Rosa Martínez-Vozpópuli

  • Hay políticos que se retiran cuando el desgaste es alto y hay políticos que entienden que el desgaste es precisamente el precio de seguir blindados

En España una puede despertarse con cualquier titular. Que sube el IVA, que baja la natalidad o que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, estaría siendo tratado desde hace meses por una dolencia cardiovascular que, según ciertas informaciones, podría complicarse. Y a media mañana, como parte del desayuno institucional, llega el desmentido de Moncloa: todo es falso. Y aquí estamos. Entre el corazón y el BOE. Conviene aclararlo desde el principio: no hay confirmación oficial de ninguna afección cardiovascular. Presidencia lo niega. Punto. Pero el simple hecho de que medio país haya pensado “pues podría ser” ya dice algo. No sobre su electrocardiograma, sino sobre el clima.

Porque cuando llevas meses encadenando titulares sobre el caso de Koldo García, las derivadas que afectan al exministro José Luis Ábalos y a Santos Cerdán, la investigación judicial a Begoña Gómez, los chanchullos del hermanísimo David Sánchez, las polémicas en torno al fiscal general Álvaro García Ortiz, el rescate de Air Europa y ahora los trapicheos de Adif, lo raro no es que aparezca un rumor médico. Lo raro sería que no apareciera nada nuevo durante una semana entera. Es más, viendo la solidez y credibilidad de algunos desmentidos oficiales del pasado, no sería descabellado pensar que a Sánchez le estuvieran operando a corazón abierto mientras se redactaba el comunicado que nos habla de otro bulo más de la extrema derecha.

Seguir sentado en el sillón

La política española se ha convertido en una serie de Netflix donde cada capítulo trae una subtrama distinta y ya no se sabe si el protagonista está en el Gobierno, en un juzgado de guardia o ahora en un hospital. En ese contexto, el presidente no solo no insinúa retirada alguna, sino que insiste en que se presentará de nuevo en 2027. Con una serenidad casi zen. Como quien reserva mesa para dentro de dos años sin mirar la previsión del tiempo. Esto, reconozcámoslo, tiene mérito físico y psicológico. No sabemos cómo estará su tensión arterial, pero su vocación de permanencia goza de una salud envidiable. Porque aquí la cuestión no es cardiológica. Es existencial.

¿Cómo tienes que ver el panorama para pensar que, pase lo que pase, lo más seguro es seguir sentado en el sillón? Hay quien deja un cargo por desgaste, por estrategia o por simple instinto de supervivencia. Aquí el instinto funciona justo al revés: me quedo porque el clima es peor fuera. Y con el panorama actual, eso da más miedo que cualquier analítica. Porque si algo ha demostrado esta legislatura es que la enumeración de escándalos ya no cabe en una frase. Empiezas por uno y cuando vas por el quinto ya te has olvidado del primero. El problema no es que haya una polémica. Es que hay una sucesión tan constante que se pierde la cuenta.

Un ciudadano cualquiera

Así que el debate sobre la salud del presidente termina siendo casi secundario: tanto si está perfectamente como si no, su determinación de aguantar es puro instinto de supervivencia. Y eso, más que cualquier rumor médico, es lo verdaderamente revelador. En política la silla no es solo una silla. Es parapeto, agenda, control de tiempos. Mientras uno firma decretos elige cuándo comparece, qué tono adopta y qué fotografía encabeza la semana. En cuanto sueltas el despacho ya no eliges nada. Y no es lo mismo declarar desde el atril de Moncloa que hacerlo como un ciudadano cualquiera esperando turno en un juzgado.

Cuando se observa la acumulación de causas, investigaciones y frentes abiertos en el entorno presidencial, se entiende que la presidencia no es solo un cargo: es un escudo. Y soltar el escudo cuando vuelan proyectiles no parece la estrategia más inteligente. Pero es que, además, vivimos en una tómbola permanente donde se reparten imputaciones e investigaciones judiciales a ritmo desigual y el presidente acumula bastantes papeletas. No necesariamente porque haya una condena escrita en mármol, sino porque el volumen de investigaciones en su perímetro hace difícil imaginar una retirada tranquila y jubilosa con libro de memorias y circuito internacional de conferencias. Hay políticos que se retiran cuando el desgaste es alto y hay políticos que entienden que el desgaste es precisamente el precio de seguir blindados. Gobernar, en determinadas circunstancias, no es un acto de vocación sino de autopreservación.

Así que mientras se desmienten dolencias y se anuncian candidaturas futuras el mensaje real es otro: no me voy. No porque el país le necesite desesperadamente ni porque esté escribiendo una página gloriosa para los libros de historia, sino porque en el momento en que deje de firmar decretos puede empezar a firmar declaraciones judiciales. Y entre una cosa y la otra, cualquiera con instinto de supervivencia sabe qué silla prefiere ocupar.