Cristian Campos-El Español
  • Los misiles de Pedro Sánchez son implosivos, explotan p’adentro y sólo funcionan en el marco de las «operaciones defensivas» de la OTAN y la UE.

El Cristóbal Colón, el buque de combate que Pedro Sánchez ha enviado a la guerra contra Irán, es el más moderno de la Armada española y una de las fragatas más avanzadas de Europa gracias a su sistema de combate AEGIS.

El sistema estadounidense de combate AEGIS es el mismo de los destructores Arleigh Burke de la US Navy.

La Cristóbal Colón, un nombre por cierto que hará las delicias de esa izquierda pacifista a la que Sánchez mintió este miércoles con su «no a la guerra», cuenta además con un lanzador vertical MK-41 de 48 celdas.

Ese lanzador es la pieza central del sistema de armas de la fragata y puede albergar una combinación de misiles antiaéreos Standard SM-2 y misiles RIM-162 ESSM diseñados contra amenazas supersónicas a corto-medio alcance.

Pero la característica principal de los misiles que carga la Cristóbal Colón es que explotan como los demás, pero p’adentro. Son misiles implosivo-defensivos que sólo funcionan en el marco de las «operaciones defensivas» de la OTAN y la UE.

Son, en consecuencia, misiles pacíficos.

Si acaso, misiles pasivo-agresivos.

Pero en ningún caso misiles injustos, letales o siquiera malpensados. Son misiles progresistas.

La realidad es que esos misiles tienen la función de liberar capacidades americanas para que estas puedan ser empleadas en las operaciones de ataque contra Irán.

Su papel, debates jurídicos irrelevantes sobre «marcos» y «paraguas» aparte, es cubrir el patio trasero del ejército americano e israelí.

Es decir, que uno puede jugar al kungfusionismo de vuelo gallináceo y decir que no es lo mismo un bombardero B-2 que incinera enclaves militares iraníes que una fragata cuya función es derribar misiles iraníes.

Lo cual es por otro lado obvio.

Pero la realidad es que esa fragata es una pieza más, y no precisamente menor, de la campaña americana e israelí contra el régimen iraní.

Porque la guerra es la misma en Teherán que en Chipre, Turquía y Emiratos. Y todos los misiles salen del mismo sitio: Irán.

Lo único que han hecho los aliados es repartirse los papeles. Como por otra parte ocurre en todas las guerras.

Francia, Reino Unido y España protegen la retaguardia atacada por Irán.

Estados Unidos e Israel percuten en la vanguardia.

O sea, que Pedro Sánchez ni pone ni quita rey. Entre otras cosas, porque no puede. Pero ayuda a su señor. Que es Donald Trump.

Y por cierto. José María Aznar envió tres buques a la guerra contra Irak.

La misma guerra que provocó aquel movimiento del «no a la guerra» que Sánchez intenta resucitar ahora con la esperanza de darle la vuelta a sus pésimos datos en las encuestas.

El principal de esos tres buques era el Castilla. Un buque hospital.

El segundo era la fragata Reina Sofía, cuya función era proteger al buque hospital.

El tercero era el petrolero de flota Marqués de la Ensenada, que como su nombre indica sólo transportaba combustible para los otros dos.

Lo voy a explicar claro para que se entienda. Es cien veces más letal el buque que Pedro Sánchez ha enviado al Mediterráneo oriental que los tres buques que Aznar envió a la guerra contra Irak.

Aznar, además, consiguió la aprobación del Congreso de los Diputados al envío de esos buques por medio de varias resoluciones parlamentarias. Cosa que Pedro Sánchez no ha hecho.

Si Sánchez pidiera su aval al Congreso, sus socios le dirían que «no». Y entonces el presidente debería escoger entre abandonar la Moncloa o fallarle a Donald Trump.

Así que Sánchez no pregunta, actúa como un monarca absoluto, y mete a España en una guerra en la que él mismo ha dicho no querer participar.

Los juegos retóricos sobre «paraguas jurídicos», «marcos de actuación» y la distinción entre la OTAN y los Estados Unidos, que es el líder y el país más importante de la OTAN, se lo dejo a los intoxicadores de la Moncloa, que a mí no me pagan para hacer el ridículo.

Pero sí quiero explicar esto.

Este miércoles a las 8:30h, media hora antes de la comparecencia de Pedro Sánchez en la Moncloa, yo andaba en lo de Carlos Herrera en la COPE.

Normalmente, mi participación en la tertulia acaba a las 9:00h.

Pero este miércoles, Jorge Bustos me dijo «quédate un poco más y comentamos la comparecencia de Pedro Sánchez».

Así que me quedé.

Bustos es testigo de lo primero que le dije mientras Sánchez hablaba. «Pero si no está haciendo ninguna alusión a la amenaza de Trump, que se supone que era el objeto de su comparecencia: aquí ha pasado algo».

Y claro que había pasado algo.

Había pasado que las amenazas de Donald Trump, como dijo la portavoz del gobierno americano Karoline Leavitt, habían llegado «alto y claro» a la Moncloa.

Y que Sánchez había dado marcha atrás.

La rendición la firmó Margarita Robles en su reunión con el embajador americano en España, Benjamin Leon JR, en la sede del Ministerio de Defensa. El simbolismo del escenario de la histórica recogida de cable española está ahí, a la vista de todos.

Y, poco después, Karoline Leavitt confirmó esa rendición en rueda de prensa.

La Casa Blanca, que sabe perfectamente lo que es una guerra y quiénes participan en ella, no mentía.

Mentía Pedro Sánchez. Como siempre.

Así que la fragata Cristóbal Colón, que en un principio iba solamente a acompañar al portaaviones francés Charles de Gaulle hasta el mar Báltico, lo seguirá ahora hasta las costas de Creta, adonde llegará dentro de cinco días.

Y ese cambio de planes súbito, decidido este miércoles tras las amenazas de Trump, es lo que evidencia la mentira de Sánchez, y lo que prueba que su intención era engañar a los españoles.

Ese cambio de planes del gobierno español es el que convenció a la Casa Blanca de que Sánchez se rendía y lo que hizo que Karoline Leavitt afirmara lo que afirmó.

Las excusas posteriores han sido sólo una manera de justificar lo que cualquiera puede deducir por sí solo conociendo el timing de los hechos.

El único, en resumen, que se ha creído a Pedro Sánchez ha sido el presidente de Irán, Masud Pezeshkian, que elogió este miércoles al gobierno español por su «conducta responsable» tras «oponerse» a las «flagrantes violaciones de derechos humanos de Estados Unidos e Israel».

Pobre.

Ahora, por supuesto, llegará un largo y aburrido debate sobre la definición de «guerra» y la distinción entre «operaciones ofensivas» y «operaciones defensivas».

Que le pidan a Zelenski que explique la diferencia entre las unas y las otras, y por qué unas son «guerra» y las otras «compromiso con la defensa de la frontera oriental», que seguro que le entra la risa.

Pero a esos debates retóricos que se dediquen otros. Yo sé distinguir una guerra cuando la veo. Y sé distinguir también de qué lado juega cada uno de los intervinientes.

Si lo de Aznar fue una guerra, lo de Sánchez también lo es.

Los debates retóricos sobre definiciones y nomenclaturas son el sonajero de los intelectuales de salón, pero sólo sirven para oscurecer la realidad.

A mí me dan igual las palabras. Me importan los hechos. Y los hechos son… una fragata de 6.400 toneladas de peso capaz de convertir Teherán en un parking.

Sánchez, en fin, ha decidido que España participe en la guerra de la única forma que, por capacidades, puede hacerlo: defendiendo la espalda de Israel y Estados Unidos. Por no decir otra cosa.