Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • No es el nombre de la futura presidenta de la AIReF lo más escandaloso, sino la certeza de que su nombramiento no va a provocar un escándalo mayúsculo

Puedo entender que la actualidad internacional concentre en estos días casi toda nuestra atención, entre otras razones porque, aunque Irán nos pille un poco lejos, los efectos de lo que allí ocurre los hemos empezado a notar de inmediato, y según cómo evolucione el conflicto el impacto puede ser mucho peor. Lo entiendo, pero me perturba lo que creo que es una injustificable falta de reacción ante decisiones que desgraciadamente confirman el proceso de degradación institucional en curso; el sistemático control por parte del Ejecutivo de los contrapesos existentes en una democracia que se dice plena pero que empieza a dar señales de que ha dejado se serlo.

Hace pocos meses, la todavía presidenta de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), Cristina Herrero, hizo un repaso extraordinariamente crítico de la gestión gubernamental en todo aquello que incumbía a sus competencias (evaluación continua del ciclo presupuestario, del endeudamiento público y del análisis de las previsiones económicas). En realidad, aquello fue una verdadera enmienda a la totalidad de la política económica del Gobierno.

Advertencia cumplida

A la presidenta de la AIReF no le cabía en la cabeza que fuéramos el único país de la Unión sin plan presupuestario, sin plan fiscal a medio plazo; tampoco que desde 2020 se utilicen sistemáticamente, a modo de remiendo, transferencias de crédito que no pasan por el Consejo de Ministros, anomalía que calificó de “reforma encubierta de la Ley General Presupuestaria. Herrero alertó de que el plan de recuperación del Ejecutivo comprometía la reforma de las pensiones, así como de la contabilidad creativa utilizada para que el gasto en Defensa no se anotara en la columna del déficit.

Dijo más. Dijo que era imposible saber con exactitud cómo se aplicaban los Fondos Next Generation, y que en ese momento (octubre de 2025) solo se había recibido el 50 % de los mismos cuando únicamente quedaba el 20% del tiempo para hacer un reparto que se ajustara a las condiciones de la UE. Dijo todo eso, hasta completar un preciso catálogo de reproches apoyándose en sólidos argumentos. Y terminó con un pronóstico que era a la vez una advertencia: detrás de mí vendrá alguien más político, porque ahora la AIReF pesa.

Así que lo dábamos por hecho. Sabíamos que el Gobierno no iba a permitir que quien sustituyera a Cristina Herrero actuara desde la independencia de criterio exhibida por ésta. Y como lo sabíamos, como estábamos seguros de que el perfil elegido para ocupar la plaza vacante iba a ser marcadamente partidista, hemos reaccionado según lo previsto: con una natural y escalofriante tibieza. El anuncio de que la candidata del Gobierno para dirigir la AIReF es una persona de la máxima confianza de la ministra de Hacienda no ha provocado ninguna revuelta. Apenas dos editoriales, algún comentario suelto en las tertulias y cuatro declaraciones rápidamente olvidadas.

Insensibilidad por saturación

Tras Dolores Delgado (Fiscalía), José Luis Escrivá (Banco de España) o Juan Carlos Campo y Laura Díez (Tribunal Constitucional), por citar solo los casos de asalto institucional de tercer grado, llega ahora Inés Olóndriz, secretaria general de Financiación Autonómica y Local del Ministerio de Hacienda, exdirectora de Financiación del Ayuntamiento de Barcelona, partidaria del nuevo modelo de financiación autonómica, y garantía de que lo de la lenguaraz Cristina Herrero no se va a repetir; de que la AIReF no le volverá a echar en cara a Pedro Sánchez que sin presupuestos no se puede saber en qué se gasta el Gobierno la recaudación récord.

Cristina Herrero les ha dicho a los colegas de El Confidencial que “es inadmisible pasar de la esfera política a la presidencia de la AIReF». No sé si alguien la escuchará en Bruselas, en el bien entendido de que la Autoridad Fiscal fue una imposición de la Unión Europea tras el rescate bancario; o en Estrasburgo. Aquí no parece que el asunto vaya a pasar a mayores. Es decepcionante. Y lo sorprendente es que apenas nos sorprenda.

Hemos llegado a tal punto de insensibilidad, quizá por saturación, de indolencia social y política, que lo más escandaloso no es lo de Olóndriz, sino que tengamos la certeza de que su nombramiento, distraídos como estamos con Irán y con TikTok, no va a provocar ningún escándalo, mucho menos un escándalo mayúsculo, que es exactamente eso lo que están a punto de perpetrar.