- El centro de gravedad venezolano, guste o no, está donde esté María Corina Machado, e ignorar esa realidad es hacerse daño a uno mismo.
Todo el mundo está alborotado otra vez con el tema de las «elecciones» en Venezuela, como si la palabrita tuviera poderes mágicos.
No los tiene, porque en Venezuela, «elecciones» puede ser una trampa.
Te lanzas porque quieres salir del rollo cuanto antes y terminas en el mismo lugar que siempre, por atorado.
Lo que está pasando en este momento es más sencillo y más importante que todo el análisis en caliente que está circulando.
Apenas van dos meses y la cosa se está moviendo a buen paso. Recordemos que la última vez que nos tuvimos que cargar una dictadura debimos aguantarnos casi un año antes de tener elecciones, y el desastre del perezjimenismo no era el del chavismo.
Ahora contamos con un Estados Unidos que se está moviendo firme y constantemente. No en discursos, sino en el papeleo aburrido que pasa por agencias y se convierte en vida real, que son los negocios.
Viajes a Caracas, reuniones en Miraflores, conversaciones enmarcadas en acuerdos energéticos, minería, minerales críticos. ¿Y qué significa «legítimo» en ese sector?
Las conversaciones son en torno al petróleo fluyendo de nuevo, vuelos directos aprobados, evaluaciones de seguridad. Esa lista silenciosa que sólo aparece cuando los gobiernos deciden que la relación está cambiando.
Ahí está la señal.
Cuando los Estados empiezan a hacer logística juntos, eso significa que la cosa no es un revolcón de una sola noche.
Claro, hay que estar alerta. Porque esto puede significar avance, pero hay que tener claro que también puede significar un nuevo tipo de estabilidad que no tiene nada que ver con la libertad.
Y ahí mismo está el cruce de caminos que la gente sigue ignorando.
Porque la estabilización se confunde fácilmente con transición, sobre todo cuando todo el mundo está cansado, todo el mundo quiere un logro, y todo el mundo quiere creer que lo peor ya quedó atrás.
Puede que sí, que la noche ya haya quedado atrás, pero nadie lo sabe realmente. Venezuela tiene una historia larga de convertir la «esperanza» en industria, y el ciclo electoral es el ala más rentable de ese negocio para políticos, analistas, periodistas, asesores y empresarios.
Marco Rubio ya ha empezado a hablar de elecciones, pero dejemos de hacernos los locos como si la fecha fuera lo que importa. Lo que importa son las condiciones.
Una fecha es utilería. Si se hacen elecciones en Venezuela sin reconstruir el sistema electoral, no se está arreglando nada. Se está lavando la misma maquinaria política a través de un titular nuevo, dándole a la gente algo que celebrar y con qué distraerse.
Mientras tanto, la estructura de fondo se queda exactamente donde estaba, con los mismos incentivos y el mismo poder. Pan y circo.
Si de verdad se quiere un voto libre y justo, y no simplemente lucrarse con la industria electoral, hay cosas que tienen que cambiar antes de que alguien hable de «cuándo».
Esta es la parte aburrida de la legitimidad.
Sin eso, la elección es un ritual televisado, con la bendita baranda del CNE y un acta que la mitad del país rechaza desde el primer momento. ¿O es que alguno de ustedes confiaría en unos resultados leídos por Elvis Amoroso?
Esto es lo que hace falta.
1. El Consejo Nacional Electoral tiene que rehacerse con una directiva en la que el país pueda confiar razonablemente. Eso implica independencia real de la arquitectura política que ha controlado las elecciones durante décadas.
Si el árbitro viene de ese mismo sistema, la gente va a tratar todo el proceso como amañado. Y, francamente, esa sería una conclusión racional.
2. El registro electoral tiene que limpiarse y auditarse de forma verificable. Venezuela lleva años cargando con un registro inflado, desactualizado y lleno de datos que no deberían existir. Eso es un problema de credibilidad, y la credibilidad es la única moneda que tiene una elección.
Los muertos no deberían votar, por ejemplo.
3. La diáspora tiene que votar, en serio y a escala. Millones de venezolanos están fuera del país, y representan una porción enorme de la población adulta de la nación y de su historia política.
Si los excluyen a través de laberintos burocráticos diseñados para reducir la participación, la elección se convierte en una foto parcial que el Estado puede manipular a su conveniencia.
4. Los partidos políticos tienen que volver a sus liderazgos legítimos. Fuera de Venezuela eso suena a chisme interno, pero es que esto es una herramienta de control que no debemos subestimar. Cuando los símbolos partidistas se intervienen, se fracturan o se les entregan a versiones de, por ejemplo, adecos del régimen, el tarjetón se vuelve confuso y el votante no puede elegir entre opciones reales.
5. Las inhabilitaciones tienen que dejar de usarse como arma política. Si alguien va a ser descalificado, tiene que serlo a través de un proceso judicial transparente que pueda examinarse, no por medio de un veto político disfrazado de trámite administrativo. El Contralor no es juez.
Si esas condiciones no se cumplen, las elecciones se convierten en el producto favorito del régimen: algo que parece legítimo, que se vende como legítimo, y que no entrega nada más que oxígeno a la dictadura.
Ahora, regresemos al campo político venezolano, porque esto también se está moviendo.
Que Acción Democrática (AD) respalde a María Corina Machado no es un simple respaldo más. Aunque algunos le tengan una rabia visceral, AD es un artefacto histórico de la era democrática.
Cuando ese partido, que tiene compañeritos en cada caserío de Venezuela, da una señal de apoyo, no es porque de repente comparta su visión del mundo, sino porque sabe leer la situación.
Esto es consolidación, un reconocimiento de que el centro de gravedad del venezolano, guste o no, está donde ella está, y que ignorar esa realidad es hacerse daño a uno mismo.
Hablando de María Corina. Ella dijo esta semana que tiene intención de regresar a Venezuela pronto. Si regresa y el Estado lo tolera, eso importa más allá de nuestras preferencias personales.
El regreso de más alto perfil cambia los costos para todos los demás. El exilio funciona cuando sigue siendo aterrador e incierto, pero cada vez que una figura de su nivel cruza ese umbral y lo sobrevive, todo el sistema del exilio empieza a verse menos absoluto.
Efectivamente, les estaría abriendo las puertas a más de ocho millones de venezolanos.
Sin embargo, el mayor riesgo de María Corina es interno: su círculo más íntimo. Los movimientos no suelen morir porque el adversario sea más sagaz, sino porque la gente más cercana al centro de gravedad confunde cercanía con estrategia y convierte la disciplina en teatro personal.
La política venezolana ha enterrado más de un momento histórico exactamente así.
Volvamos ahora a Washington.
Estados Unidos está jugando un juego de Estado normal: palanca más compromiso, herramientas de presión en el fondo, acuerdos sobre la mesa, pasos de normalización avanzando por la burocracia. Están sentados en la mesa de negociación, pero sobre la misma yace su pistola todavía humeante tras la acción del 3 de enero.
Ese enfoque puede funcionar.
Sin embargo, también puede quedar atrapado en sus propios incentivos, porque los acuerdos son medibles y los derechos no tanto. Es fácil contar barriles, pero es más difícil contar cuotas de libertad.
Por eso el enfoque americano tiene que ser brutal. Si Rubio quiere elecciones, debería atar la palabra «elecciones» a condiciones innegociables, y repetirlas hasta que se vuelva un mantra. Un mantra es mecánico, y lo mecánico es lo que evita que Venezuela vuelva a caer en la misma trampa.
Para los venezolanos, la disciplina debe ser la misma. Hay que dejar de tratar las «elecciones» como un premio y empezar a tratarlas como un proceso que sólo tiene sentido después de que el sistema esté arreglado. Exijan el CNE, la auditoría del registro, el voto en el exterior, partidos reales, debido proceso.
Exíjanlo aunque no sea sexy, porque ahí es donde está la pelea de verdad.
Venezuela puede estar entrando en una nueva etapa. Se siente, se ve la estabilización asentándose. La única pregunta que importa es si esta etapa restaura los derechos políticos, o si le restaura legitimidad a la misma maquinaria de siempre.
Las elecciones pueden servir a cualquiera de los dos resultados. La diferencia se va a decidir antes de que se cuente el primer voto.
*** Francisco Poleo es analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.