Ignacio Camacho-ABC
- La defenestración de Yolanda Díaz es una invitación a Iglesias para reincorporarse al bloque de la extrema izquierda
Cuatro años hace que el gurú Iván Redondo, santa Lucía le conserve la clarividencia, vaticinó que Yolanda Díaz podía ser la primera mujer presidenta de España. Eran los tiempos del ‘proceso de escucha’, cuando Pablo Iglesias había dejado el Gabinete en un arrebato de decepción cismática y Sumar aún era una idea abstracta –nunca ha dejado de serlo– impulsada desde la periferia del sanchismo como una especie de marca blanca. Hoy es el día en que, repudiada por sus compañeros de aventura, ha renunciado a volver a presentarse como candidata de esa extrema izquierda en perpetuo debate entre el ser y la nada. En realidad se va antes de que la echen, que era el único fin de la enésima refundación puesta en marcha para intentar apuntalar un bloque político que se desangra. Al final todo consistía en eso, en desalojarla. Antonio Maíllo, el nuevo coordinador de IU, entendió desde su llegada que la presencia de la vicepresidenta no ‘sumaba’ y era menester prescindir de ella para abrir una nueva etapa.
Dicho, o pensado, y hecho. Ahora se trata de convencer al verdadero líder de Podemos para que se reintegre en esa coalición de partiditos que usufructúa una cuarta parte del Gobierno. La oferta está por concretar pero bien podría consistir en un puesto de salida para Irene Montero y el derecho a un ministerio si alguna clase de improbable carambola permite la supervivencia de Pedro. El fulanismo tiene una relevancia esencial en esta clase de acuerdos; el clan de Iglesias fue expulsado del poder por el veto de Díaz y su antiguo mentor le guarda desde entonces un oscuro resentimiento, mezcla de animadversión, agravio y desprecio. Y parece haber llegado el momento de la venganza ahora que pintan bastos para la coalición ‘de progreso’ y la cotización electoral de aquel pretencioso valor de futuro se ha desplomado sin expectativa de dividendos. Aun así ni siquiera está claro que la podemia –Arcadi Espada– no prefiera atravesar sola el desierto de la oposición que auguran los sondeos.
Consumada la defenestración, por esta vez sin piolet, a base de puñaladas florentinas, toca buscar una cabecera de cartel… salvo que al final Sánchez convoque un frente popular con una única lista. No sobran figuras en la plantilla. Rufián, que por increíble que parezca goza de gran predicamento juvenil y es una cara conocida, milita en un partido ajeno a la coalición aunque a Junqueras le encantaría sacárselo de encima. Maíllo se presenta en Andalucía y prefiere moverse entre bambalinas. Quedan los ministros, Bustinduy, Urtasun, Rego y García, de tirón popular muy descriptible, y a partir de ahí habría que fabricar un perfil, ficharlo fuera o desembarcar a Colau de la flotilla. Y el programa, claro, que algo tendrán que recordar de las enseñanzas de Anguita. Con todo ello, a pesar de las fantasías demoscópicas de ciertas terminales periodísticas, la mejor perspectiva sería la de arañar unos escaños en algunas provincias. Poca gloria para tan heroico esfuerzo de resistencia antifascista.