Florentino Portero-El Debate
  • ¿Cómo es posible que hayamos llegado a este nivel de deterioro de nuestra acción exterior? ¿Qué le ha pasado a la sociedad española, antaño empeñada en jugar un papel relevante en la política europea y americana, para renunciar a esos objetivos y aceptar políticas y discursos que atentan contra la inteligencia?

No hace tanto tiempo que los españoles tuvimos que afrontar el reto de normalizar la política nacional tras la muerte del general Franco. Entonces, bajo el liderazgo del Rey Juan Carlos, ‘el piloto del cambio’, iniciamos un proceso complejo para, «de la ley a la ley» dotarnos de una democracia e incorporarnos a los organismos internacionales característicos de nuestro entorno cultural inmediato. Intentábamos «situar a España en el lugar que le correspondía» en el concierto internacional y, si era posible, «jugar en primera división». Tras años de limitado aislamiento queríamos ser actores de nuestro propio destino, pero en compañía de aquellas otras sociedades que compartían con nosotros valores y objetivos. Qué nos ha pasado para, en apenas unas décadas, quedarnos «sin pulso», en consciente referencia al famoso artículo de Francisco Silvela que adelantó el agotamiento del sistema político de la Restauración en el marco de la crisis del 98.

Estados Unidos ha decidido resolver la cuestión del Sáhara. España recibió de Naciones Unidas el mandato para ejercer como potencia administradora y es la única responsable de haber alterado el proceso descolonizador convirtiéndolo en un problema internacional. La diplomacia norteamericana convocó a las partes afectadas, incluyendo Argelia y Mauritania, a una reunión en Madrid a la que no fue invitada España, a pesar de que sigue siendo la potencia administradora. Es difícil ignorar el desprecio implícito y la incómoda situación en la que se nos dejaba.

El Reino Unido decidió abandonar la Unión Europea, dejando a Gibraltar en una posición de gran precariedad, pues necesita de esta organización para poder desarrollar sus actividades ordinarias. Se abría para nuestra diplomacia una oportunidad excepcional. Era el momento de plantear las grandes cuestiones relativas a la relación del Peñón con España. Sin embargo, nuestro gobierno delegó en la Comisión Europea el conjunto de la negociación, si bien reservándose algunas cláusulas de control. Finalmente, como nos recordaba recientemente el embajador Elorza desde estas mismas páginas, nuestra diplomacia ha renunciado a dar la batalla sobre los dos temas más relevantes: la soberanía y la fiscalidad. Gibraltar continuará siendo una colonia británica y un paraíso fiscal.

La Unión Europea ha tomado nota de que Estados Unidos ha renunciado al objetivo estratégico de imponer un «orden liberal internacional», lo que implica el fin de su dimensión europea, la Alianza Atlántica. Washington ya no tiene interés en defender y promover la democracia, los mercados abiertos o garantizar la seguridad y defensa europea. Ante ello la Unión trata de reaccionar y, entre otros frentes, busca avanzar en una defensa común. Pero esto no es posible sin inversión y sin disuasión nuclear. España ha destacado siempre por su europeísmo militante. Sin embargo, ante los problemas que en materia de defensa tiene el Viejo Continente nuestro gobierno ha decidido que ni hay que invertir ni mucho menos dotarnos de una disuasión nuclear. Como era previsible, tan singular postura ha generado rechazo en las cancillerías europeas. Sin compromiso no hay participación. Hoy España, a pesar de su historia, su población y su importancia económica, ha quedado relegada a una posición secundaria.

En Venezuela se han vulnerado procesos electorales y perseguido a la oposición. En torno a nueve millones de sus ciudadanos han tenido que abandonar el país en busca de una vida digna. El régimen ha establecido vínculos estrechos con el narcotráfico y la guerrilla. Aún así nuestro gobierno mantiene unas relaciones escandalosamente estrechas, si no delictivas, con sus dirigentes, hasta el punto de animar la salida de líderes opositores o de no felicitar a María Corina Machado por la concesión del premio Nobel.

Oriente Medio vive en crisis desde el final del Califato Turco. Los europeos tratan de establecer posiciones diplomáticas acordes con sus valores e intereses, lo que no siempre es fácil. Nuestra defensa de Hamás en la crisis de Gaza o nuestra crítica a Estados Unidos e Israel en su lucha contra Irán, país que amenaza la existencia de Israel y la estabilidad de sus vecinos árabes, redunda en el alejamiento de nuestros aliados y amigos con argumentos más propios de un adolescente que de una clase gobernante madura y responsable. No se trata de bendecir el intento norteamericano de cambio de régimen, pero sí de reconocer que Irán interviene indebidamente en los asuntos internos de sus vecinos y de mostrar solidaridad con nuestros amigos en la región.

El ridículo de nuestro gobierno anunciando la negativa al uso norteamericano de las bases de Rota y Morón, en el marco de nuestro rechazo al ataque a Irán, nos hace un daño enorme porque todo el mundo sabe que es falsa. La Fuerza Aérea de Estados Unidos continúa utilizándolas, nuestra batería desplegada en Turquía monitoriza los misiles iraníes para ser abatidos desde destructores norteamericanos y enviamos una fragata en misión de combate. Por mucho que lo repitan, es una memez distinguir la defensa del ataque, porque el escudo siempre potencia la espada. Irán ataca a estados árabes y europeos para que presionen a Estados Unidos y frenen la agresión. Si damos cobertura a estos estados arruinamos la estratagema iraní y facilitamos la intervención norteamericana.

¿Cómo es posible que hayamos llegado a este nivel de deterioro de nuestra acción exterior? ¿Qué le ha pasado a la sociedad española, antaño empeñada en jugar un papel relevante en la política europea y americana, para renunciar a esos objetivos y aceptar políticas y discursos que atentan contra la inteligencia? ¿Estaremos, rememorando de nuevo a Silvela, en la antesala de la crisis del sistema político de 1978?