Iñaki Ezkerra-El Correo

  • ¿Vamos a permitir que muera en Abu Dabi el hombre al que debemos paz y libertad?

La desclasificación de los documentos del 23-F, ordenada por Sánchez, ha despejado todas las sombras y dudas en torno al papel que tuvo Juan Carlos I en la defensa de nuestro orden constitucional, que, como se ha demostrado, fue inequívoco e incuestionable. Se acabaron, o deberían acabarse, todos los pescadores de río revuelto y los que han llamado investigación rigurosa a la inculpación gratuita y a una extemporánea fobia a la monarquía liberal que hunde sus raíces reaccionarias en los caciquismos locales e integrismos religiosos del siglo XVIII. Tenemos un país en el que sobreviven, como herencias familiares, odios ancestrales y anacrónicos que han olvidado sus originarias causas históricas y sus desfasadas razones de ser, pero que no renuncian a seguir manifestándose de manera virulenta y enturbiando la convivencia.

Era difícil creer que el Rey que trajo la democracia iba a cometer el error de apoyar un grosero y friki golpe de Estado a sabiendas de lo caro que le salió a su abuelo tragar con el que dio Primo de Rivera en 1923. Era absurdo pensar que iba a conspirar en 1981 contra la Constitución que había traído tres años antes, pero los extravagantes no se limitan a serlo sino que dan por verosímil la extravagancia ajena. Y, así, fabricaron una sospecha que ha planeado sobre los mentideros políticos y sociales durante 45 años y a la que se sumaba nuestra incapacidad nacional para reconocer la grandeza en el otro o, como escribió Cernuda, «la hiel sempiterna del español terrible que acecha lo cimero con su piedra en la mano». Y, así, entre todos le impedimos la entrada en las Cortes para celebrar el cuadragésimo aniversario de la Constitución que él mismo había traído. Y así le agradecimos a ese hombre que no hubiéramos tenido que vivir el horror de una guerra ni de una posguerra ni de una dictadura como las que vivieron nuestros abuelos y nuestros padres. De bien nacidos es ser agradecidos, pero algunos por aquí prefieren estar recordando todo el día con gratitud y nostalgia esa España que no hizo sino matarse en el siglo XIX con tres guerras civiles y que tuvo en pleno siglo XX esa Cuarta Guerra Carlista que duró de 1936 a 1939. Ya sabemos que toda buena obra recibe su justo castigo. ¿Pero vamos a permitir que el hombre al que debemos nuestra paz y nuestra libertad muera en Abu Dabi?

Sí. Que vuelva. Y con toda la dignidad. Porque su dignidad es también la nuestra, la que no tienen algunos que nos dan lecciones morales a todos. Si fuera por ellos aún estábamos a asesinato por semana y a ritmo de transferencia autonómica. Eso sí, poniendo caras compungidas en los funerales, pero a la vez deslegitimando a todo aquel que tratara de detener con inteligencia, sentido ético y sensatez la sangría.