Jesús Cacho-Vozpópuli

  • Su pretensión de «protegernos contra el odio» es la manifestación más delirante de la psicopatía de un tiranuelo vocacional que no soporta que le insulten

“El odio se fabrica. Se ha convertido en un arma política. Para algunos es su principal baza electoral. Han reducido el coste de odiar. Basta un tuit. Las redes permiten canalizar el odio. Hay gente que hace negocio del odio. Tres de cada cuatro jóvenes españoles se cruzan con discursos de odio. Los delitos de odio han crecido un 41% en 10 años. Se ha pasado de la libertad de expresión a la libertad de agresión verbal. Se presenta el insulto como una opinión”. La parrafada, literal, está tomada del discurso que Su Sanchidad encasquetó este miércoles a los asistentes (El cantante de fado Ismael Serrano, una señora de la ONU, varios ministros y altos cargos y una tertuliana supuesta víctima del odio facha, todos socialistas pata negra) al Primer Foro contra el Odio que el carismático líder se ha sacado de la manga para seguir distrayendo al personal, en el que anunció el lanzamiento de una “herramienta” (sic), bautizada como HODIO, con hache, (Huella del Odio y la Polarización) encargada de perseguir la publicación y difusión de contenidos que promuevan el ídem en redes sociales. De castigar a quienes insulten a Pedro Sánchez, para entendernos. Porque Pedro no tolera que le odiemos y quiere castigarnos con multas y penas de cárcel. “No explicó si la herramienta se parece más a una llave inglesa, a un gato, a un algoritmo o a un chiringuito” (Soto Ibars). El señorito se abanicó ante los suyos con una exaltación de lo woke que a lo cursi añadió el ridículo, pidiendo que “hablemos más del amor y menos del odio”. El admirador de Largo Caballero (“Desgraciadamente en España ha habido y hay muy poca guerra civil, muy poca revolución”) predicando el amor del Hare Krishna. El farsante que, sostenido por quienes odian a España, ha hecho del odio una forma de vida, postulándose como el abanderado contra el mismo; el autócrata que ha construido el muro que hoy separa las dos Españas, vendiéndose como salvaguarda contra la polarización. Hipocresía y cinismo en grado sumo.

Hace tiempo que, viendo que no puede gobernar, el autócrata  reunió a sus ministros y les pidió que se estrujaran las meninges para sacar adelante proyectos que no necesitaran pasar por el Parlamento. En ello están. El pasado febrero, el sujeto dio a luz el primer Marco Estratégico Estatal de Soledades (“A mis soledades voy, de mis soledades vengo”), otra “herramienta” para combatir la soledad no deseada, que según él afecta al 20% de la población. Prohibir el odio. Prohibir la soledad. La vicepresidenta Yolanda Díaz acaba de adelantar que el Gobierno prohibirá los despidos por causas energéticas tras el alza del petróleo. Y en el inmediato futuro tendremos un primer Marco Estratégico Federal prohibiendo el paro, y habrá otro contra la especulación de la vivienda, y otro contra la subida del precio del pan. Y a falta de obras en el barranco del Poyo, prohibirán las DANAS. Y para esconder el desastre de Renfe/Adif prohibirán también los accidentes en la alta velocidad. Y así sucesivamente hasta dejar España prohibida de todo, niquelada hasta el techo. Podría Pedro haber prohibido morirse durante el covid y hubiese acabado con la pandemia en un santiamén. Este tipo de iniciativas totalitarias ya dieron sus frutos en democracias tan afamadas como la Venezuela de Chávez y la Argentina de los Kirschner. Escondían en realidad un mecanismo de persecución de opositores y de defensa del “pensamiento único”.

Carlos Souto recordaba aquí en su espléndida pieza del jueves (“El regreso del oscurantismo”) el famoso panfleto (“De l’horrible danger de la lecture”) con el que Voltaire se burló de los censores del siglo de las luces. Desaparecidas la religión y la imprenta como amenazas al poder secular, el control de las redes (lo digital) se ha convertido en la nueva obsesión de los Gobiernos reaccionarios de izquierdas. La tentación sigue siendo la misma que en el XVIII: la idea de que el poder debe supervisar el debate público para proteger a la sociedad de ideas equivocadas. “El oscurantismo nunca regresa proclamándose como tal”, escribe Souto. “Siempre vuelve con un discurso noble: proteger a la sociedad, ordenar el debate, evitar errores colectivos. Pero la historia enseña que cada vez que el poder decide vigilar el pensamiento, el resultado suele ser menos debate, menos libertad y, finalmente, menos verdad. Porque el verdadero progreso de una sociedad no consiste en eliminar las ideas equivocadas, sino en permitir que puedan discutirse”.

¿Quién determinará si un contenido es delito de odio? Esta parece ser la clave del arco. Decía el diario gubernamental que “El ministerio todavía no ha aclarado qué criterios sigue para considerar que un contenido incita al odio, más allá de asegurar que se basa en criterios académicos y estándares internacionales”. Con toda seguridad Sánchez se rodeará del mismo Comité de Expertos que le asesoró con ocasión de la pandemia y que nunca existió. Definitivamente odio será lo que diga Sánchez, lo que él quiera y pregone el ejército de propagandistas y lameculos que lo acompaña en los medios. Ayer mismo el citado diario animaba en un editorial al wannabe de dictador a “Hacer más contra el odio en redes” asegurando que “El Gobierno necesita ser más ambicioso”. Para Lo País, el odio en las plataformas tecnológicas tiene “efectos venenosos para el Estado democrático de derecho”. La alianza con los del tiro en la nuca, la amnistía a los golpistas, la ausencia de Presupuestos, el asalto a Telefónica e Indra y, en general, el robo sistémico de Sánchez, su familia y su banda no tiene ningún efecto venenoso para el Estado democrático de derecho.

Se llama censura. Tratar de controlar las opiniones en redes dejando a juicio del censor el poder discrecional de decidir sobre lo que debe entenderse o no como un delito de odio no pasa de ser un atentado a la libertad de expresión y de ideología expresamente reconocidas en la Constitución como derechos fundamentales. El derecho a odiar. La protección de datos personales ya está regulada, como los ilícitos civiles (injurias, calumnias, amenazas y acoso) que dañan el honor, la intimidad y la propia imagen. Todo está tipificado en el artículo 510 del Código Penal, de modo que el único límite a la libertad de expresión es la ley y no lo que diga Moncloa, así que si Sánchez desea promover la persecución de este tipo de delitos, lo que debería hacer es instar a la Fiscalía que maneja su amanuense Bolaños para que promueva las iniciativas jurídicas pertinentes ante los tribunales, que para eso están. Su pretensión de “protegernos contra el odio”, como la de ampararnos contra la aversión o la envidia, no es sino la manifestación más escandalosa, más delirante, de la psicopatía de un tiranuelo vocacional que no soporta que le insulten cada vez que se asoma a la calle.

Pero esto ya lo habíamos visto antes. Estamos ante una reedición del sistema FARO para combatir, más de lo mismo, “el odio racista y xenófobo”; también ante el “Radar Covid” o el “MeToca” de  Irene Montero, por no hablar de la “Cartera Beta Digital”, coloquialmente bautizado como el pajaporte, inventos todos de los que nunca más se supo. Otro chiringuito para dilapidar dinero del contribuyente y colocar a socialistas en cesantía, principalmente amigos. Alguien ha ironizado con la posibilidad de que Pedro nos obligue a comprar un «hodiómetro» ecosostenible, como la baliza de los coches, homologado por la ONU y la UE y fabricado por Begoña Gómez y Javier Hidalgo en comandita, que las iniciativas de este Gobierno siempre tienen que ver con meter la mano en el bolsillo ajeno. De lo que no cabe duda es que nos hallamos ante otra cortina de humo, una nueva ración de tinta de calamar para distraer al personal y hacerle olvidar que estamos gobernados por un Gobierno ilegítimo carcomido por la corrupción, la del presidente y la de su partido. Un Ejecutivo en minoría en el Parlamento, necesitado de este tipo de efectos especiales, siempre invocando un deus ex machina capaz de asegurar a Pedro cada lunes por la mañana que llegará vivo al viernes por la tarde, que de eso y solo de eso se trata.

Más allá del HODIO y su “herramienta”, el último gran espectáculo que el sátrapa ha ofrecido gratis a españoles y extranjeros es esa impostada condición de faro mundial antiTrump o una reedición del cuento de la pulga y el elefante. En una calculada operación de rearme político personal, el presidente se ha envuelto en la bandera de un falso patriotismo para manifestarse en contra de la intervención de Estados Unidos e Israel en Irán por “contraria al derecho internacional”, como si ese derecho internacional hubiera servido para salvar al pueblo cubano de la dictadura castrista que llevan 67 años soportando. Y en esta farsa andan ocupados los medios, tanto a izquierda como a derecha. Ya no se habla de los chanchullos de su esposa, tampoco de la corrupción de sus amigos de “la banda del Peugeot”, ni de los avances en la investigación judicial y policial sobre los presuntos delitos de Zapatero, padre político del citado. Y el gentío camina estos días embebido en el engaño, perpleja una minoría ante el obsceno espectáculo de tantos y tantos medios que diariamente parecen disfrutar de las dificultades con las que norteamericanos e israelíes tropiezan en su intento de derrocar la dictadura teocrática de los Mulás. El PSOE se ha negado a condenar esta semana en el Congreso “la naturaleza criminal” de la dictadura iraní. El socialismo español, que ha roto los puentes con Israel pero los mantiene con Moscú y Teherán, ha decidido suicidarse apostando por el bando de los malos, jaleando a los enemigos de la libertad.

Ya nuestra Escuela de Salamanca, con figuras tan señeras como Francisco de Vitoria, al teorizar sobre los límites del poder real justificó la rebelión contra la tiranía cuando el gobernante vulnera los derechos humanos y la libertad del individuo. La guerra es siempre una gran desgracia. Produce muerte y devastación por doquier. Sin embargo, como nos enseñó Albert Camus en “Los Justos”, la responsabilidad política del verdadero hombre de Estado reside en aceptar esa dimensión trágica. El autor franco-argelino aludía a una verdad incómoda: la valentía de un líder político no consiste simplemente en rechazar la violencia, sino, sobre todo, en asumir el riesgo moral de la elección. Decir «No a la guerra» puede parecer lo sensato, pero cuando esa negativa se convierte en una forma de eludir responsabilidades, deja de ser una decisión y se convierte en un mero postureo político. Negar el apoyo, siquiera verbal, a las potencias que han declarado la guerra a un régimen autoritario que el pasado enero asesinó vilmente a más de 30.000 personas por protestar en la calle solo puede ser calificado como la opción de un cobarde dispuesto a dejar no ya a los iraníes sino a su propio país a la intemperie. ¿Qué sería no solo de Israel, sino de Europa entera, con el arma nuclear en manos de los clérigos chiitas? Volvamos al principio de los tiempos. Regresemos a junio del 18. Que nadie nos distraiga con HODIOS con hache. Tenemos todo el derecho del mundo a odiar a un autócrata enemigo declarado de España, pero sobre todo la obligación moral de descabalgarlo cuanto antes. No podemos perder un minuto más en disputas sobre galgos o podencos. Hay que centrar el fuego en Sánchez. Con independencia de lo que hoy ocurra en Castilla y León, es urgente que Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal se sienten a hablar cara a cara. Porque todos sabemos que no basta con desalojar a la izquierda del poder: es imprescindible trabajar en un programa de salvación nacional que haga de España un país habitable y cordial, vivible para una inmensa mayoría de españoles a derecha e izquierda, un país donde sea posible (también) odiar sin que a uno lo amenacen con la cárcel. ¡Viva la libertad, carajo!