Ignacio Camacho-ABC
- La estrategia electoral de Juanma Moreno va a probar si existe hoy un PP capaz de sostenerse en el centro
Si Juanma Moreno pierde en junio la mayoría absoluta no será, a tenor de la estimación media de los sondeos, porque se la quite María Jesús Montero. Esa mayoría fue posible en 2022 por cuatro diputados en otras tantas provincias que cayeron del lado del PP por los pelos y que podrían ahora ir a parar a Vox a poco que logre dos o tres puntos de ascenso. A principios de año era bastante complicado que el presidente de la Junta revalidara su éxito; hoy por hoy sin embargo, aunque el margen siga siendo estrecho, tiene una posibilidad razonable de conseguirlo gracias a su gestión del accidente de Adamuz y las tormentas de febrero. La previsión apunta a un recuento de infarto, con varios escaños pendientes del reparto de los últimos restos. La primavera política andaluza vivirá una campaña disputada a cara de perro, con los socialistas obligados a apretar para salir de su estancamiento; en circunscripciones de alta inmigración como Almería incluso van a sufrir para mantener el segundo puesto.
Todos estos cálculos saltarían por los aires si Sánchez decidiese pulsar el botón del adelanto, un rumor que esta semana volvió a correr por Madrid a consecuencia de dos reveses simultáneos: el atasco del presupuesto catalán y el enésimo fracaso de un Gobierno nacional incapaz de superar el bloqueo parlamentario. Ese movimiento, altamente improbable, pondría el tablero electoral boca abajo pero es difícil imaginar a Pedro renunciando a un año más en el cargo para jugárselo todo en un órdago improvisado. Sin descartarlo, parece difícil que su contrastado gusto por los golpes de efecto llegue a tanto; la hipótesis razonable es la del actual calendario, que el jefe del Ejecutivo pretende convertir en una oportunidad de movilizar a su electorado a costa de mandar al despeñadero a sus propios candidatos. Incluida Montero, por supuesto, cuyas expectativas oscilan entre una derrota ya descontada de antemano y el descalabro que para ella significaría un nuevo mandato de Moreno en solitario.
Así las cosas, la fiesta autonómica del 28-F llega en plena exhibición de poderío ‘juanmista’. Un estilo que combina el ‘andalucismo’ templado, un orgullo identitario no exento de toques folclóricos, la moderación dialéctica y un patente sentido de la hegemonía. El dirigente malagueño ha superado la crisis de los cribados de cáncer mediante un despliegue de liderazgo personalista; cesó a la cúpula sanitaria de un plumazo, lanzó una batería legislativa y abordó las catástrofes ferroviaria y meteorológica con un visible esfuerzo de cercanía a las víctimas. El repunte en las encuestas ha sido inmediato; no le garantiza la mayoría pero consolida la imagen positiva que había empezado a desgastarse bajo una cierta autocomplacencia triunfalista. En un Partido Popular en continuo debate entre aproximarse al marco de Vox o alejarse de él, Moreno encarna la segunda fórmula, la que trata de ensanchar el espacio hacia la centralidad tranquila. Las urnas dirán hasta qué punto resulta practicable esa vía.