- El poder parece funcionar como una droga que impulsa al intoxicado a hacer cosas bastante raras, y que acaba afectando a su propia estructura mental.
«Estas elecciones se celebran después de los incendios del verano, en que hubo tres muertos».
Así hablaba este domingo el reportero de RTVE en Castilla y León para ayudar a los televidentes a que reflexionaran en la dirección adecuada.
Esta es una de las escasas anécdotas de una campaña que ha sido, para qué vamos a engañarnos, bastante sosa.
La otra fue la revelación de unos audios del jefe de campaña de Vox en los que manifestaba sus dudas sobre la calidad de su candidato. «Le dices que lo tiene que repetir, mira que lo ha hecho mal, y se pone el triple de nervioso».
Y añade desolado: «Yo sé el material humano con el que trabajo».
Supongo que este descubrimiento no contribuiría a mejorar el rendimiento del candidato Carlos Pollán.
Los medios de centroderecha han analizado a Vox desde la perspectiva de sus problemas internos, y han señalado las purgas que el aparato ha practicado sobre figuras de tanto peso como Ortega Smith y Espinosa de los Monteros. O de García-Gallardo, el antiguo líder de Vox en Castilla y León.
Todo líder de un partido político tiene una enorme desconfianza hacia sus seguidores. ¿Cómo se va a fiar de uno de los pirados de la agrupación de (pongan aquí el nombre que quieran)? Mucho mejor encargar al secretario de organización que sustituya la estructura del partido por una telaraña manejada desde el centro.
Y los que protesten, que se larguen. Se irá la gente menos dócil y más acostumbrada a pensar por su cuenta (es decir, la más peligrosa), pero el resultado conjunto será bueno.
De lo que no es consciente ese líder es que, en esos mismos momentos, él se está volviendo loco.
El poder parece funcionar como una droga que impulsa al intoxicado a hacer cosas bastante raras, y que acaba afectando a su propia estructura mental. Hay una oruga zombi que se vuelve fosforescente cuando es infectada por cierto parásito, que así consigue que los pájaros la vean y se la coman; de este modo el parásito puede continuar su ciclo vital en los intestinos del depredadorcillo.
Es dudoso que en el caso de los partidos políticos haya agentes externos actuando de maneras tan sofisticadas (cuando lo hacen es sencillamente pagando), así que hay que suponer que ese estable conjunto de manías, la locura del líder y la adoración de los adeptos, debe presentar alguna ventaja evolutiva. Ni idea.
Fiel a este mecanismo, Vox presentó en Extremadura a un desconocido Óscar Fernández, que no lo hizo mal, y en Castilla y León ha presentado a Carlos Pollán, que es un soso.
A cambio, Santiago Abascal ha multiplicado sus apariciones, llegando a municipios que no habían visto a un candidato nacional en su vida.
Visto retrospectivamente, tal vez habría sido mejor estrategia para el Partido Popular concentrar todas las elecciones autonómicas en vez de escalonarlas, para que el líder de Vox no pudiera cubrir todas.
Ahora mismo todo da igual, porque Vox va subido a una ola muy estable. Se ha quedado con todas las causas estigmatizadas (como la crítica a la inmigración o la chaladura de género) porque ha descubierto que el nivel de malestar en la población es verdadero, y que la estigmatización cada vez tiene menos fuerza.
Pero Vox haría mal en confiarse, porque, teniendo en cuenta la magnitud de la ola, sus resultados han sido buenos, pero no espectaculares.
¿Quién ha ganado entonces? El Partido Popular.
Mañueco a su llegada al Hotel Alameda Palace de Salamanca.
Y en todo caso, descontados los partidos provincialistas/regionalistas, el bloque de derecha supera el 54% de los votos. Si se considera que incluye a la mayoría de los exvotantes de Ciudadanos, este porcentaje ha crecido un poco con respecto a 2022.
Sin duda el PSOE venderá sus treinta diputados como una gran victoria, y sin duda ha sido un buen resultado, cuyo mérito hay que atribuir en gran parte a su candidato.
Pero conviene no olvidar que el PSOE se mantiene, e incluso crece, a costa de la desaparición de Izquierda Unida y Podemos, a los que ha fagocitado.
Esta nueva desaparición de Podemos de un parlamento regional es, sin duda, una buena noticia.
Conocí al portavoz Pablo Fernández, esa mezcla de Pantocrátor y Asuranceturix, en mi etapa en Castilla y León. Me pareció un tipo estrafalario y redicho (le gustaba mucho decir «deleznable»), pero bienintencionado.
Me equivoqué, desde luego, y toda noticia que se refiera a la desaparición de la versión política de los alegres camaradas del Spahn Ranch es buena.
Decía antes que los medios de centroderecha se han centrado en los líos internos de Vox. En cambio, los progubernamentales se han enfocado en la parte ideológica (frecuentemente distorsionada) del partido, porque Vox es el dragón en el que confía Pedro Sánchez para presentarse como paladín del progresismo.
Hoy, este proyecto sigue en pie.
Por cierto, esta noche debe de estar especialmente contento Óscar Puente, antiguo alcalde de Valladolid. Los resultados del PSOE son buena noticia para él.
O mala, si el «puto amo» empieza a verlo como un rival.