Teodoro León Gross-ABC
- Lo raro es que no haya más escándalos en esa cantera de la mediocridad que son las juventudes de todos los partidos
Si montas un circo, te crecen los enanos. Nunca mejor dicho a propósito de las ‘juventudes’ de los partidos, esas canteras que rara vez sacan lo mejor de la política y a menudo lo peor. Al PP casi le está bien empleada la embarazosa situación del portazo que les ha dado el secretario general de sus Nuevas Generaciones pidiendo el voto para Vox. La respuesta de Génova es de Manual de Tiro en el Pie. Según dicen desde allí, hace algún tiempo que este tipo ya no ejercía sus funciones. ¿Y entonces qué hacía todavía en el cargo? Cuentan que no lo metieron en las listas porque no daba la talla. ¿Y entonces por qué lo pusieron a sueldo en Bruselas? También han ironizado apuntando que «su marcha no es una fuga de cerebros». Y si era un patán, ¿qué hacía en un puesto con candidatos mejores? El PP, como decía aquel diplomático inglés de los palestinos, no pierde una oportunidad de perder una oportunidad.
Nada nuevo bajo el sol; si acaso, lo raro es que no haya más escándalos en esa cantera de la mediocridad que son las juventudes de todos los partidos. Sólo se explica porque los chavales aprenden pronto cuándo hacer o no hacer ruido. En un momento de lucidez, Ana Botella proclamó que «suprimiría las nuevas generaciones», algo que aquel 2013 al menos le permitió compensar lo de la «relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor» que ‘Time’ consideró uno de los grandes patones del año a nivel planetario. Sin ser una idea muy original, Ana Botella tenía razón: «La gente cuando tiene 16, 17 o 18 años, donde tiene que estar es trabajando, estudiando, formándose». Los partidos harían bien en crear escuelas de parlamentarismo, títulos propios de gestión pública o cursos avanzados en oratoria y técnicas de persuasión, pero para graduados ya activos. Lo de fomentar desde la adolescencia el aprendizaje sectario de la supervivencia política para escapar de la intemperie no es una gran idea.
Las canteras de los partidos son una mala escuela. En el mejor de los casos, de esas bases salen auténticos ‘killers’, criaturas que aprenden desde la juventud que sobrevivir en un partido es un reto darwinista: la ley del más fuerte. Pronto se convierten en verdaderos cimarrones que avanzan con el machete entre los dientes. Se obsesionan con el lema de ‘Los inmortales’: «Sólo puede quedar uno». Y si no son cachorros salvajes, adiestrados para desenvolverse en un medio duro, lo normal es que sean cachorrillos falderos, adiestrados para pegarse al amo y serles fiel para esperar el hueso. Las excepciones, que las hay, sólo confirman la regla de la ‘selección inversa’: el ecosistema de las juventudes orgánicas tiende a fomentar que prosperen no los mejores sino una élite mediocre. Lo del refranero en ocho palabras: si montas un circo, te crecen los enanos.