Editorial-El Español

La Operación Epic Fury ha dejado a Irán militarmente derrotado: Jamenei ha muerto, la infraestructura crítica iraní está devastada y la capacidad de lanzar misiles y drones se ha reducido a ataques esporádicos contra objetivos de oportunidad.

Teherán ya no compite en el campo de batalla, resiste como puede mientras el poder aéreo estadounidense marca el ritmo de la guerra, con un desenlace militar que parece escrito frente a un desenlace político incomprensible y tan volátil como la retórica de Donald Trump.

La cronología de los mensajes presidenciales explica el desconcierto de aliados, mercados y opinión pública, atrapados entre el alivio por el fin del terror iraní y el pánico a lo que venga después.

En la madrugada del 28 de febrero, minutos después del primer golpe al corazón del régimen, Trump se dirigió al pueblo iraní con un vídeo que ya es iconografía de la guerra, exhortándoles a «tomar el control» de su destino y «recuperar su país» de una «dictadura radical y malvada».

Era el lenguaje clásico del cambio de régimen, acompañado de la promesa de apoyo estadounidense y de la asunción abierta de que el objetivo de la campaña era desencadenar una revolución interna.

En pocas horas, el relato empezó a desplazarse. Un comunicado de la Casa Blanca dejó en segundo plano el derrocamiento de los ayatolás y trasladó el foco a un objetivo más limitado y vendible: destruir el programa nuclear y de misiles, la armada iraní y su capacidad para financiar milicias regionales.

Trump consolidó ese giro al hablar de instalaciones secretas de enriquecimiento de uranio y de garantizar que «Irán nunca tenga un arma nuclear».

La épica revolucionaria se diluyó así en cuestión de horas en un casus belli clásico: la amenaza nuclear.

El siguiente giro llegó con la exportación al caso iraní del llamado «modelo Caracas», la operación contra Nicolás Maduro en Venezuela. Trump lo presentó como un golpe quirúrgico que elimina a la figura tóxica de la cúspide, preserva el armazón estatal, mantiene explotables los recursos (el petróleo en aquel caso) y viste el relevo como éxito democrático.

Trasladado a Irán, el mensaje implícito era inquietante: no se perseguiría una democratización profunda, sino una sustitución de élites que conserve un aparato de poder funcional y la capacidad de negociación energética con Occidente.

El eslogan ‘Make Iran Great Again’ queda así como un juego de palabras para consumo interno estadounidense, no como un compromiso real con la libertad de los iraníes.

Mientras tanto, el Pentágono intentó imponer cierta coherencia estratégica. El secretario de Defensa insistió en que «esto no es una guerra de cambio de régimen» y prometió que no habría «construcción de naciones ni guerras políticamente correctas», en un guiño al electorado que devolvió a Trump a la Casa Blanca y que no quiere repetir Irak o Afganistán.

Pero, en la misma frase, admitió que «el régimen ha cambiado y el mundo está mejor por ello» y habló de crear condiciones para que el propio pueblo iraní se levante.

No es cambio de régimen, pero sí lo es: se niega el objetivo mientras se celebra el resultado.

El desconcierto se agravó cuando Trump empezó a sugerir que Estados Unidos debería influir en la elección del próximo líder supremo iraní.

La idea de que la Casa Blanca tenga voz en la designación del próximo ayatolá es explosiva en Oriente Medio y conceptualmente infantil. Responde más a la lógica del casting de reality show que a la comprensión de una sociedad compleja, traumatizada por décadas de dictadura.

Para un país con ese pasado, que un presidente estadounidense hable con ligereza de elegir al próximo guía religioso equivale a confirmar el peor temor: que Irán no es un sujeto de derecho, sino un tablero en manos ajenas.

Conviene subrayarlo: el fin del régimen teocrático de los ayatolás es condición necesaria para que Irán pueda aspirar a ser un país próspero y libre. Nadie echará de menos un sistema basado en la represión, la tortura y el asesinato, el antisemitismo institucional y la exportación del terrorismo.

Desde el punto de vista estrictamente militar, Irán ha perdido la guerra: sus capacidades convencionales se desangran y su respuesta se limita a misiles y drones cada vez más escasos.

Pero precisamente porque la caída (o mutación) del régimen abre una ventana histórica para los iraníes y para la estabilidad regional, resulta insoportable que el presidente estadounidense trate ese momento con semejante grado de improvisación.

La ausencia de un plan claro, con objetivos limitados y jerarquizados y una definición honesta de lo que Washington considera «victoria», tiene consecuencias que desbordan el debate académico.

La incertidumbre estratégica se traduce en volatilidad bursátil, caídas en los índices europeos y asiáticos, repuntes del petróleo y una sensación de fragilidad sistémica. Los inversores saben que el régimen iraní está contra las cuerdas; lo que no saben es si Estados Unidos busca una transición controlada, una implosión caótica o la fabricación de un nuevo adversario manejable en Teherán.

Esa indefinición erosiona la credibilidad de la palabra presidencial y entorpece la coordinación con unos aliados que necesitan saber si el día después será un protectorado de facto, una república islámica maquillada o una transición negociada.

El resultado es un ‘Make Iran Great Again’ incomprensible: un eslogan vacío que oscila entre la promesa de liberar a un pueblo oprimido y la tentación de gestionar Irán como un activo más en la cartera geopolítica de Washington.

Si de verdad se aspira a que Irán sea «grande de nuevo» (libre, soberano, próspero y en paz con sus vecinos), lo mínimo exigible a la Casa Blanca es un plan serio: objetivos acotados, una hoja de ruta para el día después y respeto a la capacidad de los iraníes para decidir su futuro sin tutelas paternalistas.