Elías Cohen-El Español
  • Acabar con el régimen de Irán no es sólo acabar con el principal enemigo de Israel y de los EEUU en la zona: es una reconfiguración del mapa de Oriente Medio salido de la Primera Guerra Mundial.

Oriente Medio está lleno de códigos difíciles de entender: Hamás, Hezbolá, chiíes, suníes, judíos, israelíes, palestinos, emires, reyes, ayatolás…

Todo ello mezclado con petróleo, odios generacionales y religiosos, intereses estratégicos e infoxicación masiva, dejan un cóctel terrible.

Fruto de esta mezcla corrosiva, en apenas 24 horas, EEUU e Israel han acabado con la cúpula del poder militar y político en Irán, incluyendo a Alí Jamenei, el ayatolá supremo.

Irán, por su parte, ha atacado a todos los Estados árabes limítrofes y a Israel, amenazando con una guerra regional que no puede ganar.

Esta escalada, lo creamos o no, no tiene ni un origen reciente, ni su centro de gravedad está en Teherán o en Jerusalén.

Hace ciento diez años, los acuerdos de Sykes-Picott y Sevres, ambos adoptados con el fin de la Primera Guerra Mundial tras el colapso del imperio otomano, dejaron el mapa de Oriente Medio patas arriba.

Entonces, las potencias vencedoras pensaron en formar tres Estados en la zona: uno cristiano en Líbano, uno judío en Israel y un gran Estado árabe en el resto, con capital en Damasco.

Sin embargo, Reino Unido y Francia se repartieron la zona, en los llamados mandatos.

Tras los mandatos, se dibujaron fronteras, y se exportaron instituciones propias de Occidente, ajenas en una zona en donde el imperio otomano había gobernado durante quinientos años.

Con la excepción de Israel, el resto de los países de la zona fueron gobernados por líderes dictatoriales, fuertes y corruptos. Que además se asentaban sobre una enorme balsa de petróleo en el momento en el que la economía mundial crecía sin cesar en base a este combustible.

Como señala Daniel Nepp, profesor de la Universidad de Georgetown, los nuevos Estados se constituyeron sobre restos del Imperio Otomano sin armonización social, económica, política, cultural o religiosa.

Su cohesión interna vino determinada por la represión y el control de regímenes autoritarios.

La corrupción y la represión de estos, en su mayoría laicos y de la órbita socialista, favorecieron que las masas sociales se cobijaran bajo la protección ofrecida por grupos y organizaciones islamistas como los Hermanos Musulmanes.

Paralelamente, en 1979, Irán, que había estado gobernada por el Sha Reza Pahlaví, triunfó la revolución islámica, y se formó la República Islámica de Irán.

Este régimen, durante cincuenta años, no sólo sobrevivió a sanciones económicas y a aislamiento occidental, sino que fue capaz de crear el llamado «eje de resistencia», un gran creciente chií en Oriente Medio, formado por la Siria de los Asad, Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, los hutíes en Yemen y los chiíes en Irak.

«La corrupción y la represión de los Estados creados tras la IGM en Oriente Medio favorecieron que las masas se cobijaran bajo la protección de organizaciones islamistas»

Este eje de resistencia no sólo buscaba el fin de Israel, sino también revisar la hegemonía en Oriente Medio, y contrarrestar a los países árabes suníes, como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos.

Ya entrados en el siglo XXI, el 11-S, la expansión del islam radical, la desastrosa invasión norteamericana de Irak y las revueltas de la Primavera Árabe provocaron que los EEUU decidieran salir de Oriente Medio.

Lo fiaron a una suerte de equilibrio entre, por un lado, los países suníes e Israel, y, por otro lado, Irán y sus aliados.

Sin embargo, en geopolítica, no hay vacíos de poder. Si se va una potencia, entra otra. En este caso, Rusia.

Estos tres actores, Rusia, Siria e Irán y sus proxies, formaron un bloque sólido que favoreció la construcción de un gran creciente chií desde Teherán hasta Beirut.

La frase se atribuye al general de la Guardia Revolucionaria de Irán (el verdadero cuerpo de élite iraní) Qassem Soleimani, el auténtico artífice de esta estrategia de expansión por Oriente Medio: “Irán controla cuatro capitales árabes: Bagdad, Damasco, Beirut y Sa’na”.

Hoy, tras los ataques terroristas del 7 de octubre en 2023, y tras la invasión rusa de Ucrania, la situación es totalmente la contraria.

Soleimani está muerto.

Alí Jamenei está muerto.

Hasán Nasralá está muerto y Hezbolá está diezmado.

Yahia Sinwar e Ismail Haniyeh están muertos.

Un grupo de iraníes sostienen el retrato del general Soleimani y claman por la destrucción de Israel, en 2023.

Un grupo de iraníes sostienen el retrato del general Soleimani y claman por la destrucción de Israel, en 2023. Majid Asgaripour Reuters

Hamás está al borde de la desaparición y Gaza, devastada.

Asad está exiliado en Rusia.

Los hutíes han sido atacados a placer por parte de la aviación israelí.

Moscú no ha podido ayudar a ninguno de sus aliados en la zona. A ninguno.

Y en estos momentos los cazas israelíes y estadounidenses repostan sobre cielo iraní.

Acabar con el régimen de Irán no es sólo acabar con el principal enemigo de Israel y de los EEUU en la zona. Es una reconfiguración de Oriente Medio que pone fin al mapa adulterado tras los acuerdos de Sykes-Piccott y Sevres.

La reconfiguración se aleja del nation-building de los neocons americanos, criticada por el propio Donald Trump. Y adopta un enfoque más westfaliano: todos en la zona son mis aliados, y cada uno, dentro de sus fronteras que haga lo que quiera.

Asimismo, lanzar dos operaciones masivas en menos de un año sobre Irán no tiene solamente como objetivo el programa nuclear y los misiles balísticos.

También buscan lanzar un mensaje a las demás potencias (como Rusia y China) sobre la incontestable potencia militar y tecnológica de ambos países.

Efectivamente, Oriente Medio no es fácil de entender.

*** Elías Cohen es profesor de relaciones internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria.