Gabriel Sanz-Vozpópuli
- Abandonen toda esperanza quienes esperen ver grandes revelaciones del 23F: no hubo un golpe de Estado, hubo varios y muchos causantes del mal causado
Permítanme tomar prestado el título del célebre libro de Javier Cercas Anatomía de un instante para especular sobre lo que, creo, nos espera hoy miércoles tras la desclasificación de los archivos del golpe de Estado el 23F de 1981: secretos nada relevantes, me temo, siquiera en lo que atañe al papel del hoy cuestionado Rey Juan Carlos I. A lo sumo, alguna conversación suya con generales al mando de las tropas y muchas otras del que fuera su jefe de gabinete Sabino Fernández Campo con sus conmilitones para desactivar lo que desde primera hora vieron a todas luces una «traición» de quien había sido tutor del Monarca en su juventud, el general Alfonso Armada, usando el nombre del monarca en vano.
Y, por supuesto, veremos conversaciones de Fernández Campo con el único en libertad del Gobierno de Adolfo Suárez secuestrado en aquellas horas cruciales para el devenir de la democracia española, quien fuera número dos del Ministerio del Interior, Francisco Laína; un Laína ya fallecido, por cierto, como casi todos los protagonistas de una tragedia que, por fortuna, acabó en opera bufa de tricornio con pistola, a excepción del que durante muchos años fue el héroe del 23-F, hoy desterrado en Abu Dhabi por su bochornoso y delictivo comportamiento privado, y el ex presidente Felipe González.
¿Por qué digo esto? Porque lo que, desinteresadamente, se conserva del golpe de Estado es la memoria oral de unos y otros, y no siempre coincide. Las conversaciones grabadas, de las cuales ya conocimos años atrás algunos extractos, son en su gran mayoría chascarrillo y río revuelto; por ejemplo, esa de la esposa del teniente coronel Antonio Tejero hablando con el único civil condenado -que no implicado, implicados hubo muchos que se fueron de rositas-, Juan García Carrés, preocupada «¡que no haya sangre, por Dios!».
Esa y otras conversaciones, como la de García Carrés con Tejero intentando que este no se viniera abajo a base de mentiras -«¡La zorazada ha tomado TVE!»- y mucho «¡Viva España!», toda vez que en las primeras tres horas del golpe de Estado ya se empezó a ver que las unidades del Ejército no se iban a sumar así como así a la decisión del entonces teniente general de Valencia, Jaime Milans del Bosch, de sacar los tanques a la calle sin autorización del Rey.
Nada fue blanco o negro
Dicen desde La Moncloa que no se van a escuchar audios, solo transcripciones; pues, qué quieren que les diga, ese bochorno que nos ahorramos. En estos 45 años a nadie le ha interesado escarbar en tan oscuro episodio no vaya a ser que descubramos que nada fue blanco o negro, más bien tirando a gris. Nada fue lo que hoy parece. Hubo mucha falsa bandera. «¿Usted qué hace aquí?», le espetó un tenso Tejero a Armada en el Congreso, demostración palmaria de que ese no era su elefante Blanco.
Todo ello hace imposible, aún más transcurrido medio siglo y muertos casi todos sus protagonistas, establecer un relato unívoco de lo que sucedió y, probablemente, Juan Carlos I dice verdad en su libro Reconciliación cuando se suma a la vejez, viruela a esa extendida teoría de que hubo tres golpes: el de Tejero, el de Armada, y el de los militares que no soportaban a Suárez -que eran todos-, dispuestos a sumarse a cualquiera de los otros dos siempre que él, el jefe del Estado, diera su visto bueno a lo que Armada llamaba eufemísticamente un golpe de tímón a lo De Gaulle en Francia..
Pero no lo dio y éste es su legado fundamental; que, supiera lo que supiera antes y durante el golpe, que borboneara lo que borboneara antes y durante el golpe, esa noche del 23F Juan Carlos I tomó la decisión crucial de situar a la monarquía española en el lado correcto de la historia, por vez primera en muchos siglos. Eso es lo que quedará para la historia cuando el ruido y la furia de este tiempo pase. Abandonen, pues, toda esperanza quienes esperen ver grandes revelaciones del 23F. No hubo un golpe de Estado, no, hubo varios, mucha doblez y muchos causantes del mal causado que, unos por ansiedad y otros por estulticia (Tejero) terminaron por convertirse en vacuna contra ellos mismos y la España casposa y carpetovetónica que representaban.
La primera gran mentira
Seguro que hoy vamos a oir conversaciones suyas más o menos explícitas -pocas-, mucho lenguaje en clave entre los uniformados y mucha apariencia de hechos consumados dirigida a decantar voluntades que al final no se decantaron hacia dónde los golpistas deseaban; en lenguaje popular, mucho lirili y poco lerele. Y, probablemente, así tiene que ser en contra de la memoria corta y cinematográfica que todos tenemos en mente y que empieza con una gran mentira: la de que el golpe fue televisado.
Pues bien, eso no es verdad, más bien fue el primer autoengaño que nos tragamos porque necesitábamos imperiosamente y para la posteridad un relato edulcorado de lo que realmente sucedió: cuando Antonio Tejero y sus uniformados entran en el Congreso a golpe de pistola a las 18.23 e interrumpen la votación de la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, se ve al presidente Suárez afear al teniente coronel de la Guardia Civil su comportamiento y se ve a los uniformados zarandear al vicepresidente, el teniente general Gutíerrez Mellado, en aquel valiente intento de que depusieran las armas.
La imagen quedó congelada -«señoras y señores, perdonen la interrupciòn…» dijo un locutor y, a partir de ahí, la noche de los transistores. Hasta que se emitió el discurso del Rey Juan Carlos -grabado- con uniforme de capitán general, a la 1.08 de la madrugada del 24 de febrero, después de un rocambolesco periplo de la cinta para llegar a los estudios de TVE en Prado del Rey. Las imágenes que todos tenemos en mente no las vimos en directo, se emitieron al día siguiente. Así se escribe la historia.
¿Por qué el Rey salió tan tarde?
Las únicas preguntas que me interesan como periodista son: ¿Por qué tan tarde? y ¿Que pasó entre las 18.23 y la 1.08? Y me temo que ya no hay nadie vivo en disposición de responderlas, más allá del propio protagonista que, imagino, tiene nulo interés en echar por tierra el único patrimonio moral que le queda. Probablemente, esto es pura especulación, tuvo que ver con la necesidad de apagar los últimos rescoldos y forzar a Tejero a pactar su rendición con el teniente general de la Guardia Civil Aramburu Topete… en cualquier caso, el resto, donde estuvieron unos y otros hasta esas 1.08 de la madrugada del 24F ya importa entre poco y nada.
Porque la vicepresidenta María Jesús Montero preguntó este lunes, cuando se anunció la desclasificación, por qué el PP lo critica como «cortina de humo»; quizá, dijo, porque tiene algo que ocultar. No sé si el PP de Alberto Núñez Feijóo tendrá algo que ocultar, pero es público y notorio que, en vísperas de aquel aciago 23F de 1981, nada menos que Enrique Múgica, en esa legislatura presidente de la Comisiòn de Defensa del Congreso y luego ministro de Justicia de Felipe González, se acerca al domicilio del entonces alcalde de Lérida, el socialista Antoni Ciurana, a mantener una reunión secreta con el general Armada. Una reunión en la cual, para añadir más morbo, estuvo presente también el líder de los,socialistas catalanes, Joan Raventos.
Hoy va a,ser un día de muchas preguntas y pocas respuestas, así que aquí lanzó la mía: ¿Qué hacían semejantes pesos pesados del PSOE acudiendo a la llamada del general que luego se presentó como elefante blanco en el Congreso para postularse como presidente de un gobierno cívico-militar de «unidad nacional» en nombre del Rey? Llámenme suspicaz, pero alguien del PSOE viejo o nuevo debería recordar a Montero y a su jefe, Pedro Sánchez, que si de todo esto cuantos han formado parte de la cúspide del Estado llevan hablando en voz baja 45 años es porque la situación recuerda mucho al chiste del dentista al que el paciente coge por sus partes: «Doctor, ¿verdad que no vamos a hacernos daño?» Cojan palomitas