Carmen Posadas-ABC
- Confiar nuestra felicidad a la realización de deseos produce insatisfacción
¿Puede un cenizo, un pesimista irredento, ser el autor de uno de los más esclarecedores tratados sobre la felicidad que se han escrito nunca? Sí, si uno se llama Arthur Schopenhauer. Cada año se publican infinitos libros que nos prometen felicidad eterna. Derramando buenismo y obviedad, autores de lo más diversos se empeñan en explicarnos que el mundo es maravilloso, la gente, angelical, que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que querer es poder y que todo puede alcanzarse si realmente se desea. Como desgraciadamente descubren tarde o temprano sus esperanzados lectores, el creer que el mundo está diseñado por Walt Disney no cambia en nada la realidad y los únicos que acaban sacando provecho de tan mágicas recetas son sus autores, que venden millones de libros. Schopenhauer, en cambio, tiene otro enfoque de cómo son las cosas.
Según él, la voluntad y el deseo son fuentes de infortunio, la felicidad es inasible, y este es el peor de los mundos posibles. Bonita receta, dirán ustedes, al tiempo que borran de su lista de lecturas al precursor del existencialismo. Pero antes de que lo descarten por cenizo, me apresuro a perfilar un poco más su teoría, porque es brillante. «La equivocación más grande que puede cometer alguien –sostiene él– es querer ver este valle de lágrimas como el jardín de las delicias. Hacerlo es de necios. La persona sabia, en cambio, no se engaña, sabe que la realidad es como es y no como nos gustaría que fuera, por lo que orienta su conducta no hacia la búsqueda del placer, sino hacia la ausencia de dolor. Y lo hace no por un tema religioso, tampoco de moral malentendida, sino por pura lógica.
Confiar nuestra felicidad a la realización de deseos produce insatisfacción, porque, cuando se alcanzan, o bien se cansa uno de lo alcanzado o bien pasa a desear algo nuevo. Por tanto, vivir feliz consiste, simplemente, en organizarse, no para sentir placer (algo que por su propia naturaleza es efímero, insaciable y muchas veces tiránico), sino para esquivar todo aquello que nos produce malestar, desasosiego, dolor.
La mayoría de las personas actúa exactamente al revés. Están dispuestas a experimentar cualquier dolor, incomodidad y desazón con tal de alcanzar tal o cual deseo sin saber que no encontrarán en él satisfacción duradera, puesto que poco después comenzarán a desear algo diferente. Y así, de incomodidad en incomodidad y de desazón en desazón, seguirán persiguiendo algo que no da la felicidad porque esta es, en el mejor de los casos, solo fugaz y evanescente. Y al hacerlo, lo único que consiguen es no disfrutar de lo que sí tienen, cambian por tanto una certeza por una quimera.
La situación recuerda mucho a esos burros que, engañados por sus amos, caminan millas y millas tras una zanahoria atada a un palo. Un premio que, por supuesto, jamás alcanzarán porque a medida que ellos se acercan resulta que la zanahoria queda más lejos. «Muy bien –dirá probablemente y llegado a este punto un escéptico–, ya sabemos lo que no da la felicidad, pero ¿qué hace uno entonces para pasarlo lo mejor posible en lo que, según Schopenhauer, es y será siempre un valle de lágrimas?».
La respuesta que él da a esta pregunta es la siguiente: «Como ya enunció Aristóteles hace milenios, la naturaleza de la felicidad es negativa mientras que la del dolor es positiva» El medio, por tanto, más idóneo para ser feliz es, precisamente… no buscar serlo. Por eso, si uno quiere diagnosticar cuál es su grado real de felicidad, lo que debe preguntarse no es qué me gusta, sino qué me causa menos incomodidad. Y cuanto más reducida sea su lista de incomodidades y desasosiegos, más feliz será esa persona. «La razón –concluye– es que para disfrutar de las pequeñas cosas que son las que realmente producen felicidad es indispensable, primero, hallarse bien con uno mismo. En la insatisfacción uno no aprecia nada, aunque lo tenga todo, puesto que la insatisfacción es una venda que oscurece todo lo demás».
A continuación, Schopenhauer pone un ejemplo pedestre pero muy gráfico para explicarlo: «Aunque uno esté viviendo el momento más agradable y celestial que imaginarse pueda, le será imposible disfrutarlo si tiene, por ejemplo, una llaga en un pie o un dolor de muelas. O, dicho de otro modo, la receta es: busca el bienestar, y la felicidad te será dada por añadidura». Porque la persona realmente feliz es aquella que consigue vivir sin sufrimientos desproporcionados, ya sean físicos o anímicos.
Quien quiera evaluar la felicidad con otros parámetros se habrá equivocado de patrón de medida, porque la idea de que los placeres dan felicidad es una fantasía alimentada, en gran medida, por la envidia de lo que otros tienen. Como esos que piensan: «Si yo tuviera lo que tiene fulano o mengana, sería dichoso», cuando esta apreciación tampoco se corresponde a la realidad. De ahí que yerre tanto el que considera que este mundo es un lecho de rosas como el necio que persigue placeres ajenos. Porque, una vez más, hay que repetir que la dicha está en lo pequeño, en lo inesperado.
Con el correr del tiempo, Schopenhauer se convertiría en el faro de diversos filósofos indispensables de finales del siglo XIX y, sobre todo, de comienzos del XX, como Nietzsche, Ludwig Wittgenstein o Martin Heidegger. También en referente fundamental en la obra de novelistas como Thomas Mann o de pensadores como Freud y Jung. Pero a mediados del siglo XIX, que fue cuando escribió su teoría sobre la felicidad, se encontraba en el momento más bajo de su reconocimiento como filósofo y pensador. No deja de ser paradójico, por tanto, que este opúsculo que él incluyó su ‘Aforismos sobre el arte de vivir’, y al que él desdeñosamente llamó ‘Obras secundarias y apéndice’ paradójicamente fuera el que más fama y reconocimiento popular le trajera de todas las obras escritas hasta 1851.
Imagino que Schopenhauer, que no era precisamente dado a la risa y ha pasado a la historia como el filósofo del pesimismo, ante el éxito imprevisto de su ‘trivial’ tratado, habrá esbozado al menos una mínima sonrisa al comprobar que, en efecto, y tal como él sostiene, la dicha esta siempre en lo pequeño, en lo insignificante.