Amaia Fano-El Correo
La guerra de Donald Trump contra Irán no puede analizarse desde una sola óptica. Es la superposición de varias capas –electorales, geopolíticas y energéticas– lo que da sentido a esta ofensiva, bautizada como ‘Operación Furia Épica’, la apuesta más ambiciosa de su presidencia y una de las más audaces de la política exterior estadounidense de los últimos años.
A nueve meses de unas legislativas críticas y múltiples frentes abiertos que afectan a su popularidad, el líder de MAGA recupera la iniciativa abriendo fuego contra Irán. La historia demuestra que el comandante en jefe se crece en tiempos de guerra. El conflicto ordena filas, transforma la política en relato épico y silencia disidencias apelando a la «unidad nacional».
Pero la clave no está solo en Washington, sino en el petróleo y en el control de las rutas comerciales. Tras consolidar su control sobre la producción de crudo venezolano, el siguiente objetivo lógico era el estrecho de Ormuz, por donde circula el 90% del petróleo que Irán exporta a China. Y ahí emerge la paradoja, pues si Teherán cierra el estrecho, se asfixia a sí mismo, perjudicando a Pekín, que ha sido su salvavidas financiero y lo ha mantenido a flote frente a las sanciones occidentales. Por eso la amenaza de cierre siempre fue un arma retórica que encarecía el barril y mantenía en vilo a los mercados. Ejecutarla es una herida autoinfligida que revela que el cálculo ya no es económico, sino existencial. El de un régimen acorralado.
Si Ormuz se cierra, quien más pierde es China (y Europa, que sufre la derivada de una inflación desbocada y se queda a verlas venir). Mientras Estados Unidos, con reservas estratégicas y producción propia, amortiguaría –e incluso rentabilizaría– el impacto del alza del precio de combustible y el gas, consiguiendo alterar el equilibrio energético global y minar la autonomía geoestratégica de su principal competidor comercial.
La versión oficial de la Casa Blanca habla de que su intención es liberar al pueblo iraní de un régimen teocrático, fundamentalista y opresor que ciertamente representa una amenaza, pues fabrica misiles de largo alcance y respalda a grupos terroristas como Hamás, Hezbollah, los hutíes y las milicias chiíes de Irak. Pero el objetivo real es forzar una implosión interna que permita instalar un gobierno más manejable y funcional a los intereses de Washington en Teherán.
Y por último está la cuestión israelí. Neutralizar a Irán –o abolir su liderazgo simbólico, decapitando la cabeza de la serpiente (Jamenei)– refuerza la narrativa de seguridad de Netanyahu y consolida el eje Washington-Jerusalén.
Por separado, cualquiera de estas teorías cojea en el análisis. Pero juntas, dibujan un diseño coherente de las intenciones de Trump: acorralar al régimen de los ayatolás, alterar el flujo energético del que se nutre China (y en menor medida Rusia), consolidar nuevas alianzas regionales y llegar a las ‘midterm’ como el gran líder de occidente que liberó del yugo islamista a Oriente Medio. No es solo una guerra; es una operación de poder global. ¿Y España? En misa y repicando.