Ignacio Camacho-ABC

  • Feijóo debería aclarar hasta dónde está dispuesto a mutar de principios

En julio del pasado año, Alberto Núñez Feijóo anunció en el congreso nacional del PP su firme voluntad de gobernar en solitario. «Este es el acto fundacional de un nuevo tiempo», dijo, «y ha llegado el momento de ser claros». Como el periodismo dudaba si el mensaje expresaba un deseo o un compromiso programático, al día siguiente la idea de una coalición fue descartada expresamente por el número dos del partido, Miguel Tellado. Apenas ocho meses después, la dirección de los populares ha enviado a los presidentes regionales de Extremadura y Aragón un documento marco donde se les ordena negociar con Vox los correspondientes pactos. La palabra `ordenar´ es polisémica; puede significar poner algo en orden o expedir un mandato. El escrito, titulado «documento para ordenar acuerdos», no indica en cuál de los dos sentidos debe ser interpretado pero tanto sus emisores como sus receptores han entendido que se trata de ambos. E incluye hasta el criterio de proporcionalidad para repartirse los cargos.

Esto no es una opinión, sino una constatación de hechos. La proclama de julio, efectuada bajo las perspectivas favorables de los sondeos, ha quedado anulada en febrero, tras dos elecciones parciales en las que la derecha radical ha experimentado un fuerte ascenso y en vísperas de una tercera de pronóstico más o menos parejo. También cabe constatar que el método de negociación ha sufrido un replanteo: Génova ha pasado de otorgar autonomía inicial a los dirigentes territoriales a tomar el control directo de las conversaciones para evitar el bloqueo. (De haber adoptado esa decisión en 2023, y esto sí es opinión, acaso Feijóo estuviese ahora presidiendo el Gobierno). De momento ninguno de los dos volantazos ha surtido efecto aunque el rechazo de Abascal forma parte de los clásicos ritos de apareamiento. En política las alianzas se tejen mediante un complicado cortejo a base de gestos alternativos de desdén y acercamiento que sólo tienen como finalidad la especulación sobre el precio.

La realidad objetiva es que el líder del centro-derecha ha dado un giro. Diametral, rotundo, aparatoso, explícito. Midió mal sus expectativas en verano de 2025 y ahora tiene que replegarse y deshacer el camino sin siquiera haberlo emprendido. Tiene la justificación, o la excusa, del pragmatismo: las urnas han hablado y han dicho lo que han dicho, pero eso también lo alegaba Sánchez –hacer de la necesidad virtud, ¿se acuerdan?– cada vez que rompía un compromiso. Sus partidarios lo entendían y hasta lo aplaudían, como ahora los del PP, mientras el resto le tachaba, o le tachábamos, de cínico. Quizá el error estuvo en un exceso de confianza o de optimismo sobre unas encuestas de vaticinios demasiado risueños que han desembocado en desengaños imprevistos. El caso es que en adelante, y dado que la tendencia no ofrece visos de cambiar de signo, convendría que el jefe de la oposición aclare hasta qué punto son firmes sus convicciones y sobre qué otros asuntos está dispuesto a mutar de principios.