José Alejandro Vara-Vozpópuli
- Se revolvió con ira cuando el senador del PP le adjudicó un sustantivo que le hirió como una hachazo
La palabra que más teme Zapatero es ‘sospecha’. Y que más le enerva. Se desquicia si se la endilgan, se pone hecho una furia. “Aquí todos mienten menos usted. Pero usted es el primer expresidente de Gobierno bajo sospecha”, le espetó el senador del PP en la comisión del koldismo apandador. Y saltó. Como una loba en defensa de sus crías. Bueno, a sus crías ya las había colocado en la empresilla de ‘Julito’ Martínez Martínez con un sueldazo a cambio de nada. Laura y Alba, así se llama la parejita, manejan una agencia de comunicación con clientes muy singulares (varios periódicos españoles y un programa de videojuegos venezolanos, eso es, Venezuela) y recibieron unas 200.000 euros por labores etéreas en el montaje de papá. Su oficina se ha esfumado, ni correos, ni llamadas… Como los guasap de Zapatero con Julito que también han volado. “¿Se ha hecho usted un fiscal general del Estado?”, le espetó Fernando Martínez Maíllo, en su certero interrogatorio “¿Ha borrado usted su móvil?” No hubo respuesta.
Y luego saltó, cuando le colocaron junto a la palabra ‘sospecha’. Hasta entonces, la sesión había discurrido en la placidez con la que Paul Newman se echaba aquellas siestas de mecedora en El juez de la horca. Únicamente los berriditos de la diputada de Vox alteraron levemente el acolchado fraseo que amodorraba a los presentes en la sala Campoamor. Los voceros de Frankenstein se empeñaban en esparcir vaselina por el recinto, con tan enfebrecida obsequiosidad, que a punto estuvieron de asfixiar al compareciente. Semejantes dosis de servil amabilidad por parte de los semovientes de Junts y de ERC no se vio ni cuando la deposición de Pedro Sánchez con sus gafitas fashion y su troleo interminable a la Cámara.
Cejas que ganan elecciones
Entonces sobrevino el cimbronazo. Maíllo pronunció la palabra maldita. “El primer expresidente bajo sospecha”. Se le mudó la color al aludido. Se le torcieron las cejas, de las que había presumido momentos antes: “Mis cejas les ganaron unas elecciones”, bromeó con tonito burlón sobre la bancada de la derecha. En ese momento volvió la mirada hacia el presidente de la Comisión, un semoviente timorato y aragonés, y exclamó con vehemencia: “¡Sospecha!, le exijo que se retire esa palabra del acta, yo no estoy bajo sospecha, es una afirmación incriminatoria”.
Hasta ese momento, digno de Otto Preminger, se había empeñado en desparramar talante sin mesura, en investirse de apóstol del buenrrollismo, en erigirse en el pacificador de Venezuela, en anunciarse como el más requerido consultor que vieron los tiempos, y, naturalmente, en el más rendido admirador de Bildu y sus colegas del pistolón, a cuyo senador rindió efusiva admiración y cariño. «Es que no he tenido oportunidad de hacerlo hasta ahora en sede parlamentaria», sentenció orgulloso en un rapto de inconmensurable vileza. A punto estuvo de abandonar el estrado y lanzarse a los brazos del agasajado canalla para propinarle un achuchón.
Cary Grant encarna al protagonista de otra Sospecha, la del film fascinante y menor de Hitchcock. No le incomodaba. Es más, se desenvolvía con su natural soltura para seducir a Joan Fontaine, que le valió un Óscar de los de antes. Zapatero no estuvo a la altura. No le agradó la palabreja. Se revolvió iracundo, con una mirada torva y algo de sudor en las patillas: “He sido sometido a todo tipo de infamias, mentiras, se me han adjudicado patrañas, bulos…”. El habitual sortilegio de excusas que maneja el sanchismo.
Le cortó el hilo el diputado del PP: “Aquí no estamos para hablar del fin de ETA, ni de la amnistía, ni de discursos políticos que nos está usted soltando, aquí estamos para saber si usted ha cobrado dinero público de todos los españoles a través de una empresa instrumental. Y punto”. La cosa se puso seria, el debate subió de tono. El interrogado abandonó el modo Bambi y se lanzó al combate. Con escaso éxito. Había preparado torpemente su comparecencia. Incurrió en enormes pifias, en incoherencias delatoras, en contradicciones de manual, en silencios delatores. Hay tres grandes pifias de ZP que Maíllo se preocupó en subrayar.
-La sociedad en cuestión se creó veinte días después del pacto de Gobierno entre Sánchez y Pablo Iglesias. No tenía más proveedores que la familia Zapatero, ni empleados, ni siquiera gastos de papelería, ni un archivador, ni un bolígrafo. Lo que viene siendo una pantalla. Los informes que recibía eran ‘orales’, dijo el jeta del expresidente. Y los de formato papel eran un corta y pega chapucero.
-Nada pudo llevarse a cabo sin el conocimiento, visto bueno y auspicios de Sánchez. En la banda del progreso no se mueve un dedo sin la autorización del ‘número uno’.
-¿Está usted seguro? A cada desmentido del protagonista, a cada ‘es falso’, a cada ‘ni idea’, Maíllo apuntaba: “¿Está usted seguro?”. Mentir en una comisión parlamentaria es delito.
Uno de los ingredientes más chuscos de esta ensaladilla rebozada de excrecencias es el nivel del socio que se buscó Zapatero para el invendo de ‘consultoría global’. Todos los expresidentes, de donde sea, propinan conferencias, desarrollan labores de consultoría, son contratados por grandes firmas, participan activamente en lobbis. Lo del señor de las cejas con su partner de ‘Análisis Relevante’ es otra cuestión. Es una cosa “suzia, desaliñada, pobre, tramposa”, diría Quevedo. Un montaje de garrafón, un enjuague que apesta a kilómetros, un arrebato delincuencial sólo justificado por la sensación de impunidad de esa gente que hace ocho años aterrizó en Moncloa.
El final del filme de Hichtcock (ojo spoiler) es ambiguo. Así lo exigieron los productores.Todavía hay dudas sobre si Cary Grant era o no culpable. La sospecha sigue ahí. Zapatero, sin embargo, “está pringado hasta el cuello”, dijo el portavoz del PP. Lleva el estigma de la sospecha colgado al cuello. Será la audiencia Nacional quien decida, finalmente, cómo acaba esta película. Téngase en cuenta que ZP no es Cary Grant.