizar esa disuasión como escudo para una agresión convencional contra un vecino soberano.

En Ucrania, el coste ha sido incalculable. Pero el beneficio para el invasor es inexistente.

Si atendemos a las cifras de bajas, pérdidas materiales, aislamiento diplomático y deterioro estructural del poder ruso, esta guerra constituye el peor error estratégico del Kremlin desde el colapso soviético.

El coste humano en el lado ruso es terrible. Según el Center for Strategic and International Studies (CSIS), el ejército ruso suma 1,2 millones de bajas entre muertos, heridos y desaparecidos, y, de estos, hasta 325.000 muertos confirmados desde el 24 de febrero de 2022.

El coste material es abrumador. El International Institute for Strategic Studies (IISS), otro think tank que ha analizado el conflicto, estima que Rusia perdió 1.400 carros de combate en 2024 y más de 4.000 desde el inicio de la invasión a gran escala, además de veintinueve buques de guerra y más de 360 aeronaves militares.

El gasto total en la invasión supuso 196.000 millones de dólares solamente en 2025. Se calcula que, desde el inicio de la invasión, Rusia ha gastado entre 500.000 y 600.000 millones de dólares en ella.

Sin embargo, quienes se han llevado y se están llevando la peor parte son, lógicamente, los ucranianos.

Entre los militares, hay entre 500.000 y 600.000 bajas. De estas, entre 100.000 y 140.000 serían muertos, según las distintas estimaciones.

El propio Zelenski declaró este mes que 55.000 soldados ucranianos habían muerto en el campo de batalla.

Entre los civiles, se cuentan al menos entre 15.000 y 16.000 muertos verificados y unos 40.000 heridos, según cifras del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos.

«El coste económico y material de la guerra para Ucrania en daños directos físicos ronda los 176.000 millones de dólares solamente hasta finales de 2024»

Adicionalmente, el número de refugiados y desplazados es escalofriante. Se calculan entre seis y siete millones de refugiados ucranianos fuera del país y unos 3,8 millones de desplazados internos dentro de Ucrania.

Además, unos diez millones de ucranianos dependen de la ayuda humanitaria.

El coste económico y material de la guerra para Ucrania en daños directos físicos ronda los 176.000 millones de dólares solamente hasta finales de 2024. Se calculan en 524.000 millones de dólares los costes de una posible reconstrucción. Las pérdidas económicas totales (incluyendo PIB perdido) son cercanas a 589.000 millones de dólares.

Esta invasión ya ha durado más que la intervención rusa durante la Segunda Guerra Mundial.

En la Gran Guerra Patria, como la llaman en Rusia, las pérdidas humanas fueron pavorosas.

La URSS perdió entre ocho y diez millones de soldados y entre quince y diecisiete millones de civiles.

Pero la URSS pudo extender su poder por todos los países que quedaron a su lado del telón de acero, se erigió como la segunda gran potencia mundial a todos los niveles y se llevó la medalla histórica de haber estado del lado de los aliados (dejando el pacto MolotovRibbentrop para repartirse Polonia en una mera anécdota de la historia).

«La flota del mar Negro ha sufrido golpes humillantes por parte de un país que, al inicio de la guerra, carecía prácticamente de marina operativa»

Además del coste humano y material, el coste estratégico y político es desolador, y las señales son evidentes.

El supuesto poderío militar ruso ha sido puesto en entredicho desde el mismo día de la invasión, cuando una hilera de camiones se quedó atascada y sin gasolina de camino a Kiev.

La flota del mar Negro ha sufrido golpes humillantes por parte de un país que, al inicio de la guerra, carecía prácticamente de marina operativa. Las guerras que había ganado Putin (Chechenia, Georgia y Siria) habían creado una imagen errónea de sus Fuerzas Armadas.

Tras el abandono parcial de Oriente Medio por parte de Washington durante el fin del mandato de Obama y el primer mandato de Trump, Rusia se estableció como nuevo poder en la zona. Acabó con la guerra civil siria, reafirmó a Al Assad en el poder y dio permiso a Israel para atacar a Hezbolá en Líbano y Siria en cada ocasión.

Esa posición en Oriente Medio se rompió cuando, de un día para otro, Al Assad tuvo que huir a Rusia en diciembre de 2024 sin que el Kremlin pudiera hacer nada.

Esta rotura estratégica en la zona se confirmó cuando Rusia no pudo prestar ninguna ayuda a Irán en la guerra de los doce días en junio del año pasado.

En su supuesto objetivo de evitar la expansión de la OTAN, los resultados son aún peores. La Alianza se ha ampliado, se ha comprometido a subir el gasto militar hasta el 5% por miembro y la propia Europa está despertando y asumiendo su propia defensa.

En el ámbito financiero, el esfuerzo bélico ha obligado al Kremlin a reorientar la economía hacia una lógica de guerra permanente, disparando el gasto militar hasta niveles comparables a los de la etapa soviética tardía.

Aunque el PIB ruso ha resistido mejor de lo previsto gracias a los ingresos energéticos y a la economía de guerra, esa resiliencia es engañosa: depende de descuentos masivos en la venta de hidrocarburos a China e India, del agotamiento de reservas soberanas y de una creciente subordinación económica a Pekín.

Cuatro años después, el balance es claro: un desastre en todos los ámbitos para Rusia.

*** Elías Cohen es profesor de relaciones internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria.