Javier Crevillén-El Español
  • Ni la doctrina del tiranicidio (que es prerrogativa del pueblo sometido y no puede ser esgrimido por otro Estado) ni la de la guerra justa (teorizada por la escolástica para un orden moral compartido que ya no existe) son aplicables al caso de Irán.

El ataque conjunto de EEUU e Israel a Irán abre una serie de cuestiones nuevas y viejas para los estudiosos de la Filosofía del Derecho y las relaciones internacionales.

En distintas columnas se ha planteado la disyuntiva entre dos tesis fruto de la misma cosmovisión.

Por un lado, tenemos la vulneración del orden internacional basado en reglas: la violación de la integridad territorial de un Estado sin causa de legítima defensa; la trasgresión del artículo 2.4 de la Carta de la ONU y del principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados; la falta de autorización del Consejo de Seguridad, etcétera.

Por otra parte, y resultado de esta misma concepción de las relaciones internacionales basada en la democracia, la cooperación, el comercio y los derechos humanos, Irán se situaba fuera del orden por su recurrida vulneración de los derechos de sus ciudadanos, y la latente amenaza para la seguridad global que representa.

Para nutrir de argumentos esta postura se ha recurrido a la escuela que para muchos es la precursora de esta doctrina: nuestra Escuela de Salamanca. Particularmente, para citar la doctrina de la guerra justa y del tiranicidio.

Se depositan flores junto al retrato del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, cerca de la Embajada de Irán en Moscú.

Se depositan flores junto al retrato del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, cerca de la Embajada de Irán en Moscú. Efe

Para empezar a pensar esta cuestión, hay que partir de que el ámbito internacional no es un espacio jurídico, sino político. Y además es político de modo secundario, por irradiación de los espacios propiamente políticos que son los Estados.

Como recordaba Juan Vallet de Goytisolo, el derecho se da entre el amor y la fuerza.

Cuando hay demasiada cercanía, como en el espacio familiar, el derecho queda opacado. Y cuando hay demasiada lejanía, no se produce el reconocimiento mutuo y la creación de instituciones que hacen posible el derecho.

La intuición de Vallet también significa que el derecho necesita de cierta amistad (civil) —porque si se juridifican todas las relaciones sociales, la convivencia se hace imposible—, y de una cierta fuerza coactiva para garantizar el cumplimiento de la justicia.

El orden internacional es un espacio de lejanía. Sería el espacio de la fuerza, aunque de una fuerza que trata de autorrefrenarse hallando un equilibrio con otras fuerzas.

Por eso, no puede tratarse desde una óptica jurídica. Porque falta un reconocimiento mutuo (amor) y un segundo reconocimiento de un tercero imparcial (fuerza). E incluso lo político se da de modo deficiente, tal y como Carl Schmitt lo entiende, como excepcionalidad y no como institucionalidad.

Querer enfocar la invasión a Irán como un problema de procedimientos administrativos o de derechos humanos es juridificar una decisión política. Es enmascarar un poder que reclama el monopolio de la interpretación del ius ad bellum, que discrimina entre violencia legítima y violencia terrorista. Entre el interlocutor válido y el pirata o el criminal.

Ni la doctrina del tiranicidio ni la de la guerra justa de nuestros escolásticos vendrían al caso.

«Los escolásticos que teorizaron sobre el tiranicidio y la guerra justa no buscaban esbozar un proto-Convenio de Ginebra, sino examinar cuestiones morales dentro del humus común de las naciones cristianas»

En primer lugar, porque el tiranicidio es prerrogativa del pueblo sometido (depositario originario de la autoridad): no puede ser esgrimido por un tercer Estado.

En cuanto a la guerra justa, todos los autores salmantinos coinciden en ser muy cautelosos en su justificación, y exigen que se haya producido una injuria que no pueda repararse por otros medios, que se haga mediante declaración pública, y que no contravenga el bien común (Francisco de Vitoria hablaría del bien común global).

Y, en segundo lugar, estos autores escriben implícitamente dentro de un orden moral compartido.

Con sus enseñanzas no buscan esbozar las normas para un proto-Convenio de Ginebra, sino examinar cuestiones morales dentro del humus común de las naciones cristianas.

Sus tratados serían comparables a los espejos de príncipes renacentistas. Buscan examinar lo que es legítimo para el príncipe y para el pueblo. Destruidos los consensos morales de la Cristiandad, la escolástica languidece y comienza el sistema post-westfaliano de la guerra por deporte.

Hoy en día no existe ese humus moral sobre el que hacer germinar el Derecho. Quizás lo hubo brevemente, ocasionado por el trauma de las guerras mundiales. Pero fue una tierra salina, falta de nutrientes que no posibilitó el arraigo.

La fundamentación de los DDHH no fue factible: unos apelaban a la metafísica clásica; otros a la razón ilustrada; otros a la dignidad humana; otros al progreso histórico; otros a la justicia social de inspiración marxista.

Y este precario solapamiento, este «overlapping consensus» de John Rawls, en el fondo sólo resultó válido para las naciones que tienen una noción de persona producto del cristianismo secularizado.

«EEUU se postula como árbitro (y parte) del escenario mundial, revelando que cuando falta el suelo moral, los consensos los hacen y los deshacen los misiles»

La explicación a la política exterior del segundo Trump no hay que buscarla en la ética internacionalista de posguerra.

Tucídides describe el origen de la guerra del Peloponeso a través del miedo de Esparta ante el auge de Atenas como hegemón que buscaba establecer un nuevo orden en la Hélade. Cuando una potencia emergente altera el equilibrio, la potencia dominante sobrerreacciona escalando la violencia.

Muchos filósofos de la historia han notado que, contrariamente a lo que pudiera parecer, el Imperio es una figura política de decadencia.

Para Oswald Spengler, cuando la cultura deja de ser creativa empieza la expansión.

Para Arnold Toynbee, cuando una civilización fracasa en responder los retos internos, «dobla la apuesta» embarcándose en aventuras externas.

Hay que entender la política exterior americana desde su decadencia. Al no lograr resolver las crisis internas de fragmentación social y falta de proyecto, y ante la amenaza de su hegemonía por China, EEUU «dobla la apuesta» y se lanza al control de recursos y rutas logísticas.

Terminemos diciendo que la explicación materialista es insuficiente. Sí, vulneraciones de los DDHH se dan en muchos países, pero parece que EEUU interviene aquellos en los que tiene intereses geoestratégicos.

Sin embargo, como recuerda Hannah Arendt, la política es también imaginación, y Venezuela e Irán tienen una carga simbólica, como la tenían Afganistán y Cuba dentro de la proyección imaginativa americana.

No todo relato es disfraz. EEUU trata de establecer un orden, su orden, económico, político e imaginativo. Buscando salvar su decadencia, se postula como árbitro (y parte) del escenario mundial, revelando así que cuando falta el suelo moral, los consensos los hacen y los deshacen los misiles.

*** Javier Crevillén es profesor de Filosofía del Derecho y Humanidades.