Editorial-El Correo

  • Irán reta a Trump con la elección de Mojtaba Jamenei como Líder Supremo mientras EE UU e Israel siguen sin aclarar sus objetivos

Un cielo negro redobla desde ayer el sufrimiento de los diez millones de habitantes de Teherán. Es producto de la lluvia tóxica por los bombardeos de refinerías cercanas a la capital y una nueva derivada hacia la destrucción de objetivos civiles, prohibida por la Convención de Ginebra pero que a nadie escandaliza ya. La afección de esta contaminación a la salud y el medio ambiente retrocede ante el propósito de presionar a las autoridades iraníes para aceptar la «rendición incondicional» que reclama Donald Trump.

La capitulación del régimen teocrático es la última exigencia del republicano, junto con la elección de un liderazgo «aceptable». El proceso de relevo del Líder Supremo Alí Jamenei, asesinado al comienzo de la guerra, culminó anoche con el nombramiento de su hijo Mojtaba Jamenei. El nuevo dirigente afronta la amenaza de muerte de Israel y su elección desafía a la Casa Blanca. «No durará mucho», anticipa Trump. Washington y Tel Aviv naturalizan sin objeción el crimen político como medio para conseguir un fin último que continúa sin aclararse.

Se entiende que el principal objetivo de Irán es resistir, proyectar una imagen de estabilidad interna que disuada de una hoy improbable movilización popular y extender el coste del conflicto a los Estados del golfo Pérsico. El propósito de Israel no puede ser más transparente: aplicar ahora en Líbano el manual de destrucción desplegado en Gaza, aprovechando los ataques de Hezbolá para desatar una oleada de muertes y desplazamiento de población que EE UU no muestra interés alguno en reconducir. La Casa Blanca, por su parte, ya ni siquiera menciona la represión contra el pueblo iraní o un cambio de régimen para caminar hacia la democracia. A EE UU, el mayor exportador de gas natural licuado y productor de tanto petróleo como Arabia Saudí y Rusia juntos, la crisis de suministro y precios por el bloqueo de Ormuz no parece inquietarle; al contrario, puede verlo como una oportunidad de negocio frente al castigo a Europa o el Sudeste asiático.

Diez días de guerra abierta, con crecientes ataques a escuelas, hospitales y desalinizadoras, aconsejan a EE UU, Israel e Irán un esfuerzo sincero de desescalada antes de incendiar todo Oriente Medio. Aunque no alientan la esperanza supuestos planes de Washington para hacerse con la terminal petrolera de Kharg o enviar a fuerzas especiales a recuperar uranio enriquecido que se suponía neutralizado.