Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

  • No creo que Trump cumpla sus amenazas porque no somos tan importantes como para merecer su altiva atención

El presidente Sánchez recupera el, en su día, exitoso eslogan del ‘no a la guerra’ y acierta cuando asegura que estar en contra del régimen de los ayatolás es compatible con estar en favor del respeto al orden internacional. Es cierto, al menos tanto como lo es que estar a favor del respeto al orden internacional no implica necesariamente tocarle las narices al presidente americano. Como demuestran la mayoría de los países europeos, se puede seguir sentado en el lado correcto de la historia –un lado cuya ubicación cambia según desde la posición ideológica desde la que se mire– sin destrozar las alianzas que tradicionalmente defienden nuestros intereses. Es obligado estar en contra de las guerras –por supuesto, de todas las guerras y en todos los lugares– y a favor del derecho internacional –de todo el derecho internacional, y en todos los momentos–, pero fijar nuestra postura internacional de manera confusa y dubitativa en base a intereses internos y particulares, desconociendo la realidad y la historia es, simplemente, temerario.

No propongo seguir a los ingleses, para quienes no hay amigos ni enemigos permanentes y solo tienen intereses permanentes. Es decir, no propongo que los intereses sean la única norma que guíe nuestras acciones, pero, tan ingenuo y perjudicial me parece olvidarse de qué parte del mundo ocupamos y de quién defiende a la civilización occidental de la que somos herederos, al menos desde la Reconquista. Basta con observar a quién apoyan los Pablos Iglesias, las Iones Belarra y las Yolandas Díaz y leer y oír los argumentos que utilizan para saber cuál es el lado correcto de ‘nuestra’ historia. Cada día me irrita más Donald Trump, a quien considero un bocazas y un peligroso faltón que trata a sus amigos como a inmigrantes sin papeles y a sus socios como a siervos de la gleba, pero si tengo que elegir prefiero que lideren el mundo sus afiladas garras de depredador que las beatas sotanas y las oscuras barbas de los fanáticos ayatolás.

No creo que Trump cumpla sus amenazas por la sencilla razón de que no somos tan importantes como para merecer su altiva atención, pero no es prudente, ni necesario, engrosar la lista de sus enemigos. Además, pensar que, llegado el caso, Europa nos va a ayudar es demasiado ingenuo y decir, como dijo el ministro Albares, que en todo caso tenemos los medios para contrarrestar los posibles perjuicios –que van mucho más allá del simple juego de exportaciones e importaciones– es falso y peligroso. ¿Qué pasa con las inversiones americanas, que han aumentado un 80% en la era Trump hasta alcanzar un acumulado de 130.000 millones, y con los miles de empleos de alta cualificación ligados a ellas? ¿Qué hay del suministro de gas, imprescindible para mover a nuestra industria y calentar nuestras viviendas? ¿Qué sucede con la tecnología que utilizamos para hablar por teléfono y movernos sin perdernos? ¿Qué pasaría si las bases que los ‘listos’ quieren cerrar se van a Marruecos? Si salimos de la OTAN, ¿estaremos más protegidos en la República Bolivariana de Delcy? ¿Seguiremos viendo películas de Clint Eastwood o solo las de Susan Sarandon?

Poner todo eso en riesgo mientras que, en realidad, los aviones militares siguen despegando de las bases de Rota y Morón –¿para ayudar a los americanos?– y la mejor fragata que tenemos navega hacia el conflicto –¿para defender a Europa?– es una inconsciente y absurda temeridad. Sólo por preguntar, ¿sabe quién ha diseñado y fabricado los sistemas de seguridad y de ataque instalados en la fragata enviada a Chipre para garantizar nuestra defensa?