Rebeca Argudo-ABC
- Sánchez conduce la nave y eso implica responsabilidad para medir riesgos, prudencia para medir consecuencias y sabiduría para tomar decisiones
El mundo de las ideas, de lo abstracto, es confortable y reporta grandes satisfacciones. Como reinar en el Planeta de Algodón de Azúcar o estar siempre de vacaciones. Uno, ahí, puede defender grandes conceptos inequívocamente admirables (paz, amor, justicia) y desdeñar los indubitadamente despreciables (guerra, odio, desigualdad) con la seguridad de que, sin acto tras la prédica, no acarrea consecuencia. ¿Quién no proclamaría su firme respaldo a la igualdad? ¿Quién defendería la violencia, el sufrimiento de los demás? Instalados en el País de la Teoría, defender todas las causas justas es fácil: entre el blanco y el negro solo hay una firme línea divisoria y cada día es tan solo uno más en el lado correcto de la historia. Sin dudas ni tribulaciones. Es como ser Miss Guadalajara y pedir el fin del hambre en el mundo mientras nos ajustan la banda. O como ser Pedro Sánchez y comparecer sin periodistas en Moncloa para erigirse como figura heroica contra el Gran Mal pero sin nombrar a Trump (valiente ‘ma non troppo’). Todo es mejorar la vida de la gente, estar del lado de la paz y exigir el cese de las hostilidades. Elegir construir hospitales en lugar de misiles. Disparar solo flores y besos. La diferencia está en que el trabajo de Miss Guadalajara es que le quede bien el bikini pero el de Pedro Sánchez, como jefe del Ejecutivo, es dirigir la política en España. La primera puede permitirse vivir en el ditirambo autocomplaciente, como un profesor de Filosofía con plaza fija, pero la política, para ser eficaz y útil, debe ser funcional y práctica con el fin de soportar la fricción que el discurso moral encuentra en la realidad que se impone insidiosa. Su trabajo, digo, no es confundir el discurso con la gestión, ni sustituir el plan por la consigna o reemplazar la aplicación de decisiones por declaraciones simbólicas. No es el gesto ni es lo enunciativo: sus decisiones tienen consecuencias verificables en la población. Y la política exterior no es un asunto menor. No puede dirimirse de manera personalista, prescindiendo de las Cortes Generales y el refrendo parlamentario, ni por cálculo electoralista ni por servidumbres aritméticas. Ni siquiera por convicción moral, pues no es su deber representar en nombre de todos nosotros sus particulares valores, ni siquiera los nuestros (o, al menos, no únicamente), sino administrar realidades. Y la realidad inmediata es a lo que tiene que adaptarse un gobernante. En ocasiones, enfrentándose a elecciones trágicas. A favor de lo bueno y en contra de lo malo estamos todos, pero Sánchez conduce la nave. Y eso implica responsabilidad para medir riesgos, prudencia para medir consecuencias y sabiduría para tomar decisiones: no buscar lo absoluto sino lo mejor de entre lo posible. Quizás es pedir demasiado a Miss Guadalajara.