- Trump ha convertido sus amenazas en acción, evitando el error de Obama en 2013 con Siria o las vacilaciones previas en Irán. Las líneas rojas han sido cruzadas por el régimen —con su programa nuclear, su apoyo a proxies terroristas y su masacre interna
En enero escribí que las «líneas rojas», si no se hacen cumplir, no disuaden: invitan. Alertaba entonces sobre el riesgo de trazar limites, para luego recular — todos desde Clinton a Biden — no frena a Teherán; lo envalentona. Pues bien: hoy no ha habido reculada.
Estados Unidos e Israel han lanzado un ataque coordinado contra Irán. Trump lo ha enmarcado como el inicio de «operaciones de combate significativas», advirtiendo incluso de posibles bajas estadounidenses.
El Pentágono ha bautizado la operación como EPIC FURY y, según la información disponible, no sería un golpe de una noche, sino una campaña de varios días. Algo que Trump posteriormente ha confirmado, diciendo que el operativo duraría «por lo menos una semana». Este ataque es una ofensiva masiva dirigida a desmantelar las capacidades nucleares, misilísticas y navales del régimen, además de poner en la mira a su liderazgo: el líder Supremo Ali Jamenei, abatido según los estadounidenses, el jefe de las Fuerzas Armadas y al jefe de la Guardia Revolucionaria, que podría también haber muerto.
El ataque llega tras semanas de tensión y tras intentos de negociación que no han cuajado, en un contexto donde Israel llevaba tiempo empujando para que cualquier «deal» incluyera no solo límites al enriquecimiento, sino el desmantelamiento de toda la infraestructura nuclear y restricciones al programa iraní de misiles.
Trump, por su parte, ha ido más allá de la fórmula clásica de «degradar capacidades»: ha combinado el golpe militar con un mensaje político de alto voltaje. Ha ofrecido inmunidad a los miembros de la Guardia Revolucionaria si deponen las armas, y ha advertido de «muerte segura» si no lo hacen. Y ha lanzado un llamamiento directo a los iraníes para que «tomen el control» de su gobierno.
Es decir, el mensaje político coquetea con promover un cambio de régimen. Y ahí está el riesgo. Lo acotable se convierte en un espacio ilimitado.
De la verborrea al hecho: Trump decide «no rajarse»
Si en enero criticaba la posible «bajada de pantalones», hoy aplaudo la coherencia. Trump ha convertido sus amenazas en acción, evitando el error de Obama en 2013 con Siria o las vacilaciones previas en Irán.
Las líneas rojas han sido cruzadas por el régimen —con su programa nuclear, su apoyo a proxies terroristas y su masacre interna— y ahora se enfrentan a las consecuencias de sus actos. No se trata solo de estrategia militar: es un mensaje moral. La soberanía no es licencia para la exportación del terror en toda la región o la represión masiva de tu propia población. La doctrina de la «responsabilidad de proteger», parte de una intuición moral muy simple: Se justifica intervenir cuando un gobierno se vuelve depredador de su pueblo.
Hasta aquí, la parte fácil: la raya en la arena ya no es un meme. La parte difícil empieza ahora: porque en geopolítica, la credibilidad no se mide por el primer misil, sino por lo que haces cuando el adversario contesta. Y en ese momento, hay que tener una estrategia bien definida. Teherán —sorpresa— ha contestado. Y no precisamente con una respuesta simbólica, como hizo en la guerra de los 12 días.
Irán responde: el riesgo real de la escalada regional
La represalia iraní no se ha limitado a Israel. Se han reportado ataques con misiles contra activos e instalaciones vinculadas a Estados Unidos en varios países del Golfo. Incluso se ha informado de al menos una víctima mortal en Abu Dabi.
De hecho, la dimensión inmediata se mide en cancelaciones: aerolíneas suspendiendo vuelos por toda la región y la agencia europea de seguridad aérea recomendando evitar el espacio afectado.
Cuando las élites políticas hablan de «desescalación», las aerolíneas y las compañías cargueras dicen «me voy». Y suelen tener mejores analistas de riesgo.
Si Irán quiere generar dolor, tiene una tecla brutal: la energía y su control sobre las rutas marítimas. Por el estrecho de Ormuz pasan diariamente más de 20 millones de barriles de petróleo, casi un tercio del tráfico petrolífero marítimo mundial y el 20 % del consumo global. Tras los ataques, Grecia ha recomendado a buques con bandera griega evitar zonas de alto riesgo —incluido Ormuz— y extremar la vigilancia ante amenazas como misiles, drones e interferencias electrónicas.
Aunque nadie «cierre» Ormuz oficialmente, basta con elevar el riesgo —y el precio de los seguros— para que el mercado entre en pánico y el coste se reparta por el mundo. Y Europa, otra vez, se encontrará con el mismo dilema de siempre: mucha superioridad moral, pero una dependencia energética que no se resuelve con comunicados. De entrada, los futuros del Brent ya se espera que se disparen el lunes en los mercados entre 10-20 dólares.
El dilema: castigar sí, botas en el suelo, no
Donde me entran los sudores fríos no es en el resultado militar esperable de la intervención: éxito total de la campaña aérea, y daños limitados por las respuestas iranís. Es en que las declaraciones de Trump y Netanyahu apuntan a objetivos mucho más abstractos.
Una cosa es hacer cumplir una línea roja (restablecer disuasión, romper capacidades de misiles, neutralizar amenazas). Otra cosa es convertir una operación militar en un proyecto de rediseño nacional desde el aire. Trump prometió desde su retorno al despacho oval que eso no lo haría. El discurso de Trump ha sido intencionadamente ambiguo. Mientras que en enero afirmó que la ayuda estaba en camino, en su discurso de hoy ha invitado al pueblo iraní a levantarse contra su gobierno, pero sin cruzar la raya de prometer ayuda de «botas en el suelo» americanos. Netanyahu, mucho más envalentonado, ha informado al pueblo israeli que el objetivo es derrocar al régimen y matar al lider Supremo.
Hay algo que en Washington siempre se olvida cuando los presidentes se ponen épicos: el enemigo no es como tu quisieras que fuera. Irán no es un país homogéneo. Tiene un mosaico étnico significativo y un colapso puede derivar en fragmentación territorial y caos regional. El riesgo no es académico: el riesgo es que, en nombre de «liberar al pueblo iraní», acabes fabricando un Irak 2.0, pero con mucha más población, más redes de proxies y más incentivos para que terceros (Turquía, Irak, Siria) metan la cuchara.
Hoy hay un problema evidente: algunos objetivos son acotables (capacidad misilística o naval, programa nuclear); el discurso político, en cambio, apunta a objetivos ilimitados. Y cuando mezclas lo acotable con lo ilimitado, suele ganar lo ilimitado.
Europa: Naciones Unidas como rosario
En enero anticipé la reacción europea. Por supuesto, ya han llegado las críticas: se habla ya de «unilateralismo» y «desestabilización» y se exige desescalar. Pero ¿qué estabilidad ofrece un Irán nuclearizado, financiando a Hamás, Hezbolá y hutíes?
No cabe duda de que los riesgos existen. El mosaico étnico iraní —persas, kurdos, azeríes— podría fragmentarse, sí. Los ataques pueden generar un mayor grado de represión, o incluso una reacción nacionalista que ayude al régimen. Pero el statu quo ha perpetuado el sufrimiento del pueblo iraní. Trump, al actuar, rompe el ciclo de inacción que ha envalentonado a los ayatolás durante décadas. Y sí: pedir desescalada está muy bien… mientras alguien, en algún sitio, esté dispuesto a pagar el precio para que esa desescalada sea algo más que un deseo.
La posición de los aliados árabes de Trump es bastante más compleja. Un conflicto prolongado no solo pone en riesgo sus ingresos petroliferos por la inseguridad de Ormuz, sino que también mata a sus hubs aéreos en la región (Qatar y EAU) y su pujante industria turística. Además, puede provocar reacciones internas, dado que la presencia de bases norteamericanas en muchos de estos países no es bien vista por la población.
La pregunta que separa al estadista del pirómano
Trump ha ganado algo hoy: credibilidad. En enero lo dije sin rodeos: si amenazas y luego no haces nada, el mensaje es devastador. Y hoy, por definición, no ha habido «rajada».
Pero la credibilidad tiene un coste. Y el coste se puede pagar en dos monedas. La primera, esperada, es la escalada: Irán buscará ampliar el conflicto. La segunda, que espero no ocurra, sería transformar este castigo en una misión infinita: cuando un golpe puntual se convierte en una exigencia de cambio de régimen, como han señalado Trump y Netanyahu ha dicho abiertamente, ya no basta con destruir misiles. Y la historia nos demuestra que los cambios de régimen no se logran solo con campañas aéreas.
Si Trump quiere que esta intervención refleje liderazgo y no una trampa histórica, necesita hacer algo casi contracultural en política: definir claramente el final. Y el final no puede ser el cambio de régimen. Eso va a depender de los iraníes. Trump y sus generales van a tener que definir qué condiciones concretas permitirán parar de bombardear, declarar misión cumplida y no volver dentro de seis meses con otra operación bautizada con nombre de videojuego.
Objetivos claros y bien definidos pueden ser todo lo amplios que el presidente quiera. Por ejemplo, la destrucción total de la industria misilística o de drones; la erradicación del programa nuclear; o incluso el desmantelamiento de la capacidad militar de la Guardia Revolucionaria. O matar a este o aquel. Pero tienen que definirse. De lo contrario, el apoyo dentro del país caerá rápidamente. Y no olvidemos que es año de elecciones, y de momento pintan bastos para el partido del presidente.
Porque si no hay un final bien definido, EPIC FURY no será un acto de disuasión. Será un prólogo. Y en geopolítica los prólogos se pagan caros. Dios quiera —inshallah— que esta vez haya una estrategia bien definida. De lo contrario el coste en sangre y votos será significativo.