Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • Con el derrumbamiento del régimen en Irán va a caer también el socorrido maniqueísmo del blanco o negro ideológico

Los defensores del derecho internacional y del orden basado en este no pueden aprobar el ataque a Irán; muchos lo han criticado amargamente. Me refiero a los que son sinceros, no a los amigos de los ayatolás, sean comunistas, separatistas o de la “derecha patriota” ultra. Hay un hecho que no pueden obviar si no quieren que su fe en el derecho internacional degenere a pueril pensamiento mágico: ese orden que tanto idealizan ha sido incapaz de impedir la invasión rusa de Ucrania y de ayudar a la sociedad iraní a defenderse de la teocracia islámica que la masacra, y de que esos mismos ayatolás financien y armen a Hamás, Hezbolah y a los hutíes para atacar a Israel, Yemen, Arabia Saudí y otros países. Al contrario, agencias de la ONU han apoyado activamente a los terroristas de Hamás al servicio estratégico de Irán. Defender hoy a la ONU como árbitro internacional es tan lúcido como sacar a los santos para acabar con la sequía.

El fin del orden de la Guerra Fría

El orden internacional supuestamente basado en el derecho era, en realidad, el reparto del mundo en las esferas de influencia de la Guerra Fría. Cuando esta terminó por el colapso interno del bloque soviético, no comenzó el reinado indiscutido de la democracia liberal y la globalización cooperativa, como proclamaron Fukuyama y tantos predicadores bien pagados, sino la nueva y silenciosa reorganización mundial, complicada por varios procesos más bien imprevistos: la fuerte resurrección del islamismo, la crisis política de occidente a causa del descontento social, la reorganización económica mundial de la globalización, y el regreso ruso al imperialismo de siempre. La decadencia política y económica de Europa, en cambio, no puede sorprender a nadie. Ha sido revalidada en el papel de convidado de piedra a la demolición militar del régimen de los ayatolás emprendida por Estados Unidos, Israel y los países árabes vecinos, tras aplastar aquéllos en sangre la revuelta de la sociedad civil iraní. Tampoco puede sorprender que China aprovechara su extraordinario auge económico, el más beneficiado por la globalización y la redistribución de industria y consumo, para disputar a Estados Unidos la hegemonía de primera superpotencia mundial. En síntesis, el hecho principal es que han vuelto los imperios y el reinado de la fuerza en un mundo imprevisible, peligroso y violento.

La irrupción de Jomeini

Uno de los muchos errores de la intelectualidad y los expertos occidentales fue creerse su propio cuento del fin de las religiones, y especialmente del islam, tachado de medieval y anacrónico. Al contrario, fue reanimado por el fracaso del nacionalismo árabe laico o baasista, derrotado y enterrado en las dos guerras de Irak. Pero el verdadero examen de la vigencia y pujanza del islamismo, que no es sino la asunción integrista del inseparable carácter político-religioso del islam, fue la revolución iraní que destronó al shah y entronizó a Jomeini. La opinión occidental se entusiasmó con el cambio sin molestarse en entenderlo, saludado por la gran prensa e intelectuales de enorme prestigio, como Michel Foucault y Simone de Beauvoir, sólo porque sonaba a popular, antimperialista y exótico.

Jomeini y el clero chiita tomaron el poder para desterrar todo lo posible de modernidad, cosmopolitismo, pluralismo y cultura occidental; fue evidente en la imposición del derecho islámico, con una policía moral encargada de su observancia indiscutible, y la relegación de las mujeres a la minoría de edad moral y legal. La persecución de minorías políticas, étnicas y sexuales, más el antisemitismo militante con el objetivo explícito de destruir Israel, completaba este cuadro siniestro. El final ha sido bastante lógico: la república islámica es un régimen terrorista también para su propia población, que ha demostrado tanto valor para rebelarse una y otra vez como falta de medios para vencer a la poderosa maquinaria represiva del régimen. Y tras animar Trump Netanyahu a que siguiera la revuelta civil, con más víctimas civiles que las de la guerra de Gaza (provocada por Hamás con apoyo de Irán), no quedaba mucha elección: o se dejaba en paz a los ayatolás, algo imposible para Israel y los vecinos árabes amenazados, o se les atacaba para derrocarlos. Y en eso estamos. Sí, por la fuerza pura y dura.

Los nuevos bloques enfrentados

Occidente seguía sin entender nada, según quedó demostrado hace cuatro años en el comienzo de la invasión rusa de Ucrania: eso no podía estar pasando. Y tanto la incapacidad de frenar a Irán y sus aventuras expansionistas y terroristas, como de obligar a Putin a volver a las fronteras y los tratados internacionales, puso en evidencia que el orden del pasado se había esfumado, salvo en la mente letárgica de las burocracias y tecnocracias de Washington y Bruselas, tan poderosas como impotentes, salvo para bloquear cambios en su propia casa. Lo curioso es que el odio a la democracia liberal es el mejor homenaje a su vital necesidad. No ha ocupado el lugar del comunismo en Rusia ni en China o del islamismo en Irán, pero sí ha servido para alinear un eje antagónico cuyas máximas potencias son, o eran, Rusia, Irán y China. Tras la caída de Venezuela y la inminente de Cuba, socios americanos del nuevo Eje, la de Irán amenaza con destruirlo, aislando a Rusia, su principal e impotente aliado, y dejando sola a China en su doble juego de apoyo a Putin y Jamenei en sus aventuras imperiales y de pacífico socio comercial del resto del mudo. El nuevo imperialismo antiliberal parece, en efecto, hecho a la medida de la dictadura china poscomunista: pragmatismo económico, expansión militar y rechazo de la democracia.

No menos curioso resulta que la presidencia de Trump, tan rechazable en muchos aspectos y que ganó las elecciones prometiendo el fin de las guerras, haya resultado providencial para dar el golpe de gracia a unos ayatolás que habían tomado muy bien la medida a los políticos, tecnócratas y burócratas de occidente y sus comunicados de repulsa, respaldado por la nada militar y la verborrea multicultural y multipolar. Sin fuerza que lo respalde no hay derecho que valga: es un principio clásico que la administración Trump comprende, sin duda, mucho mejor que ningún gobierno anterior, y no digamos ya europeo. Así que con los ayatolás va a caer también el socorrido maniqueísmo del blanco o negro ideológico: se puede y debe estar completamente en contra de algunas políticas trumpistas y de acuerdo con derribar dictaduras hostiles y sus proxis terroristas o narcos. Tomemos nota, es la nueva regla de juego.