Ignacio Camacho-ABC
La verdadera tragedia no es tanto la pérdida del respeto a las reglas como la atmósfera turbulenta de un fin de época
Si Donald Trump tenía un plan para la guerra en Irán, hipótesis cada vez más dudosa, o al menos una previsión de desenlace rápido, habrá que empezar a pensar que está fracasando. Es de temer que maneje el conflicto del mismo modo compulsivo y errático con que emite los decretos arancelarios. Quizá compró con ligereza la idea de encontrar un dirigente ‘moderado’ –como si eso fuera posible en una teocracia de religiosos fanáticos– capaz de hacerse cargo del país tras devastarlo a bombazos, o ha creído en la viabilidad de un cambio de régimen sin desembarcar soldados, o simplemente se ha dejado arrastrar por el ímpetu de Netanyahu, a quien le basta y le sobra con sembrar el caos y dejar a su principal enemigo desarmado para un montón de años. El caso es que Irán ha demostrado ser un Estado bastante sólido, difícil de derrotar con un ataque relámpago o un golpe fulminante como el venezolano, lo cual era una evidencia para cualquier político u observador medianamente informado. Y ahora todo el mundo, en términos literales, está inquieto ante la seria contingencia de un enfrentamiento de largo plazo. El propio presidente americano da bandazos al constatar la escalada de los precios y la lógica zozobra de los mercados. Pero la probabilidad de que se produjese una crisis petrolífera figuraba en el más elemental de los cálculos; basta con abrir una aplicación de mapas, buscar el estrecho de Ormuz y observar los barcos que pasan por allí a diario. Era obvio que los ayatolás iban a cerrarlo.
Estados Unidos acabará ganando en el plano militar, pero la victoria será tanto más gravosa cuanto más lenta. En el plano político, el atasco puede ocasionarle a Trump severos problemas, y en el económico las consecuencias amenazan con provocar una tormenta gigantesca. A estas alturas casi carece de sentido lamentarse por la pérdida de un orden internacional basado en el respeto a las reglas, aunque ese pesimismo histórico constituya de por sí una tragedia; ni siquiera tiene ya demasiada importancia el papel irrelevante o impotente de la Unión Europea, la última reserva del humanismo democrático pese a sus numerosos fallos y sus graves deficiencias. Sucede que hasta los cínicos más pragmáticos se inquietan ante la posibilidad de un empantanamiento de la contienda, que es lo que los gobernantes iraníes, sean cuales sean, esperan porque han hecho de ello la clave de su defensa. Confían en que el coste de la inflación y el peligro de recesión empujen a la Casa Blanca a buscar alguna excusa para dar por terminada la demostración de fuerza, no sin el consiguiente deterioro de su reputación planetaria de gran potencia. En sus dos mandatos, el aspirante al Nobel de la Paz ha iniciado o desarrollado operaciones bélicas en Afganistán, Irak, Siria, Somalia, Yemen, Irán, Nigeria y Venezuela, todas inconclusas, mientras el prometido acuerdo en Ucrania sigue en vía muerta. El balance no es como para inspirar serenidad en una escena geoestratégica turbulenta que emite signos de final de época.