Editorial-El Español

La guerra de Irán nació envuelta en promesas de rapidez y claridad. Donald Trump la presentó como una «incursión a corto plazo», una operación quirúrgica para destruir la capacidad militar y nuclear iraní y devolver la estabilidad a la región.

Doce días después, la retórica recuerda inquietantemente a otra «operación especial»: la de Vladímir Putin en Ucrania, concebida como un golpe relámpago y convertida en una guerra de desgaste sin horizonte definido.

La pregunta ya no es si Estados Unidos e Israel están ganando la campaña militar (lo están), sino si su presidente comprende el tipo de conflicto en el que se ha metido.

Como EL ESPAÑOL ha subrayado, Trump ha ido mutando sus objetivos casi al ritmo de los bombardeos.

Primero, el fin del programa nuclear.

Luego, la destrucción de la armada y los misiles.

Más tarde, el recorte del apoyo a las milicias aliadas de Teherán.

En paralelo, el presidente coqueteaba con el «modelo Caracas» y el eslogan «Make Iran Great Again», insinuando un cambio de régimen low‑cost que preservaría el armazón del Estado y los flujos energéticos.

Hoy, el mensaje es otro: la guerra será corta, Irán está «ya derrotado» y el resto es casi administración de daños.

Esa elasticidad discursiva se parece demasiado a la deriva rusa: una operación supuestamente limitada que, ante la resistencia del enemigo y la complejidad del terreno político, se estira, se redefine y se justifica sobre la marcha.

La comparación con Putin no es caprichosa. El Kremlin aseguró en 2022 que Kiev caería en días.

Tres años después, Rusia está atrapada en un conflicto que ha militarizado su economía, aislado su diplomacia y encadenado su futuro a un frente flexible pero inamovible.

Trump insiste en que Irán «no puede aguantar más que nosotros» y que el reloj corre a favor de Washington. Pero el propio secretario de Defensa habla ya de una campaña de «dos a ocho semanas» y evita pronunciarse sobre el desenlace político.

La foto empieza a ser familiar: objetivos militares claros, objetivos políticos brumosos.

En Teherán, el lenguaje es el inverso, pero igual de peligroso. El ministro de Exteriores Araghchi ha rechazado cualquier alto el fuego que no implique un «final permanente» de la agresión, y promete luchar «el tiempo que sea necesario».

La Guardia Revolucionaria repite que «no hay espacio» para hablar de cese de hostilidades mientras continúen los bombardeos.

Es la lógica de la resistencia prolongada: aunque la infraestructura militar esté devastada, el régimen confía en sobrevivir en versión bunkerizada, apoyándose en el nacionalismo herido, las redes de milicias y la promesa de venganza futura.

Putin también creyó que el tiempo erosionaría la voluntad occidental. En Irán, el cálculo es que el tiempo erosionará la paciencia de las democracias con las bolsas nerviosas y los precios del petróleo disparados.

Mientras tanto, sobre el terreno se dibujan las condiciones de una guerra enquistada. La coalición ha desarticulado gran parte de la capacidad misilística y naval iraní, pero ni ha definido qué entiende exactamente por «victoria» ni ha trazado una hoja de ruta política para el día después.

Los escenarios realistas van desde una recomposición aún más autoritaria del régimen hasta una fragmentación interna con riesgo de guerra civil. En ninguno de ellos aparece, de momento, una transición democrática mínimamente estructurada.

Y sin un objetivo político claro, toda victoria militar corre el riesgo de convertirse en derrota estratégica. Eso aprendió Estados Unidos en Irak, y eso parece olvidar ahora.

La cláusula más inquietante de esta nueva guerra está en las propias palabras de sus protagonistas. Trump jura que no habrá nation building ni ocupación prolongada, pero presume al mismo tiempo de haber «cambiado el régimen» y fantasea en público con influir en la elección del próximo líder supremo.

Irán promete pelear «hasta el final», pero no define qué significa esa resistencia en términos concretos más allá de infligir costes y mantener vivo el relato.

Israel habla de una amenaza existencial y de crear «condiciones» para que el pueblo iraní se levante, sin explicar cómo se pasa del bombardeo selectivo a un nuevo orden estable.

Son narrativas maximalistas con planes minimalistas.

Todo esto ocurre, además, con el estrecho de Ormuz semibloqueado, los precios del Brent atravesando picos históricos y Europa y Asia rehén de un conflicto que no han decidido. Cada día adicional de guerra añade capas de incertidumbre a los mercados y alimenta la tentación de soluciones de fuerza en otros teatros.

Trump no está todavía tan atrapado como Putin. No hay tropas terrestres empantanadas ni una economía movilizada a la rusa.

Pero los mecanismos que convirtieron la «operación especial» en Ucrania en una guerra interminable (objetivos cambiantes, propaganda triunfalista, ausencia de estrategia de salida, desprecio por las advertencias de aliados y expertos) empiezan a asomar en el caso iraní.

Si la Casa Blanca no define pronto qué quiere exactamente de esta guerra, cuánto está dispuesta a pagar por ella y cuándo considerará cumplida su misión, la «excursión corta» corre el riesgo de convertirse en una travesía sin mapa.