Pedro J Ramírez-El Español
A veces da la impresión de que a los nacidos el 29 de febrero -que en sentido estricto sólo podrían soplar las velas cada cuatro años- el destino les compensa con regalos especiales de aniversario.
Eso es lo que le ocurrió a Pedro Sánchez cuando el pasado día 28 se enfundó su esmoquin para cruzar la alfombra roja de los Goya en la para él siempre propicia
Barcelona. No es de extrañar que pareciera tan contento.
Sabía que este 2026, al no ser bisiesto, no podría celebrar su 54 cumpleaños con la misma precisión que la mayoría de los mortales, pero Donald Trump ya le había hecho llegar un extraordinario obsequio anticipado.
Era un paquete bomba del tipo GBU-57 que había brotado del vientre de un B-2 Spirit con un lazo y una etiqueta en la que ponía “Furia Épica”.
Aunque su impacto perforador destruyó el complejo presidencial del centro de Teherán, matando al Líder Supremo de la República Islámica Ali Jamenei y a gran parte de su familia y colaboradores, la onda expansiva se extendía ya por el mundo entero.
Para el presidente de un gobierno acosado por la corrupción que se arrastraba a duras penas por la legislatura sin mayoría parlamentaria, aquel estruendo sonó a música celestial.
Llevaba meses y meses esperando a que sucediera algo que le liberara de las ataduras de su mísera circunstancia política y ese algo por fin había sucedido.
Posando entre actores con chapas sobre Palestina que los acuerdos suscritos por Hamas había ya oxidado, Sánchez aprovechó el canutazo de rigor para empezar a entrar en combate.
Denunció el “atropello a la legalidad internacional”. Dijo que “a la violencia no se le puede responder con más violencia”. Y volvió al cóctel.
Cuánta razón tenía Stefan Zweig: «Los grandes instantes de la humanidad nunca avisan». Ni siquiera cuando el gobernante se esfuerza en pegar la oreja a la hierba para seguir la recomendación de Bismarck y tratar de escuchar anticipadamente el galope del caballo de la Historia.
Cuánta razón tenía Stefan Zweig: “Los grandes instantes de la humanidad nunca avisan”. Ni siquiera cuando el gobernante se esfuerza en pegar la oreja a la hierba para seguir la recomendación de Bismarck y tratar de escuchar anticipadamente el galope del caballo de la Historia.
Lo esencial es tener los reflejos para saltar sobre la marcha a lomos de ese corcel cuando irrumpe de improviso.
Visto con buenos ojos, es el don de la oportunidad. Tratándose de Sánchez, la hora de hacer valer su inagotable oportunismo político.
En un santiamén se abalanzó sobre el viejo baúl de Zapatero, arrinconado en la Moncloa, extrajo la silla de montar caliente del “no a la guerra” y se encaramó a ella,
burlándose de la bruma belicista que nublaba a los demás.
Si las democracias occidentales, los mercados de valores y nuestra economía del bienestar iban a tener que afrontar la llegada a sus orillas de un inquietante cisne
negro, él había decidido erigirse en el caballero enviado desde el paraíso socialista para ejercer de Lohengrin del pacifismo.
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La demagogia populista consiste en afrontar la complejidad con simplezas y resolver los dilemas morales con eslóganes.
Exactamente lo contrario de lo que se necesita al frente de una nación desarrollada, en esta encrucijada dramática en la que los «perros de la guerra» han sido ya «desatados» y entre mordiscos recíprocos amenazan con sumir el orden mundial en el caos.
En sentido estricto ha sido Trump el primero en desenfundar. Pero también puede alegarse que la teocracia iraní llevaba mucho tiempo ejerciendo la violencia terrorista a través de concesionarios como Hezbolá, Hamás o los hutíes; mucho tiempo masacrando la disidencia de sus nacionales; y mucho tiempo engendrando la bomba nuclear que podría haber hecho enmudecer toda respuesta.
En sentido estricto ha sido Trump el primero en desenfundar. Pero también puede alegarse que la teocracia iraní llevaba mucho tiempo ejerciendo la violencia terrorista a través de concesionarios como Hezbolá, Hamas o los hutíes; mucho tiempo masacrando la disidencia de sus nacionales; y mucho tiempo engendrando la bomba nuclear que podría haber hecho enmudecer toda respuesta.
El gran drama de nuestro tiempo es comprobar una y otra vez como la legalidad internacional no es sino una cáscara hueca carente de eficacia alguna.
Por mucho que les disguste a los nacionalistas de toda laya, la globalización, fruto de la tecnología y la sociedad de la información, es una realidad irreversible.
Pero en las últimas décadas la amarga constatación de que las pandemias, los riesgos climáticos o las crisis económicas son globales no ha traído aparejada una gobernanza eficiente a nivel mundial.
Sólo quedan risibles estructuras del pasado como esas Naciones Unidas bloqueadas por el veto de las superpotencias e incapaces de reformarse; encomiables empeños frustrados como esa Corte Internacional de Justicia cuya jurisdicción tampoco reconocen los grandes; o vanas entelequias sin arraigo alguno como la Alianza de Civilizaciones de la que fuimos impulsores.
Sólo quedan risibles estructuras del pasado como esas Naciones Unidas bloqueadas por el veto de las superpotencias e incapaces de reformarse; encomiables empeños frustrados como esa Corte Internacional de Justicia cuya jurisdicción tampoco reconocen los grandes; o vanas entelequias sin arraigo alguno como la Alianza de Civilizaciones de la que fuimos impulsores.
Pero ninguno de esos organismos o artefactos mentales ha parado los pies a Putin, a Netanyahu, al usurpador Maduro, al príncipe Bin Salman o por supuesto a los ayatolás. A falta de consenso se ha impuesto la ley de la fuerza.
La reelección de Trump es lo peor que podía haberle pasado a la comunidad de Estados democráticos que se baten en retirada defendiendo la libertad humana a ambos lados del Atlántico.
Por eso la realidad es tozudamente aporética. Una legalidad internacional carente de resortes para proteger los derechos humanos no es sino una coartada para la pasividad ante la barbarie.
Aunque haya quienes finjan no verlo, tan censurable como actuar es quedarse inmóvil. Para este dilema moral no hay otra salida sino el estado de extrema necesidad.
¿Y quién lo determina? Lamentablemente quien tiene el poder para hacerlo.
¿Con qué límite? El propio Trump lo dijo: con el de su propia “conciencia”.
Por eso una ceguera no puede tapar otra ceguera. El segundo advenimiento de este hombre es lo peor que podía haberle pasado a la comunidad de Estados democráticos que se baten en retirada defendiendo la libertad humana a ambos lados del Atlántico.
Su gestión de esta crisis, por él desencadenada, lo ha vuelto a poner de relieve. Por sus formas siempre tabernarias. Por el estado de confusión que destilan sus mensajes sobre el fondo del asunto.
Es decir, sobre el propósito de esta guerra. Y sobre todo por el coste que su falta de horizonte empieza a suponer para nuestro bienestar.
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Su mensaje de aquel sábado engendró expectativas halagüeñas. Trump había matado a un tirano de igual manera que San Barack Obama mató al peor de los terroristas.
Sin control judicial, por supuesto. Ni los comandos especiales ni las bombas perforadoras traían orden de registro.
Aquello parecía la reedición de lo ocurrido el mes anterior en Caracas. La extirpación de un tumor maligno, sólo que con la segunda variante del “vivo o muerto” de los carteles de la ‘ley del Oeste’.
Que Trump llamara además a la insurrección del pueblo iraní, sugería un desenlace rápido dentro de un guion planificado.
Tras expresiones como “la hora de su libertad ha llegado” o “esta es la mayor oportunidad de tomar de vuelta a su país”, debía haber una labor preparatoria de la CIA a punto de aflorar en las calles de todo el país.
Trump había matado a un tirano de igual manera que San Barack Obama mató al peor de los terroristas.
Todo parecía encajar con su mensaje del 13 de enero en Truth Social: “Tomad el control de las instituciones. La ayuda está en camino”.
Era como si la gran democracia liberal se dispusiera a acudir al rescate de las víctimas del totalitarismo. Como si los angustiosos llamamientos de los patriotas húngaros del 56 o de los checos del 68, bajo el asedio de los tanques soviéticos, fueran a tener esta vez respuesta.
Esperábamos un Maidan iraní, una revolución de terciopelo como la de Praga tras la caída del Muro o tal vez un golpe de un sector de la Guardia Revolucionaria con claveles en los fusiles.
El propio Trump terminó de alentar esa esperanza cuando al día siguiente declaró a The Atlantic: “Quieren hablar y he aceptado hablar, así que hablaré con ellos”.
Sólo faltaba que apareciera en escena una “Delcy” con barba. Pero el principal candidato a jugar ese papel, el ayatolá Larijani, pinchó ipso facto el globo cuando descartó la negociación con Trump, tildándola de “fantasía delirante” y amenazándole con “pagar un precio muy alto” por el magnicidio de Jamenei.
Una semana y múltiples bravatas trumpianas después, no sabemos si el objetivo de esta guerra es el cambio de régimen o la mera ‘modificación’ a la venezolana del
régimen.
No sabemos si se trata de neutralizar por fin el programa nuclear iraní o de destruir todas las capacidades militares de la República Islámica. No sabemos, por tanto, si es la guerra de Netanyahu, la guerra de Trump o la guerra de Occidente.
Tampoco si quedará contenida en el tiempo y el espacio o derivará expansivamente en una verdadera Guerra Mundial con todas las grandes potencias directa o indirectamente implicadas.
Lo que sí sabemos es que ha causado centenares de víctimas en Irán -incluidas las alumnas de una escuela cercana a una base militar-, múltiples daños en edificios
militares y civiles en una docena de países, graves disrupciones en el comercio, fuertes alzas en el precio del crudo y una inestabilidad económica con visos de ir trocándose en angustia si el conflicto se prolonga.
El limitado apoyo a esta guerra en Estados Unidos, la perspectiva de tener que afrontar las “midterm” de noviembre en un entorno inflacionario y la advertencia de Starmer de que es imposible cambiar un régimen “desde el aire”, indican que lo más probable es que, como ya ocurrió tras los bombardeos de junio, el trabajo quede a medio hacer.
Lo que eso significará para los iraníes, para Oriente Medio y para Europa es hoy algo imposible de predecir. ¿Qué hacer, entre tanto, además de esperar o enarbolar
pancartas?
Ante todo, admitir que el conflicto nos concierne y que una vez desencadenado es imposible quedarse al margen. Luego, adquirir plena conciencia de cual es nuestra causa, quienes son nuestros aliados y cómo debemos cooperar con ellos. Por último, tratar de influir en los acontecimientos desde el seno de nuestro propio bando a partir de esa relación de confianza.
O sea, lo que están haciendo el liberal Macron, el democristiano Merz o el socialdemócrata Starmer. Lo contrario de lo que está haciendo el populista Sánchez.
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Si en Reino Unido, Alemania o Francia su gobierno hubiera recibido los reiterados elogios que la teocracia iraní que ahorca homosexuales y oprime a las mujeres ha
dedicado al de Sánchez, ese ejecutivo habría quedado sepultado bajo una ola de ultraje colectivo.
El conflicto nos concierne y que una vez desencadenado es imposible quedarse al margen.
Cualquier democracia adulta entiende que la única manera de influir sobre Trump es estar lo más cerca posible de sus decisiones. La crítica a sus iniciativas y modales debe ser compatible con la cooperación con el único aliado que hoy por hoy tiene la capacidad de proteger nuestros intereses y valores.
Con puerilidad digna de mejor causa, Sánchez equiparó el miércoles la ofensiva contra Irán con la invasión de Irak hace 23 años. Hay grandes diferencias, empezando por la realidad del programa atómico iraní frente a las imaginarias armas de destrucción masiva de Sadam.
Fue la falta de verificación de esa amenaza lo que dividió a Europa entre la temeridad de Aznar y Blair y el desistimiento de Francia y Alemania. Hoy no se dan esas circunstancias.
Cuando Sánchez lanzó su proclama había otra gran diferencia: España no era parte del despliegue de apoyo al ataque norteamericano.
Pero eso cambió a la mañana siguiente, al anunciarse el envío de nuestra mejorfragata, la ‘Cristóbal Colón’, a realizar tareas defensivas en Chipre. Es decir, a cubrir las espaldas de quienes desarrollan tareas ofensivas.
¿Acaso no es una labor homóloga a la de aquel Escalón Médico Avanzado del ejército español que operaba un hospital de campaña, atendiendo a prisioneros iraquíes, bajo la apariencia de “misión humanitaria”, durante los meses que siguieron a la invasión?
La gran disonancia es que mientras aquella aportación, que no dejaba de ser una intervención militar acordada por el Gobierno de Aznar, fue duramente criticada por la oposición, ahora es el presidente Sánchez quien a la vez dice «no a la guerra» y participa logísticamente en ella.
La gran divergencia es que aquella aportación, que no dejaba de ser una intervención militar acordada por el Gobierno de Aznar, fue duramente criticada por la oposición. Ahora es el presidente Sánchez quien a la vez dice “no a la guerra” y participa logísticamente en ella.
Es muy significativo que, desde polos opuestos, el PP y Podemos denuncien por igual la doblez e hipocresía del presidente.
Cuando la víspera del cumpleaños que nunca existió Sánchez recibió el regalo que más podía gustarle, se apresuró a jugar con él. ¡Oh, qué bonito es el no a la guerra!
Por eso denegó operar desde Rota a los mismos aviones cisterna que en junio habían repostado en vuelo a los mismos bombarderos. Y además dijo, a través de Albares, que su gesto “no traería consecuencias”.
Pocas horas después tenía sobre su cabeza la espada de Damocles del embargo comercial norteamericano y la advertencia de que Marruecos podría sustituir a España como socio preferente de Washington en el Mediterráneo occidental.
Por eso movió la ficha de la fragata. Era una rectificación a medias. Algo suficientemente ambiguo como para poder proclamar su compromiso con los aliados,
manteniendo a la vez viva la bronca con Trump.
Para intentar seguir engañando a todos a la vez. Sánchez en su quintaesencia.
***
Tratando de explicar la impunidad de los desmanes de César Borgia, Maquiavelo escribió que “mientras todos ven lo que pareces, pocos sienten lo que eres”.
A eso es a lo que juega aparatosamente Sánchez. A que sean más los que le perciban como un paladín del pacifismo que planta cara al líder del Imperio que los que se den cuenta de que es un tramposo acorralado que ha encontrado en la guerra de Irán la vía de escape anhelada.
Pero, por mucho que disfrute ahora con su kit de la pancarta, la fragata y los aviones cisterna, no puede ignorar el grave riesgo de que la factura les empiece a llegar a los españoles antes de que tengan que opinar sobre él en las urnas.
De ahí las cábalas sobre lo que podría precipitarse en junio.