Antonio Rivera-El Correo
- Hay patriotas, orgullosos de confrontar fuerza tan poderosa y autoritaria, y serviles, entregados sin rubor ni argumento a la causa de los mandatarios americano e israelí
Carrero Blanco negó el uso de las bases a los norteamericanos en 1973 durante la guerra del Yom Kippur. Alguna tesis conspiranoica apunta a esta razón para su imaginado asesinato por la CIA. Los enfados yanquis por esa decisión son bien recibidos en un país de fibra nacional laxa. El caso presente nos ha devuelto a la jerga doceañista: hay patriotas, orgullosos de confrontar fuerza tan poderosa y autoritaria, y serviles, entregados sin rubor ni argumento a la causa de los mandatarios americano e israelí. Feijóo y su partido han caído de ese lado a las primeras de cambio y no saben cómo salir por más que se afanen en buscarle contradicciones al Gobierno. Sánchez es un oportunista, hábil táctico y dispuesto a todo para mantenerse en La Moncloa, pero en esta ocasión es difícil cuestionar que se ha colocado en el sitio que más conviene a sus intereses y en el más correcto de ese juez esquivo que es la Historia.
El interesado ruido de la democracia mediática trastoca la realidad. Por eso hay que reiterarla. Estados Unidos e Israel son los agresores. No lo hacen para defender los derechos humanos de los iranís contra su gobierno despótico y criminal. Entre otras razones más poderosas, Trump y Netanyahu lo hacen por la misma razón electoralista con la que Sánchez se les enfrenta. De manera reiterada, esos dos niegan la legalidad, el derecho internacional, los organismos internacionales (como la ONU) y el papel de control de sus respectivos parlamentos en decisión tan crítica como la de iniciar una guerra.
Frente a lo que reiteran los medios y políticos conservadores, reaccionarios y extremistas de derechas, tales argumentos no son ni cuestión baladí ni cosa de otro tiempo, ya superada, demodé. Por mucho que Trump y Netanyahu normalicen con los hechos su idea de un mundo sin reglas, gobernado solo por la fuerza, anterior en su lógica a la Paz de Westfalia ¡de 1648!, que establecía un sistema de estados respetuoso del gobierno interior de cada uno y de su derecho a existir, su apuesta es pura barbarie y de efectos letales. El realismo cínico a que está acostumbrado el individuo moderno no puede soslayar esa preocupante realidad porque, si lo hace, no se está preparando para sobrevivir en un mundo incierto; es que, sencillamente, renuncia a tener un mínimo suelo en el que asentar alguna convicción y respuesta.
El ‘No a la guerra’ puede parecer oportunista, ingenuo y un revival de años pasados. Lo es. Pero sintetiza con precisión el recuerdo de una negativa que nos colocó como ciudadanía en el lado correcto, como demostró luego el tiempo (eso que llaman Historia).
Y que, al revés, situó a nuestra derecha, aquella de Aznar, en el lado de los tramposos, bravucones y serviles. Por desgracia, todo aquello no nos resultó gratis, y, a su manera, las decisiones de ahora tampoco lo serán. Pero alguna vez en la vida hay que tener claro dónde debemos estar. Esta es otra de ellas.