El Duque de Segorbe-ABC

  • El autor revela la recuperación de la inédita (y profética) carta que unos días antes de la proclamación de la II República Unamuno dirigió a Sainz Rodríguez en la que radiografía el futuro de España

Quizá el lector se detenga, desconcertado, ante el título de estas líneas. No le culpo. Los títulos no siempre se explican de inmediato; a veces exigen paciencia, incluso confianza. Prometo que la extrañeza no tardará en cobrar pleno sentido. Hace más de cuarenta años extravié –o creí haber extraviado– una carta. No era una carta cualquiera, contenía para mí un valor que el tiempo, lejos de erosionar, fue densificando. La busqué durante días con la obstinación casi febril de quien sabe que algo existió y no puede aceptar su desaparición. Revisé carpetas repletas de planos, cartas y recuerdos; abrí cajones olvidados; recorrí estanterías y desordené libros, por si el azar la hubiera olvidado entre páginas ajenas. Busqué en todas partes, menos en una. Cuando la búsqueda se volvió inútil, desistí. Solo quedaba un último lugar posible, y preferí no tocarlo. Fue entonces cuando comenzó lo que en mi familia se dio en llamar la búsqueda a la turca: esa renuncia deliberada a seguir buscando para no certificar la pérdida, como si tal conducta necesitara ser atribuida a otros, en este caso a los turcos, y bastara con no mirar el último refugio para que lo perdido siguiera existiendo. La carta –con la tinta inevitablemente desvaída– es una misiva cruzada entre Miguel de Unamuno y Pedro Sainz Rodríguez, escrita pocos días antes de las elecciones municipales que precipitaron la caída del rey Alfonso XIII.

Su lectura estremece por su carácter casi profético, por la claridad con que anticipa acontecimientos que la historia confirmaría después con trágica puntualidad. La letra y la sintaxis delatan una escritura apresurada, no hay en ella alarde ni retórica: solo lucidez. Antes de reproducirla, conviene explicar cómo llegó a mis manos. Tenía 14 años cuando estudiaba en el colegio Alameda de Osuna, vecino inmediato del palacio de los duques de Osuna. En aquellos años el edificio se hallaba sumido en un abandono melancólico, con esa dignidad herida de los lugares desamparados que antaño vivieron con esplendor. Se decía entonces que su propietario, el marqués de la Conquista, había permitido que allí se custodiaran archivos delicados para el régimen. Entre ellos figuraban los del general Miaja, defensor del Madrid republicano, y los de Sainz Rodríguez. Algunos de los internos sentíamos una atracción por explorar aquella casona y sus jardines. En una de aquellas incursiones, ya entrada la tarde-noche, conseguimos abrir una habitación repleta de documentación. No había luz eléctrica. Todo estaba cerrado, sellado por el tiempo. Leíamos a tientas, alumbrándonos con un mechero, cuando en una carpeta apareció un nombre que me sobrecogió: Unamuno. La guardé sin pensarlo. A veces el instinto es más rápido que la conciencia. Durante unas vacaciones se la entregué a mi padre. Su juicio fue inmediato y justo: aquello no era una aventura, sino un pequeño hurto, y así me lo hizo saber.

El azar –que también escribe– quiso que pocos días después tuviera que viajar a Estoril para la guardia que, como cada año, correspondía hacer a los reyes, como en mi familia se llamaba, sin matices ni concesiones, a los Condes de Barcelona. Allí, disculpándose ante Sainz Rodríguez, le relató la historia de la carta. La reacción de aquel hombre sabio fue tan inesperada como generosa. Tras leerla con atención, dijo simplemente: «Dígale a su hijo que la guarde. Yo la daba por perdida. Él la ha encontrado. Es suya». Durante décadas, la carta permaneció en silencio. No reclamó atención ni memoria. Solo aguardó. Volvió a aparecer cuando un investigador, encargado de ordenar mi correspondencia y biblioteca, accedió al lugar que yo siempre había evitado. Dudé incluso en entregarle la llamada «carpeta turca»: quería preservar la esperanza o el consuelo de la duda. Sin conocer la historia ni buscar deliberadamente la misiva, la encontró doblada dentro de un sobre antiguo, de los que usaba mi abuelo en los años veinte. Y así, después de tantos años de no-búsqueda, la carta regresó. Me limito ahora a ofrecer el texto íntegro de esta misiva, que ve la luz pública por primera vez. Otros sabrán leerla con ojos de historiador, de político o de filólogo. Yo solo he querido contar el camino que la trajo hasta aquí. He aquí el texto:

«Cuando le vi a usted, amigo mío, en la Compañía Iberoamericana de Publicaciones, iba yo en busca del señor Ortega para acabar de saldar la cuenta que conmigo tiene su casa. Sobre este punto le escribo hoy mismo a él pues me está haciendo falta mi dinero. Y ahora quiero escribirle sobre la breve conversación que allí tuvimos. Veo que usted se obstina en no querer darse cuenta de mi verdadera posición política. No tiene el sentido que usted quería darle el hecho de que con la candidatura de coalición antimonárquica –así reza el cartel– de esta ciudad aparezca yo sin etiqueta. Pero después me han mostrado en ABC »una información fantástica tomada de ‘La Veu de Catalunya’», que dada su relación con el pobre Cambó, que como el pobrísimo Duque de Maura se empeñan en no darse cuenta del estado de la conciencia pública y su último viaje a Barcelona supuse si procedía de usted. En ¿ella? me atribuye manifestaciones no mías si no suyas, ¿de usted?, en aquella conversación que tuvimos en el Florida. Porque yo no dije que el rey podía irse –y como rey– a la Argentina y menos que sería bien recibido allí, ni le dirigí ningún elogio. Sea cual fuere la suerte de la monarquía a la que creo acabada en España, él, el rey Alfonso XIII está irremisiblemente perdido. Y aun en el caso no muy probable de una restauración, por [¿culpas?] de los republicanos, él, A. XIII no volverá jamás. Podrá venir una dictadura militar, como en Portugal, pero no otro monarca, y menos este. Pero lo malo es que sospecho que ustedes, los que tienen mayor acceso a él, no le informan bien y le mantienen con ilusiones y falaces esperanzas. Lo deduzco de lo que el mismo rey le dijo a mi respecto al gobernador actual de Santander, mi buen amigo Fernando Iscar, quien hubo de contestarle que estaba mal informado y le han mantenido también en engaño tanto Cambó como Alba, muy mal informados ambos respecto de la opinión pública. Ya no valen ni centrismo ni constitucionalismo y creo que los que yo llamo agonizantes de la dinastía no llegarán a despeñarla. Se despeñará ella antes. Los dos cabecillas o capitostes de los problemas concretos no conocen la situación concreta del país. Pronto verán la extensión, intensidad y hondura del movimiento nacional antimonárquico. Y aprenderán que lo primero en un político es darse cuenta. Ya nada más por hoy. Otro día de otras cosas. Ahora cumple pensar la historia, es decir, pensar lo que se ha hecho y ¿haciéndolo mal nos hemos hecho?, o sea, examen de conciencia. Y no esconder la cabeza bajo el ala que no vuela. Sabe cuán su amigo es Salamanca. 8-IV-1931. Miguel de Unamuno»

Epílogo. Me he limitado a narrar un avatar personal y a rescatar del silencio un documento. El original quedará debidamente custodiado en mi querida Academia Sevillana de Buenas Letras, institución a la que la donaré con el mayor gusto.