Ignacio Camacho-ABC
- El cine español es inmune al fracaso porque las ayudas oficiales discurren al margen de la respuesta del mercado
Hay en España muy pocos negocios que antes de abrir tengan pagados los gastos. La producción de cine es uno de ellos gracias al paquete subvencional que las películas reciben en buena parte al margen de su resultado. Con ese cálculo es posible empezar una película con la inversión y hasta el beneficio industrial prácticamente cubiertos de antemano, sin depender de que el público vaya a verla gracias a las ayudas directas y a los beneficios tributarios. Por supuesto que hay gente que se juega su dinero y sale descalabrada en algunos casos, pero es bastante más frecuente el efecto contrario: un saldo económico positivo paralelo al fracaso cinematográfico. El favor del público no importa porque el apoyo oficial es independiente de la respuesta del mercado.
De las 727 películas estrenadas en 2025 (datos del ICAA), 282 no superaron los ¡¡cien!! espectadores. Casi el cuarenta por ciento. Y las que no llegaron a mil fueron 530, más de dos tercios. La única que sobrepasó el millón –llegó a dos– fue una de Santiago Segura, objeto de habitual desprecio entre la élite que reparte los premios. En conjunto, entre deducciones fiscales y transferencias lineales a los diferentes estamentos, las instituciones socorrieron al sector durante el año pasado con unos 250 millones de euros. La cifra no parece demasiado alta en términos globales de presupuesto pero sobrepasa de largo el coste de un hospital comarcal de tamaño medio con su correspondiente equipamiento.
Es cierto que la calidad artística y técnica ha aumentado considerablemente en la última década. Hay películas excelentes –la recién galardonada ‘Los domingos’ es una de ellas, sin tratarse de una obra maestra–, series muy competentes, directores talentosos y actores de solvencia. No pasa nada porque la mayoría de ellos sean de izquierdas; es su problema si la carga ideológica de sus obras atenúa la respuesta de unos espectadores cansados de historias maniqueas. No les importa porque se saben con las espaldas cubiertas; incluso las plataformas audiovisuales favorecen el sesgo bajo su apariencia neutra. No sólo en la industria del espectáculo: con el dinero que pagamos por ver el fútbol, la gubernamentalizada Telefónica ha abierto gratis la puerta al Canal Red de Pablo Iglesias.
Lástima que esa masa crítica brillante aunque minoritaria no luzca en una gala de los Goya cada vez más tediosa y ensimismada. Este año hasta se olvidaron de Adamuz en sus proclamas solidarias sobre Irán, Afganistán, los inmigrantes o Gaza. (Con el Gran Benefactor y su distinguida esposa presentes, la corrupción y esas cosillas no aparecieron ni se las esperaba). Es parte de esa especie de folklore con que la gente del oficio ritualiza su presuntuoso sentimiento de superioridad moral y de pertenencia a una casta. El pecado es el aburrimiento, no la matraca, que están en su derecho de dar siempre que la sufraguen con su pasta. Pero quizá deberían preguntarse si esa matraca subvencionada tiene algo que ver con el creciente vacío de las salas.