Antonio Jiménez-El Debate
  • La decisión de volver, por tanto, no está en el alero del Rey Emérito, sino en el de quienes tienen la autoridad y responsabilidad de abrirle esa puerta y no parece que estén por la labor de hacerlo. Un gesto que seguramente gravitará sobre sus conciencias cuando la situación ya sea irreversible

Fue Alejandro Cercas, autor de Anatomía de un instante, texto que recrea con precisión el fallido golpe de Estado del 23-F, quien pidió a Sánchez la desclasificación de los documentos sobre la asonada militar que pudo acabar con nuestra incipiente democracia y degenerar en otro baño de sangre entre españoles, como le advirtió el Rey Juan Carlos al teniente general Miláns del Bosch después de pedirle que depusiera su actitud y ordenarle la vuelta de los tanques a sus cuarteles en Valencia.

El escritor pretendía con su petición evitar que el relato histórico del asalto al Congreso y la conspiración que lo antecedió se siguiera construyendo a partir de lagunas, bulos o especulaciones. Un objetivo bien intencionado y plausible que el gobierno podría haber justificado en aras de la transparencia y del conocimiento objetivo de un hecho histórico transcendente, pero que la ministra portavoz se encargó de desmentir y cuestionar, argumentando que se hacía para impedir que la ultraderecha, ( la izquierda no), siga utilizando los bulos y las teorías conspiranoicas para desinformar a los jóvenes que piensan que con Franco se vivía mejor y van cantando el Cara al Sol por nuestras calles.

Pareciera así que con la revelación de los documentos había un interés gubernamental por instrumentalizar la frustrada asonada militar contra la perversa derecha de este país, cuyos jóvenes desinformados van alegres y combativos entonando el himno de la Falange. Otro bulo más de esa factoría inagotable de eslóganes e imposturas que es la máquina del fango monclovita y sus tropecientos asesores al servicio de Sánchez con el fin de señalar a la ultraderecha, mullidora de cuestionar el papel jugado por el Rey, como si desde la extrema izquierda y el sanchismo no se hubiera puesto en duda su lealtad constitucional aquel día. Ciertamente, el tiro les salió por la culata si pretendían utilizar el «francomodín». La desclasificación de los papeles del 23-F ha sido un mal negocio, en ese sentido, para el sanchismo y cuantos han alimentado en los últimos 45 años la idea de que el Rey Emérito se había comportado como una suerte de capitán Araña que embarcó a los golpistas en su aventura mientras él se quedaba en el puerto.

El Rey no sólo no participó en la sublevación contra la Constitución, sino que desarticuló y paró el golpe, como ya sabíamos, y los golpistas ratifican en unos papeles en los que culpan al ‘Borbón’ de su fracaso por «haberlo dejado libre». Los conspiranoicos de uno y otro extremo del espectro político ni tan siquiera podrán agarrarse a algún detalle para sacarlo de contexto, atacar a la Corona y a don Juan Carlos y poder seguir aventando sospechas y dudas sobre su comportamiento en aquellos hechos.

El 23-F no fue otro paréntesis en la historia democrática de España y el fin de las libertades gracias a la determinación y compromiso del Rey Juan Carlos con la legalidad vigente y la Constitución del 78 y ya solo por evitar otro conflicto armado entre españoles, merece el respeto y reconocimiento que se le está negando en vida, desterrado sin poder vivir en su país. La apelación de Feijóo a su regreso a España como un deseable gesto de reconciliación de los españoles «con quien paró el golpe de Estado y pasar la última etapa de su vida con dignidad y en su país» ha sido oportuna, acertada y compartida por cuantos sufrimos la fallida asonada militar, por las consecuencias que habría tenido si hubiera triunfado, y opinamos que sus errores como hombre no pueden opacar sus aciertos como jefe del Estado.

Cometió errores por los que se disculpó, pero tuvo la humildad, no como Sánchez y sus ministros, de pedir perdón por hechos que, siendo poco o nada ejemplares, ninguno rebasó la línea que separa el reproche moral del censurable por ilegal y penal. El Rey Emérito regularizó su situación fiscal; las investigaciones judiciales que se le hicieron fueron archivadas y, efectivamente, es libre de regresar definitivamente a España porque nada se lo impide, dicen en Zarzuela y Moncloa, pasándole la responsabilidad de esa decisión a él, que fue obligado a expatriarse en Abu Dabi.

Sin embargo, ni su hijo Felipe VI, ni Sánchez, a diferencia de la petición de Feijóo compartida antes por los expresidentes Felipe González, Aznar y Rajoy, han movido un dedo para indicarle el camino de vuelta a su casa, el Palacio de la Zarzuela, donde vivió y donde paró el golpe de Estado. Y Juan Carlos I, mientras no le dejen residir en su casa, en su hogar, no regresará para quedarse. La decisión de volver, por tanto, no está en el alero del Rey Emérito, sino en el de quienes tienen la autoridad y responsabilidad de abrirle esa puerta y no parece que estén por la labor de hacerlo. Un gesto que seguramente gravitará sobre sus conciencias cuando la situación ya sea irreversible.