Antonio López-Istúriz-El Español
  • El discurso político interno del Gobierno y de sus socios se sitúa en posiciones abiertamente hostiles hacia Estados Unidos y profundamente críticas con Israel.

Europa lleva cuatro años acostumbrándose a vivir con una guerra a las puertas de casa.

Desde la invasión rusa de Ucrania, el continente ha asumido que la estabilidad estratégica que había caracterizado las décadas anteriores se ha terminado. El lenguaje de la guerra (misiles, sanciones, rearme, disuasión) ha vuelto al centro del debate político europeo.

Pero la crisis con Irán introduce un elemento aún más inquietante: esta vez, la guerra podría estar todavía más cerca.

Durante mucho tiempo, los conflictos de Oriente Próximo se percibieron en Europa como crisis lejanas con consecuencias indirectas: energía, terrorismo o migraciones. Eran problemas importantes, pero geográficamente distantes.

La actual escalada empieza a cambiar esa percepción.

Los misiles lanzados en dirección a instalaciones occidentales en el Mediterráneo oriental bastan para recordar que el conflicto puede acercarse peligrosamente al espacio europeo.

Pero el verdadero riesgo para Europa no está necesariamente en esos misiles.

Para entenderlo, conviene recordar qué es realmente el régimen iraní.

Irán no es simplemente un Estado autoritario dentro del complejo tablero político de Oriente Próximo. Es, en esencia, una oligarquía construida alrededor del poder religioso y militar. Un sistema dominado por una élite clerical y por la Guardia Revolucionaria que combina control político interno, ambición geopolítica y una interpretación militante del islam político.

En otras palabras, una teocracia oligárquica con capacidad estatal.

Ese carácter explica buena parte de su estrategia exterior. A diferencia de otros regímenes autoritarios que actúan principalmente en clave nacional, la República Islámica se concibió desde su origen como un proyecto político con vocación de influencia regional.

Por eso ha invertido durante décadas en la creación de una red de organizaciones armadas, milicias y movimientos aliados capaces de proyectar su poder mucho más allá de sus fronteras.

En Irak, las milicias chiíes vinculadas a Teherán forman parte de un entramado político y militar con capacidad de actuación regional.

En Líbano, Hezbolá representa el ejemplo más consolidado de ese modelo: una organización armada, profundamente integrada en el sistema político del país, pero alineada ideológicamente con el régimen iraní.

En Yemen, los hutíes han demostrado recientemente su capacidad para amenazar rutas marítimas internacionales y atacar objetivos estratégicos.

Ese sistema de actores armados constituye uno de los instrumentos más eficaces del poder iraní y también uno de los más peligrosos para Europa. Porque esa misma red permite al régimen proyectar presión mucho más allá del campo de batalla convencional.

«Europa no habla con una sola voz. La política exterior de la Unión sigue siendo el resultado de veintisiete sensibilidades nacionales distintas»

En un escenario de escalada, Europa podría convertirse en escenario de atentados, sabotajes o acciones de desestabilización impulsadas, directa o indirectamente, desde ese entramado.

Ese riesgo (la violencia indirecta) es estratégicamente más relevante para Europa que cualquier intercambio de misiles en el Mediterráneo. Un atentado terrorista en una capital europea no es sólo un problema de seguridad. Es un terremoto político.

Y es precisamente ahí donde aparece la fragilidad europea. Desde Bruselas, la reacción institucional ha sido prudente.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha insistido en la necesidad de evitar una escalada regional, mientras que la alta representante para la Política Exterior, Kaja Kallas, ha advertido del riesgo de expansión del conflicto.

«We are deeply concerned«, como siempre.

Pero la realidad es que Europa no habla con una sola voz. La política exterior de la Unión sigue siendo el resultado de veintisiete sensibilidades nacionales distintas.

Existe un núcleo duro de países de Europa del Este firmemente alineados con Estados Unidos y con posiciones muy claras de apoyo a Israel.

Otros gobiernos, especialmente en el centro del continente, son mucho más reacios a que la Unión asuma un papel geopolítico demasiado activo si eso no coincide con sus propios intereses nacionales.

Y luego están aquellos líderes que interpretan cada crisis internacional en clave de política interna.

En ese contexto, la posición española resulta especialmente reveladora.

El Gobierno de España ha advertido de que no autorizará a Estados Unidos a utilizar las bases conjuntas de Rota y Morón para operaciones militares contra Irán. Como consecuencia, varios aviones estadounidenses desplegados en esas instalaciones han abandonado territorio español.

La decisión sitúa a España nuevamente en una posición singular dentro de su entorno estratégico.

Mientras otros aliados europeos han mostrado disposición a apoyar a Estados Unidos en el marco de la defensa colectiva, Pedro Sánchez ha optado por distanciarse de esa línea. Se trata de un nuevo ejemplo de un patrón que se repite con demasiada frecuencia.

España intenta sostener dos discursos al mismo tiempo. Por un lado, el Gobierno participa en la política exterior europea y en la arquitectura de seguridad occidental a través de la OTAN.

Por otro, el discurso político interno del Gobierno y de sus socios se sitúa en posiciones abiertamente hostiles hacia Estados Unidos y profundamente críticas con Israel.

Ese discurso puede parecer útil en la lógica de la política doméstica, cuidadosamente polarizada por el sanchismo. Pero resulta difícil de sostener cuando se observa desde la realidad estratégica.

España forma parte de la OTAN. Comparte compromisos de seguridad colectiva con sus socios europeos. Y forma parte de un bloque político y militar que, en caso de escalada, inevitablemente alineará a Europa con el mundo occidental.

En otras palabras: llegado el momento decisivo, la política exterior española no la decidirán los eslóganes parlamentarios ni las consignas ideológicas. La decidirán las alianzas.

Y ahí aparece la contradicción que el Gobierno intenta evitar. No se puede formar parte de la arquitectura estratégica occidental y, al mismo tiempo, actuar sistemáticamente a contraciclo de los propios socios.

Con la guerra cada vez más cerca, Europa necesita algo más que declaraciones de preocupación. Necesita claridad, firmeza y una sola voz.

El propio Parlamento Europeo lo demostró en enero, cuando una amplísima mayoría (que incluía a los socialistas europeos) aprobó una resolución contundente contra la represión del régimen iraní y en defensa de los derechos fundamentales del pueblo iraní.

Ese mismo espíritu de unidad es el que hoy debería guiar la política exterior de los Veintisiete. Y España haría bien en recordarlo.

Formar parte de una alianza también implica no desafinar cuando el resto del coro ha decidido cantar la misma partitura.

*** Antonio López-Istúriz es eurodiputado y miembro de la Comisión de Asuntos Exteriores.