Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo
Historiador, especialista en el mundo árabe e islámico contemporáneo
- Como los ayatolás no van a rendirse ni a someterse, podrán perpetuarse en el poder a no ser que Trump se atreva a lanzar una ofensiva terrestre
Desde 1979, Estados Unidos ha guardado resentimiento por la revolución iraní y el asalto a su Embajada, con la humillante toma de rehenes durante meses. Ahora ha llegado la venganza. La indefensión de Irán ante la agresión conjunta estadounidense-israelí roza lo patético. Es cierto que los bombardeos acaban de comenzar, de manera que hay mucho que se nos oculta tras la niebla de la guerra, y que Irán proyecta, por el momento, una imagen desafiante de estoica dureza frente a la adversidad, gracias a sus numerosos contraataques con drones y misiles.
Por desgracia para ellos, no es más que un espejismo. Por el momento, las fuerzas aéreas atacantes sobrevuelan sus objetivos con total impunidad. Los blancos designados vuelan en pedazos uno tras otro mientras que ningún atacante ha sido derribado todavía. Resulta espectacular y mediático que Irán sea capaz de lanzar contraataques con misiles y drones simultáneamente contra instalaciones norteamericanas en Jordania, Irak, Kuwait, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, o alcanzar incluso Israel. Ahora bien, la precisión de los misiles iranies es azarosa en el mejor de los casos, de manera que, si continúan dispersando sus ataques, tendrían mucha suerte si logran algún resultado práctico. Por otra parte, debemos suponer que los norteamericanos y sus aliados israelíes van a pulverizar cada instalación de lanzamiento en el momento que la detecten.
En cuanto a la amenaza de cerrar el estrecho de Ormuz, el mero hecho de que estalle la guerra implica el cierre de facto de esta ruta marítima durante unos pocos días. Luego, una vez los norteamericanos impongan su aplastante superioridad aérea y marítima, van a ser muy escasas las opciones de Irán para causar problemas. En pocos días habrán perdido todos sus aviones y buques de superficie. Se les habrán terminado los misiles o no tendrán forma de lanzarlos. Sus tres submarinos convencionales exsoviéticos pueden causar problemas, hasta que sean localizados y destruidos. Les quedarían una docena de submarinos enanos de diseño local –Irán es un país más desarrollado de lo que suele creerse– y el hostigamiento esporádico con drones o lanzacohetes instalados en camiones. Eso bastaría para elevar los fletes del seguro marítimo, pero no para bloquear el tránsito de petroleros.
El panorama es más desolador todavía si recapitulamos los aliados exteriores. Hamás y Hezbolá han sido aplastados. China no va a involucrarse y Rusia está tan debilitada que eran ellos los que recibían ayuda iraní. Quedan los hutíes y poco más.
Ahora bien, ¿puede esta ofensiva aérea derribar al régimen? Es cierto que el Líder Supremo Alí Jamenei ha muerto, junto con otros muchos altos cargos, pero su heredero ya estaba nombrado, de manera que el sistema hierocrático –oligarquía de sacerdotes– permanece intacto. La experiencia del bombardeo de Serbia en 1991 o los iraquíes en Kuwait en 1991 demostraron que si los atacados se agazapan bien, aunque sus fuerzas aéreas hayan sido barridas y sus defensas antiaéreas sean destruidas por completo, sus bajas pueden ser muy pocas. Solo corren verdadero peligro cuando una ofensiva terrestre les fuerce a salir de sus escondrijos. Eso fue lo que sucedió en Kuwait en 1991, donde los iraquíes sufrieron pérdidas catastróficas. Aun así, Sadam Hussein conservó tropas y armas más que suficientes para aplastar las revueltas populares en su contra. No hay motivo para creer que en Irán vaya a suceder algo distinto.
El sueño húmedo de Trump es repetir lo de Venezuela: matas o capturas al líder supremo y el resto de la oligarquía local se somete a cambio de seguir en el poder. Pero el clero iraní es un grupo mucho más cohesionado y más serio que los militares chavistas. Muchos de ellos pueden ser corruptos, pero la mayoría se toman completamente en serio su ideología fanática. Por otra parte, el pueblo iraní es un adversario de mucha mayor enjundia que el venezolano. Mucho más de quedarse y luchar que de emigrar y dejar el campo libre a sus opresores. Si los ayatolás supervivientes se rebajan a ser los cipayos de Trump, como Delcy Rodríguez en Venezuela, los apoyos que les quedan se revolverían en su contra o se inhibirían y el régimen se derrumbaría.
Por lo tanto, como los ayatolás no van a rendirse ni van a someterse, podrán perpetuarse en el poder salvo que Trump se atreva a lanzar una ofensiva terrestre, aunque sea limitada. El verdadero problema es que la salvación del régimen implica la ruina total de Irán; una escombrera depauperada como Venezuela o Cuba.
La única oportunidad de salvación de Irán o de cualquier otro país solo puede venir desde dentro. Por suerte, los iranies parecen muy dispuestos a meterse en faena.