Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- Quítese de la cabeza que la actual “derechización” significa un futuro donde solo podrá elegir entre centro derecha y populismo conservador
A esto debemos añadir una crisis aún mal entendida y común al occidente democrático, a saber, la retirada de la política de la mayoría de la sociedad y la decadencia de las endogámicas élites empresariales, políticas, académicas y culturales. Un país donde Mariano Barbacid debe pasar la boina para seguir investigando mientras a David Uclés le basta pasearse con una por los medios para convertirse en escribidor popular e “intelectual” tiene un serio problema. Como los síntomas de agotamiento del sanchismo son evidentes, desde la sucesión de derrotas electorales y la debacle de la extrema izquierda asociada al aspecto de pieza de tanatorio que va tomando el mismísimo Pedro Sánchez, ha llegado el momento, creo yo, de ir pensando no sólo como librarnos del sanchismo, sino de qué hacer a continuación para que no vuelva a repetirse un secuestro semejante de la democracia, o al menos sea difícil. ¿O alguien cree que un sanchismo de derechas sería legítimo? Y sin embargo, eso tendremos si no se cambian las reglas de juego.
La reforma de la Constitución
Repitamos: para sobrevivir, la Constitución del 78 necesita una mejora urgente que resuelva deficiencias en materia de separación de poderes, obligaciones del Gobierno (por ejemplo, la de presentar Presupuestos cada año, o convocar elecciones) que impidan el abuso de poder y el caótico reparto de competencias y poderes territoriales. La revisión de la Ley Electoral para impedir que con menos del 5% de los votos sea tan fácil condicionar el Gobierno nacional cuelga inevitable de esta reforma.
Los requisitos agravados para reformar el meollo constitucional hacen difícil esta empresa, pero no imposible. Sería posible para una mayoría suficiente del PP y Vox como la que dibujan las tendencias. El problema no es tanto el procedimiento como la ausencia de proyecto: ¿qué reforma constitucional quieren estos partidos, o no quieren ninguna? Porque, sin ella, el camino a un nuevo gobierno de autogolpe de estilo sanchista tiene puesta alfombra roja. Una tentación que sin duda existe en los partidos que se ven como alternativa, y sin duda en Vox por su adanismo, su populismo y su estilo interno de resolver los conflictos que crea la pluralidad, no muy distinto al de Enrique VIII. Sin proyecto de mejora, la Constitución del 78 quedará reducida a un esqueleto sin capacidad alguna de resistencia a nuevos asaltos.
El futuro ignoto de la izquierda
Contra los que creen los incautos, la izquierda no desaparecerá del mapa con el auge de las derechas o de posibles terceras vías (al estilo de los Verdes en Gran Bretaña, a punto de superar a los laboristas en los sondeos). La izquierda, como la derecha, es antes una mentalidad genérica que una ideología política clara. Las investigaciones cognitivas (de cómo pensamos, no sólo qué) sugieren que el cerebro innato hace más de lo que creemos en nuestras simpatías y antipatías políticas, así que siempre habrá algo como eso que llamamos izquierda: optimista con el progreso, preocupada por lo colectivo y público, simpatizante del pensamiento utópico y partidaria de lo nuevo frente a lo viejo; sí, mucha gente que vota derecha moderada comparte algunas de estas propensiones, y desde luego el liberalismo clásico la mitad o más: lean a John Stuart Mill, Isaiah Berlin o Hannah Arendt.
Es cosa de tiempo que encuentre una nueva representación política que sustituya la agotada herencia del marxismo y las aberraciones woke y populista. El PP o quien ocupe su espacio podrá acoger un tiempo esa izquierda digamos “natural” moderada, pero, si usted la tiene, quítese de la cabeza que la actual “derechización” significa un futuro donde solo podrá elegir entre centro derecha y populismo conservador, más los ultras de ambas alas políticas (más o menos, como ahora en Francia, Polonia o Hungría). De hecho, quien acierte con la forma de dar nueva voz y representación a esa izquierda natural y liberal (y desde luego no va de refundar el PSOE felipista) tiene gran futuro por delante.
El capialismo de amiguetes, en crisis
Quizás una herencia positiva del sanchismo, imprevista, es la profunda avería que sus abusivas intromisiones en las empresas públicas y privadas están haciendo al pacto tácito del capitalismo de amiguetes, que con la corrupción y la ineptocracia es la peor rémora económica de España. Cuando acuñé esta expresión quería significar el pacto de hierro de dos oligarquías, empresarial y política, y ambas mediocres en lo suyo, tanto que para medrar necesitan limitar la libre competencia y atacar la libertad económica mediante innumerables barreras de acceso a empresa y política. El pacto en cuestión consiste en comprometer favores políticos a cambio de favores económicos, y viceversa. La ruina de las Cajas de Ahorro fue un duro golpe a este tinglado vicioso -lo explico aquí, en La democracia robada-, pero, como en todo, Zapatero, Sánchez y compañía han ido mucho más lejos.
Las tradicionales puertas giratorias y favores han pasado a intromisión gubernamental directa en la venta de Talgo, la OPA del BBVA al Sabadell, la colonización política de Telefónica, con la consiguiente avería empresarial y bursátil, y las maniobras en la oscuridad para impedir a Escribano hacerse con la estratégica Indra. El capitalismo siempre ha sido en España un sistema viciado por hábitos feudales y caciques, pero el sanchismo ha ido tan lejos que, por fin, abre la puerta a un futuro económico con separación razonable de la esfera empresarial y la política. A un alto costo medido en aumento de la pobreza, crisis de la vivienda y la red eléctrica, y lo más grave, muertos como los 47 de Adamuz, herencia criminal que no podremos ni debemos borrar, sino llevar al juzgado. Pero lo demás puede cambiarse. Claro que para eso hay que tener algún tipo de proyecto para todos, no solo de partido. La alternativa es horrorosa: más sanchismo sin este Sánchez, pero con otro.