Agustín Valladolid-Vozpópuli
- El americano ha convertido a Sánchez en un personaje transfronterizo, en el adalid del antitrumpismo, y le ha abierto una ventana donde solo había una rendija
La indumentaria ya nos dio una primera pista. Corbata roja. No hay detalle que se deje al azar. Nunca. Las gafas, el pin, las ojeras resaltadas, los calcetines con corazoncitos. Las pinturas de guerra del miércoles tenían forma de corbata roja; era la señal inequívoca de que aquello no iba a ir de diplomacia. En efecto, fue un mitin en toda regla. Sin público, pero mitin. Y le salió redondo, para qué negarlo. ¡Un discurso histórico!, alguien exclamó. El discurso histórico de cada día. Miércoles de gloria para Pedro Sánchez. Ya tiene la pelota donde quería. Ya tiene su villano. Los de casa están amortizados. Apenas meten miedo. Donald Trump es caza mayor. Un sueño cumplido.
Hace semanas que Sánchez buscaba un nuevo relato al que agarrarse, y que no se desvaneciera a los pocos días. Y un enemigo poderoso. Feijóo y Abascal cumplieron con el papel asignado en 2023. Pero ya no sirven. Había que encontrar como fuera una oportunidad para aplicar la doctrina Sanmartín: “El mensaje político se construye a partir de narrativas que tienen presentación, nudo y desenlace, y en cualquier mensaje narrativo hay un héroe (…). El héroe puede ser un candidato, una política pública. Y no hay narrativa si junto al héroe no hay un villano”. Y ahí estaba Trump. Como era previsible, entró al trapo.
Cuando nuestro héroe ordenó que se negara al Ejército de los Estados Unidos la utilización de las bases conjuntas en la ofensiva contra el régimen iraní, probablemente no esperaba que la faena le saliera tan redonda. Pero Trump es Trump y vio el capote de lejos: “España es un aliado terrible. He pedido cortar todos los acuerdos con España”. Las dos orejas y el rabo. Trump le sirvió a Sánchez en bandeja la arenga: “No a la guerra”. Villano y narrativa. El presidente norteamericano ha convertido al nuestro en un personaje transfronterizo, en el adalid del antitrumpismo, que no está nada mal. Ya quisieran muchos. Y le ha abierto una ventana donde solo había una rendija.
El factor Begoña
Se ha especulado estos días con la posibilidad de que el líder socialista aproveche este subidón de autoestima para convocar elecciones generales, haciéndolas coincidir, o no, con las andaluzas. No es fácil que en el futuro se le presente una oportunidad mejor, y con Sánchez nada es descartable. Pero al igual que se ha subrayado la supeditación de la política exterior a la doméstica, habremos de convenir que Sánchez no va a tomar ninguna decisión en clave electoral sin tener en cuenta el tempo de los asuntos que afectan fundamentalmente a su familia y se dirimen en los tribunales. Ábalos (primer juicio en abril) está descontado. Como lo está el hermano, por muy hermano que sea: 28 de mayo en el banquillo. Pero Begoña no.
En buena lógica, mientras no se despeje el futuro penal de Begoña Gómez, hasta que, en caso de que se vaya a juicio, no se tenga bien amarrado el escrito de acusación (o de exculpación) de la Fiscalía, nada sabremos sobre las generales. Las conjeturas sobre un posible adelanto se basan en la razonable hipótesis de que las fechas que se fijen para la celebración del juicio oral recomienden alejar las urnas de la muy desagradable imagen de la esposa del presidente del Gobierno sentada en el banquillo de los acusados.
Es en ese escenario, el de un probable señalamiento de juicio a finales de 2026 o en los primeros meses del 27, en el que está el nexo, en el que cobra sentido el discurso radicalmente antiyanqui y electoralista de Sánchez, como poco sorprendente tratándose de presidente de una de las principales economías europeas. Pudiendo y debiendo usar un lenguaje conciliador sin modificar el fondo de su discurso, apostó por subir la apuesta; y la cota de provocación. ¿Por qué?
Más se perdió en Cuba
Esta frase: “Es inaceptable que dirigentes incapaces de mejorar la vida de la gente usen el humo de la guerra para ocultar su fracaso”. Es más que una ofensa; es un desafío dirigido con plena conciencia al presidente del país más poderoso del mundo. Una desproporcionada y muy arriesgada manera de buscar rédito interno. Una afirmación cuando menos irresponsable que solo cobra sentido si se analiza desde la perspectiva de quien se diría que está ya pensando más en su rol de inminente y preeminente candidato de la izquierda que en el de primer ministro de un país de la Unión Europea y de la OTAN.
Donald Trump y Begoña Gómez han cruzado sus destinos, y lo improbable a simple vista para el común de los mortales puede convertirse en materia altamente inflamable, pero muy eficaz, en manos de los alquimistas del relato sanchista. De modo que no hay hipótesis que deba a priori desecharse. Dependerá en buena parte de hasta donde esté dispuesto a llegar Trump con su amenaza. Cuanto más lejos, mejor para Sánchez, a quien no parece alterarle demasiado el riesgo de una crisis bilateral en la que suban los decibelios y termine ocasionando, nos acabe ocasionando, graves desperfectos. Estados Unidos tiene mecanismos para complicarnos mucho la vida, y sostenerle el pulso durante mucho tiempo sería una temeridad. Daños colaterales.
El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha declarado que la posición del líder socialista es «inaceptable» y pone «vidas estadounidenses en riesgo». Son palabras muy mayores. Si hay algo que no se les puede hacer a los norteamericanos es tocarles las barras y las estrellas, y si Sánchez ha decidido hacerlo, una de dos, o está incurso en un preocupante proceso de trastorno de desrealización (no descartable), o está preparando el terreno para, en cuanto Begoña dé el visto bueno, envolverse en la bandera española y desde ese nuevo espíritu patrio, y al grito de ¡Más se perdió en Cuba!, colocarnos las urnas el día menos pensado.
(“Hay hombres provocativos por temperamento, y aun por nación, propensos a meterse en dificultades; pero el que camina a la luz de la razón siempre va muy sobre aviso: estima por más valioso el no comprometerse que el vencer, y si hay un necio provocador, evita que con él sean dos”. El arte de la prudencia. Baltasar Gracián)