- Sánchez, al que España le importa un bledo, está encantado al ver que Trump confronta con él, pero la factura de su política exterior radical nos llegará a todos
Los chinos, pueblo viejo, paciente y astuto, saben observar la realidad aplicando luces largas, mirando a lo lejos, y también lo hacen así muchos dirigentes y pensadores occidentales con erudición y buena cabeza. ¿Y qué es lo que está pasando hoy en el planeta? ¿Por qué se ha enrarecido tanto el clima, hasta el extremo de que estamos inmersos de lleno en la Segunda Guerra Fría y temiendo algo todavía peor, una abierta conflagración global? Pues lo que ha pasado es que un nuevo orden pugna por imponerse (el de China y el modelo autocrático que representa) mientras que otro pelea por mantener su primacía (Estados Unidos y la democracia liberal que todavía capitanea, incluso al errático estilo de Trump).
No es Irán, no es Venezuela, no es Ucrania… lo mollar, lo que está detrás de todo, es la pugna entre Estados Unidos, la primera potencia, y China, que quiere serlo en breve. Trump intervino en Venezuela porque los chinos se estaban enseñoreando de Hispanoamérica, el patio trasero de su imperio. Trump interviene en Irán porque China necesita su petróleo y porque los ayatolás eran parte del triángulo de un autoritarismo intervencionista que completan rusos y chinos.
La política exterior de Sánchez y Albares es tan absurda que han llegado al extremo de creerse su propia propaganda. El insufrible y redicho ministro de Exteriores proclamaba ayer por la mañana, muy ufano él, que no habría represalia alguna por dar un portazo a los estadounidenses en Rota y Morón, impidiendo que utilicen sus bases en un momento crítico para sus intereses. El Gobierno «no espera en absoluto ninguna consecuencia por parte de la Administración Trump», aseguró el pomposo canciller, que tantos méritos ha hecho para ganarse el alias de Napoleonchu con que lo apodaron en su día el inolvidable Ussía y Pérez-Maura.
Unas horas después del vaticinio de Albares, Trump bramaba contra Sánchez desde la Casa Blanca y nos amenazaba con romper las relaciones comerciales, con el canciller alemán sentado a su lado. «España tiene una gente estupenda, pero no tienen un gran liderazgo», añadía Trump (y siendo generoso, pues el liderazgo que sufrimos es en realidad infame).
A Sánchez, una persona de un ego enfermizo, le importa un bledo España y su buen futuro. Sabedor de que está ya de salida, prepara ya el día después. Quiere buscarse un buen empleo esgrimiendo la tarjeta de gran paladín global del populismo izquierdista. En la liza entre Estados Unidos y China se ha situado con el PCCh. Su nuevo oráculo es el turbio lobista Zapatero, compinche de la narcodictadura venezolana. Ha recibido la felicitación de Hamás, Hezbolá e Irán y las reprobaciones de Estados Unidos, Israel y la propia Unión Europea, donde ya lo han calado (el canciller Merz le recordó ayer en la Casa Blanca que está incumpliendo sus compromisos con la OTAN en materia de defensa).
Sánchez está encantado de que le haya respondido Trump. Le viene estupendamente para su futuro currículo de gurú «progresista», al igual que enzarzarse con Elon Musk. Pero el problema es que su política exterior radical y tardoadolescente la pagamos los españoles. Marruecos, nuestro mayor problema internacional, ha sabido camelarse a Estados Unidos. ¿A quién va a apoyar Trump si Mohamed VI se viene arriba y comete alguna nueva tropelía contra los intereses españoles? ¿Beneficia a nuestras empresas que Sánchez sea el mejor amigo de Hamás e Irán y un paria en un Occidente al que ya no lo convoca a las reuniones importantes? ¿Ayuda a nuestra imagen exterior y a que recale aquí la inversión foránea el estar gobernados por una suerte de friki de extrema izquierda, que además gobierna siendo rehén de partidos que odian a España? ¿Nos conviene arrimarnos a la dictadura China e insultar con nuestro desdén a la primera potencia, que es todavía la capitana del mundo libre?
No es solo un presidente maniatado al frente de un Gobierno de cartón piedra. Es además un gobernante capaz de sacrificar a su país en el altar de su inabarcable ombligo. A España le costó varios años recomponer su relación con Estados Unidos cuando Zapatero la rompió con la bobería de no levantarse en un desfile al paso de su bandera. Sánchez lo pasará bomba haciendo alocuciones en la Moncloa contra Trump y subiendo tuits flamígeros y justicieros contra Estados Unidos. Pero a los españoles nos ha hecho una buena putada con sus desbarres.