Agustín Valladolid-Vozpópuli
- Han pasado veintidós años, pero este aniversario quizá es el más triste porque unos y otros les han vuelto a recordar a las víctimas su papel auxiliar
Estos días, coincidiendo con el 22 aniversario del más brutal atentado terrorista que hemos sufrido en España, he repasado el libro que inspira el título de esta columna y que en 2007 escribieron a dúo Manuel Marlasca y Luis Rendueles: Una historia del 11-M que no va a gustar a nadie (Temas de hoy). Se trata de un documentado relato sobre aquellos atentados, sus antecedentes y la investigación posterior, y en el que ambos periodistas despejaron dudas maliciosas y nos ayudaron a entender por qué pasó aquello, por qué el terrorismo yihadista eligió nuestro país para perpetrar esa masacre, y por qué, en lugar de unir a los españoles, la tragedia derivó en un enfrentamiento que aún no hemos superado.
El de este año ha sido un triste aniversario. Más triste de lo normal. Por una desazonadora sensación de indiferencia. Los 192 muertos y 1.856 heridos, sus familiares y amigos, no se merecen este trato. Ni que algunos sigan alimentando teorías que no tienen base real alguna. No se merecen un gobierno que improvisa mecanismos contra el odio a la vez que aplica el único antídoto eficaz de forma premeditadamente selectiva: la memoria concebida como instrumento de reparación y consuelo colectivo. ¿Qué razones justifican el desigual trato político e institucional que reciben las víctimas del 11-M en relación a las víctimas del franquismo?
Una ‘gestión partidista’
En otro libro imprescindible (Superando el trauma. Francisco Duque, María Mallo y Mar Álvarez. Editorial La Liebre de Marzo, 2007), tres de los psicólogos que atendieron a las víctimas inmediatamente después del atentado, y durante los años posteriores, recogen los testimonios de algunos supervivientes: Páginas 77-78. Eloisa. Pérdida de un ojo, de la capacidad auditiva y de la funcionalidad de un brazo: “A medida que pasa el tiempo es más duro psicológicamente… Físicamente estoy mejor, eso está claro. Pero mentalmente esto es muy duro. Lo percibo como tristeza… No siento rabia… ni he perdido mi paz…, pero me produce una tristeza tremenda… porque he perdido muchas cosas”.
Quienes han sufrido traumas impensables, quienes han visto irremisiblemente amputadas sus vidas, no se merecen ni la frialdad gubernamental, ni la división política también en esto, ni el retorno de teorías conspiranoicas activadas en su día para difuminar las consecuencias de decisiones equivocadas y estúpidas. En la presentación de Una verdad incómoda. Testimonio de una época: contra el silencio y la mentira (Espasa, 2026), Jaime Mayor Oreja dijo, repitió más bien, que “el atentado [del 11-M] se hizo para cambiar la historia política de España”. Es una verdad a medias. Esa fue la intención de los terroristas, pero lo que en realidad cambió la historia política fue “la pobre gestión partidista que de ellos [de los atentados] hizo el Gobierno del Partido Popular”.
El entrecomillado está sacado de otro libro, el que publicó en 2015 el director del Centro Nacional de Inteligencia en aquella infausta fecha, Jorge Dezcallar (Valió la pena. Ediciones Península. El capítulo 9 es extraordinariamente clarificador.). Si el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, descendiendo de su arrogante pedestal, hubiera convocado a todos los líderes políticos, habría neutralizado el propósito de los terroristas. Con una foto y una sola frase: “Da igual quiénes sean los autores; no nos van a arrodillar; los responsables acabarán en la cárcel”. Punto y final. El domingo 14 de marzo su partido habría ganado de nuevo las elecciones.
El presidente improbable
Pero Aznar se agarró a la autoría de ETA. Sin ningún indicio sólido. Hasta cuando ya se sabía, al 90 por ciento, que habían sido otros los autores. Grave error de cálculo que el PSOE supo aprovechar: “Nos merecemos un gobierno que no nos mienta”. Que supo y, ante lo burdo de la patraña, estuvo en su derecho de aprovechar. El resultado es el conocido: los socialistas ganaron aquellas elecciones y un político a medio hacer, un presidente improbable, José Luis Rodríguez Zapatero, fue elegido por el Parlamento jefe de Gobierno.
Lo de presidente improbable no es retórica. Antes del 11-M sus posibilidades eran escasas, pronóstico en el que coincidían los propios autores intelectuales de la masacre, según un documento interceptado por los servicios secretos noruegos tras los atentados. Se trata de un texto titulado El Irak del Yihad, esperanzas y riesgos (citado en el libro de Marlasca y Rendueles, páginas 312 y ss.), en el que los terroristas analizan las opciones de actuar en España, a la vez que rebajan las expectativas del potencial efecto político que un atentado pudiera tener, a pesar del desgaste sufrido por el Gobierno después del apoyo prestado a la guerra de Irak.
Lo que sigue es textual: “La ausencia de fuertes personalidades políticas de la oposición (…) refuerza las oportunidades para que permanezcan los mandos actuales”, escriben los yihadistas. O unos párrafos después: “Asimismo, el partido socialista -el único que goza de la capacidad para derrotar al PP- padece un grave problema de liderazgo cuyas circunstancias oportunas [de nuevo referencia a la participación de España en la coalición que atacó Irak] no logró aprovechar, incluso parece que está sufriendo una fragmentación”. A pesar de las pocas esperanzas manifestadas por los terroristas de “cambiar el rumbo en España”, se toma la decisión de intentarlo porque “creemos que el Gobierno español no soportará más de dos o tres golpes, como máximo, antes de verse obligado a retirarse [de Irak] por la presión popular”.
‘Faro moral del planeta’
No mucho después de que se escribieran estas líneas, la Yihad cumplía su amenaza y daba el primer golpe: el 29 de noviembre de 2003 siete agentes del CNI eran asesinados en las cercanías de Bagdag. Solo tres meses después, entre las 07:36 y las 07:40 del jueves 11 de marzo de 2004, en plena hora punta, se produjeron diez explosiones casi simultáneas en cuatro trenes de Madrid. El documento descubierto por la inteligencia noruega, y las investigaciones abiertas con posterioridad a los atentados, demuestran que por encima de los ejecutores materiales siempre ha existido una autoridad superior que coordinó y dio el visto bueno a las acciones. Una autoridad que ya antes de la guerra de Irak había puesto en el punto de mira a España, como se demostró con la desarticulación en1997 del llamado Grupo Islámico Armado en la Comunidad Valenciana.
Han pasado veintidós años, y este aniversario es el más triste porque unos y otros han vuelto a recordar a las víctimas su papel auxiliar. Ha sido triste ver cómo de nuevo se las martiriza con marcianas teorías sobre la autoría; o cómo el Gobierno juega a la equidistancia entre quienes en su día aplaudieron (y sin duda apoyaron directa o indirectamente la ejecución de aquellos atentados) y los que, a pesar de las tensiones políticas que surgieron posteriormente como consecuencia de la retirada española de Irak, prestaron importantes medios técnicos y de inteligencia para identificar a los autores en momentos de gran confusión y necesidad.
El nuevo líder supremo de Irán, el clérigo Mojtaba Jamenei, acaba de anunciar “la apertura de otros frentes en los que el enemigo es extremadamente vulnerable”. No creo que haga falta hacer ninguna interpretación sofisticada de sus palabras. Sí tengo curiosidad por ver cómo va a reaccionar el “faro moral del planeta” cuando Jamenei lleve su anuncio a la práctica.
A modo de postdata: el rastro de Irán
Desde que en 1983, año en el que una organización denominada “Guerra Santa Islámica” atentara contra la embajada norteamericana en Líbano, provocando la muerte de 63 personas, y años después un juez determinara que el ataque fue llevado a cabo por Hezbolá “con la aprobación y financiación de altos funcionarios iraníes”, al menos desde entonces, la mano negra del régimen de los ayatolás ha dejado su huella en buena parte de los principales atentados ejecutados por la Yihad. Estos son algunos de los más sangrientos:
1994: La Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) era un centro comunitario judío en Buenos Aires. El 18 de julio de 1994 sufrió un ataque suicida que provocó la muerte de 85 personas e hirió a más de 300. La Cámara Federal de Casación Penal de Argentina señaló en 2024 -30 años después del atentado- que el ataque a la AMIA “fue organizado, planeado, financiado y ejecutado bajo la dirección de las autoridades del Estado Islámico de Irán en el marco de la yihad islámica y con la intervención principal de la organización política y militar Hezbolá”.
1996: 19 militares estadounidenses murieron en un ataque con camión bomba en la ciudad de Dhahran, Arabia Saudí. Eran las 10 de la noche cuando una inmensa explosión destruyó parte del complejo de viviendas Khobar Towers, donde residían los militares de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. La detonación causó además más de 300 heridos. En la sentencia del juez federal Royce Lamberth se concluye que “el atentado a las Torres Khobar fue planeado, financiado y patrocinado por altos dirigentes del Gobierno de la República Islámica de Irán”.
1997: El veredicto pronunciado por un tribunal alemán en el juicio de cinco hombres por el homicidio de tres dirigentes del Partido Democrático Kurdo de Irán y un intérprete, en septiembre de 1992 en Berlín, determinó que existe una “política coordinada por el Estado iraní para matar a disidentes iraníes”. En su sentencia, el tribunal concluyó además que el atentado había sido ordenado por la cúpula dirigente iraní de la época. La sentencia provocó una grave crisis diplomática entre Irán y varios países de la Unión Europea, que retiraron temporalmente a sus embajadores de Teherán.
2001, 11-S: No se llegó a demostrar una participación directa de Irán en la planificación o ejecución de los atentados del 11 de septiembre, pero sí se confirmó la existencia de vínculos documentados sobre su facilitación indirecta a Al Qaeda. La investigación oficial señaló que agentes iraníes facilitaron el tránsito de varios de los secuestradores a través de su territorio hacia Afganistán sin sellar sus pasaportes, lo que les permitió ocultar sus viajes previos a campos de entrenamiento terroristas.
Pero nosotros, a lo nuestro.