- Sólo puede permitirse ir de chulo en la arena global quien, como Francia, tiene las espaldas cubiertas por un arsenal militar pavoroso, única garantía para sostener una autonomía real. Todo lo demás es cháchara.
La simplificación es la virtud fundamental del buen político. Y el césar Trump, que lo es, hizo gala de ella al sintetizar, en un adagio de ecos bismarckianos, que si bien el pueblo español es «estupendo», sufre un liderazgo pésimo obstinado en autodestruirse.
Hay algo, empero, en lo que sí refleja fielmente Pedro Sánchez el genio hispano: la orgullosa altivez del hidalgo. Esos alardes de fanfarronería que no están respaldados por una realidad material acorde.
Tan elemental apreciación parece ausente en las fantasías tercerposicionistas de quienes creen que España puede ponerse en huelga de hambre y prescindir sin merma de la membresía en todos los clubes.
A estos papanatas apela la última opereta comunicativa de los sofistas de Moncloa, que han visto la crisis de Oriente Medio como un pretexto áureo para relanzar la campaña como faro de la progresía global del dirigente del país del Gran Apagón.
Quienes sólo invocan el patriotismo para reprocharle su carencia a los que se precian de tenerlo, se han mostrado prestos a tragarse esta filfa de España como un oasis de dignidad en medio de la ruin pasión militarista que inflama los ánimos mundiales.
Resulta que el mismo Sánchez que ha desguazado y subastado el patrimonio nacional a los secesionistas y puesto una alfombra roja al asalto migratorio es ahora el paladín de la soberanía española. El único estadista europeo insobornable, del que deberíamos estar orgullosos, tal como nos aleccionó Susan Sarandon en la Gala de los Goya.
El canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente de EEUU, Donald Trump, en la rueda de prensa de este martes en la Casa Blanca. Reuters
Si lo que se persiguiera fuese una irreprochable abstención en conflictos ajenos, habría bastado, como han hecho otro países europeos, con desentenderse sin estruendo de la operativa americano-israelí, en lugar de asumir una conducta abiertamente obstruccionista.
Pero de lo que se trata con este presidente adicto a acentuar el conflicto es, precisamente, de darle publicidad al disenso en beneficio propio y en perjuicio de sus gobernados.
Tan explícita es la motivación electoralista que el azote de los tecnoligarcas ha creído necesario calcar el eslogan de «no a la guerra» con el que Zapatero rentabilizó electoralmente el litigio con la Administración estadounidense, no sea que en estos tiempos de cretinización literalista la población no capte el mensaje.
El rechazo simultáneo a la cooperación con el resto de países europeos que se han adherido al paraguas nuclear puesto en marcha por Macron prueba que detrás de la controversia con Washington no hay ningún plan serio para seguir una agenda geoestratégica propia.
La maniobra lleva la denominación de origen PSOE: magnificar teatralmente una postura radical para disimular la perseverancia en el statu quo. Así vituperar a Israel tildándolo públicamente de genocida mientras se mantiene el comercio armamentístico con él, como montar el numerito en la OTAN del rechazo a aumentar el gasto en Defensa para acabar incrementándolo igualmente.
Verdad es que nada se nos ha perdido en las operaciones promocionadas por la diarquía Trump-Netanyahu para domesticar Oriente Medio.
Pero ¿por qué la de Irán no es nuestra guerra y la de Ucrania sí? No cabe olvidar que, hace no tanto, el presidente propuso enviar botas españolas a la frontera con Rusia, como si esta contienda no fuese producto del mismo keynesianismo militar europeo instado por el complejo otanista.
¿Y qué hay del respeto a la legalidad internacional y del aguerrido desacato a las directrices estadounidenses en la infame entrega del Sáhara a Marruecos, a la que el Gobierno español se avino para no soliviantar a Washington?
Aborrecible como es el parecer de quienes piensan que debe buscarse siempre el aplauso de EEUU, tampoco parece lo más deseable que el aplauso de recambio sea el de Hamás, los hutíes o los ayatolás.
En esa pinza yerma nos encierra la estrechez de imaginación política que padecemos en España. Pareciera que al servilismo de nuestros jenízaros que bailan al son del anglosionismo sólo cabe responderle con la mentalidad subdesarrollada y provinciana del antiamericanismo tercermundista.
Posicionarse al mismo tiempo en contra del unilateralismo estadounidense y del «rearme nuclear» europeo, como hace el Gobierno, es condenar a España al páramo geopolítico de la «alianza de civilizaciones» zapaterista.
No cabe llamarse a engaño: sólo puede permitirse ir de chulo en la arena global quien, como Francia, tiene las espaldas cubiertas por un arsenal balístico pavoroso, que es la única garantía para sostener una autonomía real.
Todo lo demás es cháchara que acaso logre enardecer a la parroquia digital del presidente, pero que sólo sirve para hacer a España odiosa a ojos no sólo de Estados Unidos. Sino también, y especialmente, a ojos de nuestros socios europeos, que son los que constituyen, mal que le pese a algunos, nuestro espacio vital natural.