Ignacio Camacho-ABC
- Lleva tiempo buscando un marco electoral, y lo ha encontrado. Falta por saber si se atreverá a activarlo, y cuándo
Exclamar «no a la guerra» es una forma simple, tan demagógica como eficaz, de ganar un debate. Porque «sí a la guerra» es una consigna que no pronunciaría nadie en sus cabales, y los matices necesitan explicaciones complejas que no caben en una sola frase. Con el ‘No a la guerra’ ganó Zapatero unas elecciones –bombas en los trenes mediante– y aunque la sociedad y las circunstancias hayan cambiado resulta evidente que Sánchez ha rescatado el eslogan para escapar de sus crecientes aprietos y buscar en Trump una némesis contra la que proyectarse. El mandatario americano se lo ha puesto fácil al amenazar nuestros intereses comerciales; son tal para cual, dos populistas irresponsables expertos en inventar enemigos cuando se encuentran en dificultades. Pedro ya está en condiciones de fabricarse su propia plaza de Oriente y llenarla de manifestantes, físicos o virtuales, imbuidos de patriotismo pacifista y cohesionados por un sentimiento de superioridad moral frente al ataque del odiado magnate.
Lleva tiempo buscando un marco electoral, y lo ha encontrado. Falta por saber si se atreverá a activarlo, y cuándo. El cómo está claro: se trata de impostar liderazgo, de presentarse como el Quijote europeo capaz de alzarse frente a un gigante autoritario, un personaje objetivamente zafio y antipático cuyos ataques de testosterona provocan rechazo a muchos ciudadanos. En esa dialéctica esquemática no hay sitio para matices graduales, posiciones intermedias o criterios razonados; sólo efecto de arrastre emocional, el clásico cuadro pintado a base de brochazos. Propaganda de argumentario basto para excitar el enfrentamiento de bandos. La estrategia no está dirigida al antisanchismo convencido, ya irrecuperable, sino a esa izquierda desmovilizada que aún puede reagruparse en torno a una proclama de maniqueísmo primario. Y también a una significativa parte del electorado despreocupada o refractaria a los avatares políticos cotidianos pero sensible a controversias públicas de gran impacto.
Esos dos grupos forman una masa de votantes a tener en cuenta. Y Sánchez va a por ella con dos banderas: la de la oposición a la guerra y la de la reclamación de soberanía frente a la intromisión de una potencia extranjera. No va a ganar, ni aspira a hacerlo, un solo voto de la derecha segura de sus ideas, pero si se produjese un eventual embargo estadounidense habrá sectores y personas afectados por las consecuencias sobre sus actividades económicas concretas. Españoles para quienes las reglas de las alianzas internacionales o los equilibrios geopolíticos son cuestiones lejanas que ni entienden ni les interesan. Tiene lo que quería, un adversario grande que le concede interés y lo reta a una demostración de fuerza, el escenario que le podría proporcionar un repunte en las encuestas y la oportunidad de adelantar elecciones invocando una situación de emergencia. Es la clase de dirigente que a falta de soluciones fabrica más problemas y espera que alguna carambola sobrevenida se los resuelva.