David Sandoval-Vozpópuli
- Las derechas prefieren quedarse en lo aparente, en los tópicos o en la arenga que solo cabrea
Entre tantos acontecimientos desafortunados protagonizados por las derechas en los últimos días conviene dar dos pasos atrás y recordar de dónde nace tanta complicación en torno a los pactos PP-Vox en los gobiernos autonómicos. El embrollo no surge de una agenda programática preocupada por las necesidades de los extremeños, aragoneses, castellanos, leoneses o andaluces. Surge de las encuestas. De sondeos especialmente generosos que otorgan al PP y a Vox más de 200 escaños en unas hipotéticas elecciones generales. Es decir, del sueño que desde hace meses tienen las derechas por reemplazar por fin a Sánchez y a sus socios. Pero, como ya ocurrió en los preliminares de las generales de 2023, vuelven a empezar la casa por el tejado. Unos activan purgas preventivas; otros reavivan los rumores de que Ayuso sería mejor candidata que Feijóo; y quienes quieren entrar al juego reclaman congresos para discutir lo que nunca se discutió cuando tocaba. Se tejen mil teorías —algunas directamente disparatadas— sobre cómo deben entenderse las derechas de cara a un nuevo ejecutivo que ya existe en sus cabezas —y en sus bolsillos—, pero que todavía no es real ni está totalmente garantizado.
Génova y Bambú se desgastan
La ilusión de una alternativa de gobierno que ya se siente ganadora recorre Génova y Bambú. Y empieza a desgastar. Como ya comentamos en una anterior entrega, lo importante es una narrativa común. Una buena foto demoscópica no es suficiente para ilusionar con un cambio político. Las encuestas son una instantánea, pero eso no significa que exista ya una mayoría consolidada. Para desplazar al sanchismo se necesita algo más: una narrativa común, relatos compartidos de cambio. Y eso es precisamente lo que no se quiere afrontar.
El PP lo intenta por encima. Vox, por supervivencia, no puede permitir que cristalice una narrativa que no controle. Pero esta reticencia, no nos confundamos, no es incompatible con que Vox termine pactando con el PP. Aquí es donde muchas tertulias pueden estar equivocándose: que Vox impida que se construya una narrativa común contra Sánchez no excluye que mañana llegue a pactos por consejerías y mañana pida vicepresidencias o ministerios. Son planos distintos. Creer que lo que dice Vox hoy determina lo que hará mañana es no haber aprendido nada de su actuación en estos últimos años. Lo que vemos en las negociaciones puede ser pura escenificación: generar sensación de utilidad, mantener el enfrentamiento, impedir que el PP sea percibido como única opción de gobierno, como voto útil. Además, mostrarse beligerante hoy cubre las espaldas cuando mañana toque pasar por el aro y pactar.
Que los enfrentamientos entre PP y Vox no nos distraigan de lo obvio: las derechas aún no han logrado convencer a la sociedad de que pueden derrotar a Sánchez. Menos aún después de la reciente remontada del PSOE, que ha sabido explotar electoralmente la política internacional. Es más, cada éxito autonómico puede terminar jugándoles en contra, porque alimenta el egoísmo partidista y aleja la construcción de un relato común de alternativa. Al PP y a Vox parece movilizarles más los escaños que van consiguiendo que la tarea, mucho más ardua, de construir una mayoría capaz de alcanzar el poder.
Perdidos por la soberbia
Estamos llevando al límite una política excesivamente performativa que puede terminar hartando incluso a los más hooligans. Podemos tuvo éxito rellenando significantes vacíos, construyendo relatos que no resolvían nada, pero que significaban mucho para mucha gente. Funcionó. Hasta que dejó de hacerlo. Sus contradicciones y su papel como muleta del bipartidismo les hicieron perder el prestigio de anti-casta y de reformismo transversal que habían logrado. Quizá no fueron solo los errores lo que les condenó, sino la soberbia de creer que sus votantes comprarían sus relatos indefinidamente. Algo parecido puede estar ocurriendo en Vox. Actuar como si existiera un cheque en blanco permanente para ser, a la vez, pro-justicia social y liberales; patriotas e incondicionales de Israel y de Estados Unidos; antisistemas y constitucionalistas; partidarios de la remigración y defensores de la inmigración legal; políticos con décadas de cargo público y, al mismo tiempo, salvadores frente a los políticos. Todo eso tiene un límite. Y gestionar las críticas desde el victimismo agresivo, también. Las contradicciones no pueden estirarse sin fin.
¿Y hacia dónde va el PP? Presentarse como alternativa de gobierno cuando no se tienen la fuerza ni las condiciones para serlo, desmoviliza. Repetir todo el rato que Sánchez está acorralado cuando te pasa por encima en todas las comparecencias públicas, es lamentable. Y el insistir que eres alternativa de cambio cuando no ofreces ningún cambio sustancial en el sistema político, es desilusionante. Lo último ha sido el gran error de Feijoó en política internacional, que mal aconsejado, en un primer momento apoya vivamente la guerra preventiva de EE. UU. e Israel contra Irán y a los dos días tiene que recular apelando a la contención y a parar la guerra. ¿Quién le manda meterse en ese jardín cuando hasta hace poco se movía en la indeterminación en su apoyo a Trump? Al PP aún le quedan varias estaciones electorales antes de la verdadera partida —las generales frente a Sánchez—, pero parece que lo que gana en las urnas lo pierde en el relato.
Disputas demagógicas
Los hechos importan. No solo la manera de contarlos. Creer que bastan buenos resultados electorales para alcanzar el gobierno —y más aún el poder— es un viejo error. Crecer en encuestas, e incluso en escaños no garantiza fuerza ni supervivencia política; que se lo pregunten a Ciudadanos. ¿Puede corregirse el rumbo? Puede. Pero exige algo tan radical que hoy parece casi imposible: menos disputas demagógicas y dejar de subestimar a los votantes, a quienes no se les puede decir una cosa hoy y la contraria mañana. Definir objetivos reales. Decir con claridad qué conversaciones se están produciendo, cuándo y sobre qué asuntos. Saber qué se quiere cambiar y qué no. Explicar qué es prioritario, qué es viable y qué es puro atrezo para entrar en el gobierno sin hipotecas. Quizá solo a partir de ahí podría empezar a cambiar la mala imagen que hoy proyectan las derechas cuando se habla de poder.
El acuerdo propuesto por el PP podría ser algo más que un marco de negociación para los pactos. Podría convertirse en el punto de partida de un debate más amplio sobre un proyecto reconocible de cambio. Pero para eso hay que entrar en lo sustancial, y hoy parece que ninguna de las derechas quiere hacerlo. Prefieren quedarse en lo aparente, en los tópicos o en la arenga que solo cabrea: el teatro. El problema es que el teatro moviliza durante un tiempo; gobernar exige algo más. Cómo respondan PP y Vox a los distintos resultados autonómicos será determinante para saber cómo llegan a la pantalla final. Esa en la que les espera Sánchez.