Pedro Chacón-El Correo

Sería muy fácil creer que Aitor Esteban pudo cometer un desliz ideológico de envergadura, siendo alguien tan meticuloso en los términos como suele ser el presidente del PNV. Decir que Juan Carlos I cada vez que hay una regata viene, y decirlo desde Bilbao, supone que está incluyendo a Bilbao en España. Y salirse de ese lapsus sería difícil. Ni siquiera recurriendo a que Galicia es una autonomía con marcada personalidad, porque lo cierto es que Juan Carlos I viene a Sanxenxo y todo el mundo entiende que es a España donde ha venido.

Pero, ¿y si resulta que estamos ante un desliz provocado? Y es que la figura de Juan Carlos I está de vuelta, desde la desclasificación de los papeles del 23-F. Y que Esteban diga que el anterior rey «viene (a España)» estaría en la misma longitud de onda de un PSOE diciendo que el Gobierno no se opone a que el emérito venga cuando quiera. ¿Cómo no pensar que este ‘revival’ del espíritu del 78 no esté perfectamente diseñado por el principal partido del Gobierno para marcar distancia con sus socios antisistema y provocar, de paso, una reacción sobreactuada de Feijóo (que no le hace ningún favor a la Monarquía, porque alinearla con un partido es como echarle una palada de tierra encima) y todo con el objetivo de una inminente convocatoria de elecciones generales?

A esta vuelta del espíritu del 78, por lo que tuvo de convulsión social a la que había que buscarle una salida política, contribuirán también los actos del 50 aniversario de la masacre del 3 de Marzo en la iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria, un episodio lacerante que nos retrotrae a la época de las grandes manifestaciones de los setenta, de las que todos los que tenemos cierta edad nos acordamos con una mezcla de nostalgia y angustia. Aquellas eran manifestaciones de obreros de verdad, a las que iban con su buzo y todo y había tiros y moría gente. Mi padre y sus compañeros de trabajo iban y contaban luego cómo habían evitado ser apaleados o algo peor. Y yo las veía en Basauri bajando en masa por Arizgoiti, con la Guardia Civil o la Policía entrándoles a saco con todo, armas reglamentarias incluidas. Después de aquello vino el terrorismo puro y duro, que nada tenía que ver con luchas laborales, por más que quisieron mezclarlo todo. Aquellas manifestaciones legendarias no atendían a consignas autóctonas, porque eran de obreros de verdad, la mayoría venidos de fuera, por ellos o por sus padres, como los cinco muertos de Vitoria. Mario Onaindia lo recordaba en el prólogo al libro de Ramón Jáuregui ‘El país que yo quiero’. Hasta 1993 no se dio cuenta por primera vez de lo «solos y aislados» que habían estado siempre los trabajadores inmigrantes socialistas, «sin que nadie autóctono les eche una mano en un medio hostil». Así es como lo vivieron los obreros represaliados salvajemente en Zaramaga. Que nadie usurpe su memoria.