Tonia Etxarri-El Correo

La recuperación del lema ‘No a la guerra’ por Pedro Sánchez para plantarse ante Trump frente a sus ataques coordinados con Israel contra los ayatolás de Irán, subiendo un peldaño más su escalada de enfrentamiento con EE UU, ha dado que pensar en una motivación electoral. Es posible que el presidente, que se mantiene en el poder a pesar de su acusada debilidad parlamentaria, haya visto en esta causa un elemento movilizador en toda la izquierda. Pero no parece que vaya a apearse antes de la fecha de caducidad de la legislatura. Entre otras cosas, porque el panorama judicial que acecha a buena parte de su entorno le hace pensar más en un blindaje que en una exposición electoral a destiempo.

En cualquier caso, esta recuperación, a la desesperada, de la propaganda de los tiempos de la guerra de Irak, que tan bien le funcionó al PSOE hace 23 años, vuelve a dejar en evidencia la contradicción de quienes reclaman el respeto a la legalidad internacional para gobiernos como el de Irán o Venezuela mucho después de que las cúpulas atacadas por EE UU hayan tenido sometido a su pueblo durante varias generaciones. Cuando los venezolanos sufrían los zarpazos del chavismo o cuando los ciudadanos iraníes salieron a la calle, hace un mes, y fueron masacrados (más de 30.000 asesinados), nadie de los escandalizados ahora levantaron la voz (ni la ceja de Zapatero) para denunciar semejantes atropellos. Silencio.

Cuando ayer, en Bilbao, Núñez Feijóo replicó a Pedro Sánchez diciendo que antes que el derecho internacional están los derechos humanos, sabía que no está solo en esa máxima. Que Alemania, Francia o Reino Unido pueden criticar este ataque pero distinguen a sus aliados en medio de un fuego cruzado entre la democracia, difícilmente exportable a Oriente Medio, y esos regímenes que financian al terrorismo islámico, cuelgan a homosexuales o matan a mujeres por no llevar el velo bien puesto.

Quien se ha quedado fuera del encuadre de la foto europea ha sido Sánchez con su negativa a facilitar la utilización de las bases estratégicas americanas de Rota y Morón. Una cosa es lograr una respuesta de solidaridad y conveniencia de los países de la Unión con España ante la amenaza de Trump de aplicar sanciones y otra bien distinta es lo que están haciendo: ayudando, como Macron, a neutralizar drones iraníes sobre Emiratos.

Este descuadre de la foto, buscado por Sánchez, puede producir el aislamiento de nuestro país. Su riesgo calculado podría acarrear consecuencias negativas para España y para Europa. En esa llaga puso el dedo Feijóo al decir que España no es un socio fiable, no solo para Trump sino para Europa, que no nos convoca ni a la mesa donde se decide la política estratégica de la Unión.

Que la política internacional debería ser consensuada con el primer partido de la oposición para evitar virajes en cada cambio de gobierno debería ser un axioma propio de nuestra democracia. Y debería someterse a consideración del Parlamento, precisamente porque Sánchez no es Trump. Tampoco es un jefe de Estado sino un parlamentario al que sus señorías le eligieron para ser presidente. El Congreso se merece un respeto.