Rebeca Argudo-ABC

  • Como aficionada a los manifiestos que soy me ha resultado muy llamativa la ausencia de la palabra «ultraderecha»

Por fin los intelectuales han firmado su manifiesto contra la guerra. Yo, hasta que no hay manifiesto de Losdesiempre, no doy por legitimada una causa, por justa que me parezca. Es como el sello que la compulsa y verifica. Lo firman los habituales abajofirmantes. No me pillo los dedos si afirmo, sin consultarlo y en virtuoso ejercicio de mentalismo, que rubrican tan loable texto Ismael Serrano, Juan Diego Botto, Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos, Luis Tosar, Rosa Montero, Luis García Montero y Rozalén (me concedo una horquilla de error de un nombre). Como no había ninguna competición deportiva de relumbrón que boicotear, que es un método infalible para parar las guerras junto con enviar flotillas de tardoadolescentes desfaenados que no llegan a puerto, se les ha ocurrido recuperar las clásicas concentraciones, esa fórmula tradicional para la protesta.

Y como alguien tiene que convocarlas, y no podía ser el Instituto Cervantes, las ha convocado la plataforma «Parar la guerra» (el ‘brainstorming’ para el ‘naming’ debió ser digno de ver). El que no tiene una plataforma hoy es porque no quiere, las hay a cientos: en defensa del ferrocarril, a favor de la A-32 entre Linares y Albacete, por un nuevo modelo energético e incluso por el genoma poético. A mí me ha decepcionado un poco que se hayan constituido en plataforma y no en sindicato, que suena más pintón al elevar a categoría de ocupación retribuída el estar a favor de la paz, en este caso, o ser arrendatario en lugar de tener vivienda en propiedad (tengo debilidad por el Sindicato de inquilinos, qué le voy a hacer, me chiflan). Debo confesar que no he averiguado si se acaban de constituir en plataforma con el fin de parar esta guerra o ya lo estaban desde hace tiempo y su aspiración es ir parando todas las guerras conforme se vayan desatando en cualquier rincón del planeta. A demanda. Esto es todo lo que me interesa, en realidad, la plataforma en cuestión: el rato que tardo en leer sobre ella, pensar que quiero escribir sobre eso esta columna, hacerlo y enviarla al periódico. Pero, a lo que iba que me lío, como aficionada a los manifiestos que soy (hay filias más raras, créanme) me ha resultado muy llamativa la ausencia de la palabra «ultraderecha», ya tradicional por recurrente, y, todavía más, que se dirijan a la totalidad de la sociedad. Incluida en esa totalidad, entiendo, la mitad deleznable, que somos todos los que no votamos a la izquierda. Confian en que, bajo esta mala baba que nos caracteriza a los que no pensamos como ellos, debe quedar una mínima humanidad. La justa para estar donde se debe estar: contra la guerra, en el lado bueno de la historia, justo la víspera de las elecciones autonómicas en Castilla y León. Solo les ha faltado preguntarnos si lo pillamos mientras nos guiñan un ojo.